23/9/14
6/3/14
8 de marzo: desenredando un viejo entuerto
Como cada año, empiezan las
discusiones sobre qué se conmemora el 8 de marzo. No falta el comentario
interesado de algún periodista que se burla y pregunta cuándo es el día de los
hombres; ni el de alguna mujer que dice que no quiere tener un día donde se la
festeje. Cada año, repetimos que es un día de lucha y que, si es necesario
destacarlo, es porque aún siendo la mitad de la humanidad, las mujeres no
vivimos en igualdad de condiciones con la otra mitad. Pero también en el
movimiento de mujeres surgen otras discusiones: ¿es el día de la mujer o de la
mujer trabajadora?, ¿se conmemora a las obreras neoyorquinas muertas en el
incendio de una fábrica textil de 1908 o ese incendio es una leyenda?, ¿lo
propuso la socialista alemana Clara Zetkin en 1910 o la ONU en 1977? Resolver
estos interrogantes no tiene un objetivo meramente erudito. Detrás de estas
preguntas, se cuelan distintas formas de pensar la lucha por la emancipación de
las mujeres.5/3/14
Pecados&Capitales
23/10/13
Ante un auditorio colmado, se presentó la nueva edición del libro "Pan y Rosas"
La presentación se realizó en el 10º aniversario de la agrupación de mujeres Pan y Rosas y comenzó con los saludos de las compañeras de Pan y Rosas de México, Brasil y el Estado Español, como también de otras mujeres feministas que enviaron sus felicitaciones.
Luego, la socióloga María Alicia Gutiérrez, profesora e investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales destacó que el libro constituía “un importante esfuerzo intelectual, tiene la enorme virtud de poner en tensión una relación compleja como la del marxismo y el feminismo. Creo que la pregunta que se formula en la contratapa Andrea es una buena interpelación, que dice así: ‘¿Acaso el feminismo sólo puede proponernos una restringida emancipación limitada a sectores minoritarios que gozan de algunos derechos democráticos en determinados países a expensas de la extensión de brutales agravios contra la inmensa mayoría de las mujeres a escala global? ¿Qué debería plantearse el feminismo en tanto movimiento emancipador que denuncia la actualidad social política y cultural de las mujeres bajo el dominio patriarcal? ¿Qué tendría para decir el marxismo revolucionario?’” Y luego problematizó: “Mucho tienen para decir tanto el marxismo y el feminismo de los inicios del siglo XXI respecto a los problemas que nos aquejan: desigualdad, injusticia, pobreza, discriminación, exclusión. Ahora bien, ¿qué tienen de común que nos permita desarrollar una lucha conjunta?” Y finalizó su intervención señalando que “la lucha es por la emancipación total sin por ello perder de vista las propias especificidades.”
Después, dirigió unas palabras la escritora, fotógrafa y activista feminista lesbiana, Marian Pessah que dijo: “Siempre creo que en el patriarcado en el que vivimos, cada vez que sale un nuevo libro o voces de mujeres estamos revolucionando, nos metemos en las grietas del patriarcado, para gritar mas alto, para mostrar nuestras voces, porque las mujeres generalmente somos vistas a través de los ojos de los hombres.” Leyó varios párrafos del libro de Andrea D’Atri y destacó que el mismo sintetiza la confluencia de la teoría y la práctica. También destacó las críticas que el libro plantea a la institucionalización y oenegización de los movimientos sociales, durante el neoliberalismo, denunciando que la misma agencia que financió el Plan Cóndor, durante las dictaduras militares, ha provisto de mucho dinero a las organizaciones feministas. De allí señaló la importancia de que la militancia no sea “un trabajo” y no acepte financiamientos para llevar adelante sus luchas. Al finalizar, saludó la presencia de muchos compañeros en la sala diciendo que la ponía contenta saber que ellos estaban allí dispuestos a abdicar de sus privilegios y sumarse a nuestra lucha.
También estuvo presente María Luisa Peralta, activista lesbiana, que comenzó diciendo que la izquierda siempre carga con la acusación de ser sectaria, pero que “más allá de las diferencias ideológicas que podemos tener en algunos puntos, hemos compartido muchas luchas concretas, y eso es lo valioso.” Hizo hincapié en que no podemos perder la memoria sobre esta nuestra propia historia de lucha, menos aún cuando el relato oficial parece haber cancelado toda historia de lucha previa al 2003. “Nosotras sabemos que hay mucha historia antes y hay muchas cosas que suceden hoy por fuera del los espacios oficiales. Entonces esta presentación y los 10 años de Pan y Rosas son parte de eso”. Compartió con la autora la idea de que con la política estatal de la “ampliación de derechos” se intenta poner un techo que no cuestiona el orden burgués y patriarcal que aparece como inconmovible.
Por su parte, Andrea D’Atri, fundadora de la agrupación de mujeres Pan y Rosas, planteó las paradojas que dejó el neoliberalismo en la lucha de las mujeres por su emancipación: ampliación de derechos y ampliación de vejámenes y agravios. Más muertes evitables, como las que suceden por abortos clandestinos; desarrollo inusitado de las redes de trata para la esclavitud sexual; precarización de la fuerza de trabajo femenina se combinan, compleja y contradictoriamente con algunos derechos democráticos elementales. Finalmente, destacó que Pan y Rosas surgió en Argentina en una década que el gobierno insiste en presentar como “ganada”, pero que ha sido de mayores oprobios para las mujeres: casi 3 mil muertas por abortos clandestinos, más de 600 desaparecidas por las redes de trata, 45% de las trabajadoras en situación de precarización. También señaló que Pan y Rosas no sólo participa de la lucha en las calles, sino que también destaca la importancia de la lucha de ideas –y por eso la elaboración del libro como también de seminarios, talleres y otras publicaciones- y la lucha en el terreno político.
La presentación del libro terminó con la proyección de un video realizado por TV PTS sobre los diez años de la agrupación, que arrancó los aplausos de todo el auditorio.
5/8/13
La emancipación de las mujeres en tiempos de crisis mundial (Parte II)
A emancipação das mulheres em tempos de crise mundial (II)
25/7/13
Quienes más sufrieron con lo viejo más luchan por lo nuevo
Finalmente, a mediados del 2003, durante los preparativos del XVIII Encuentro Nacional de Mujeres en Rosario, un grupo de viejas activistas por el derecho al aborto convocaron a todas las feministas, grupos y partidos de izquierda a organizarse para enfrentar el ataque de la Iglesia. Allí, con esta decena de compañeras, acordamos participar juntas del Encuentro de Rosario. Y, al regreso, con cerca de treinta compañeras, fundamos la agrupación. Hoy, somos un millar de mujeres en todo el país, estudiantes, trabajadoras y amas de casa. Y además, están nuestras compañeras de Pan y Rosas de Chile, Brasil, México y el Estado Español.
5/7/13
La emancipación de las mujeres en tiempos de crisis mundial (Parte I)
3/7/13
La emancipación de las mujeres en tiempos de crisis mundial
A emancipação das mulheres em tempos de crise mundial
28/2/13
8 de marzo: Un día de lucha propuesto por las mujeres socialistas
En agosto de 1910, en Dinamarca, cien mujeres socialistas de
distintos países europeos, realizaban su IIº Conferencia Internacional.
Debatían cómo conquistar el derecho al voto para las mujeres, la
protección social para las trabajadoras madres y sobre cuáles eran las
mejores medidas para establecer relaciones entre las socialistas de todo
el mundo. En esa conferencia se aprobó que luchar por la jornada de
trabajo de 8 horas, por las 16 semanas de licencia por maternidad y
otras medidas. Pero las delegadas alemanas hicieron una moción que fue
aprobada por unanimidad y pasó a la historia.La resolución que presentaron Clara Zetkin y Kate Duncker decía: “Según las organizaciones políticas y sindicales del proletariado, las mujeres socialistas de todas las nacionalidades organizarán en sus respectivos países un día especial de las mujeres, cuyo principal objetivo será promover el derecho al voto de las mujeres. Será necesario debatir esta propuesta con relación a la cuestión de la mujer a partir de la perspectiva socialista. Esta conmemoración deberá tener un carácter internacional y será necesario prepararla con mucho esmero.”
Los años siguientes, el Día Internacional de las Mujeres se celebró, en diversos países, pero en distintas fechas. Recién en 1914, las socialistas alemanas, rusas y suecas coincidieron en conmemorarlo el 8 de marzo. Esa fecha fue, finalmente, la que quedó fijada en la historia como el Día Internacional de las Mujeres, porque el 8 de marzo de 1917 (23 de febrero en el antiguo calendario ruso), las trabajadoras rusas conmemoraron su día, en medio de la Primera Guerra Mundial, con manifestaciones, huelgas y motines por el pan, por la paz y contra el régimen zarista: una chispa que dio inicio a la revolución con la que la clase obrera conquistó el poder ocho meses más tarde, bajo la dirección del Partido Bolchevique, de Lenin y Trotsky.
Hoy, 103 años después que Clara Zetkin propusiera a las socialistas conmemorar el Día Internacional de las Mujeres, para todos los revolucionarios –pero, particularmente, para las revolucionarias- sigue en pie la misma tarea: colaborar en la organización de las trabajadoras en la lucha por sus derechos y para que se incorporen a la lucha por la revolución proletaria, única perspectiva realista para quien ansíe la emancipación femenina y la liberación de la humanidad de todas las cadenas de explotación y opresión que hoy la mantienen aprisionada, bajo el orden capitalista.
20/9/12
Por un gran movimiento por los derechos de la mujer trabajadora y la juventud
En la Argentina
K, la mitad de las trabajadoras están precarizadas y sin derecho a
organizarse. ¡Nadie habla de estos millones de jefas de familia, madres
solteras, jóvenes superexplotadas, inmigrantes! Por eso, en nuestra
Conferencia Nacional de Trabajadores, votamos impulsar una campaña por
los derechos de la mujer trabajadora que ya cuenta con múltiples
iniciativas, en todo el país.5/7/12
Hace 155 años nacía Clara Zetkin: La gran organizadora de las mujeres obreras y socialistas
Organizar a las mujeres, aunque el gobierno lo prohibía
Bajo el régimen imperial, en Alemania, las mujeres, los estudiantes y los aprendices de oficios tenían prohibido adherir a organizaciones políticas y asistir a reuniones donde se discutiera de política. Recién en 1902, esta ley fue reformada: a partir de entonces, las mujeres tuvieron derecho a la actividad política, pero siempre y cuando la ejercieran separadas de los hombres. Por esta razón, el Partido Socialdemócrata Alemán impulsó la formación de su sección femenina que, con Clara Zetkin a la cabeza, organizó las Conferencias Internacionales de Mujeres Socialistas, reuniendo a centenares de delegadas de toda Europa. Sin embargo, la prohibición legal no parece haber sido la única razón para la organización de las mujeres socialistas: el Ministerio del Interior, que espiaba a los revolucionarios, señalaba en uno de sus informes secretos que los hombres socialistas ¡oponían una “resistencia pasiva” a la participación de las mujeres en el partido!
Por los derechos de las mujeres trabajadoras
Clara Zetkin denunció la situación de opresión de la mujer trabajadora en el capitalismo, luchó por todos los derechos de las mujeres trabajadoras empezando por el derecho a igual salario por igual trabajo. También combatió contra todas las restricciones que impedían a las mujeres hacer política; denunció la hipocresía del matrimonio burgués y abogó por el derecho de la mujer “a disponer de sí misma”. Estuvo a favor de la libre decisión de las mujeres sobre el aborto y la anticoncepción, a lo que se oponían algunos dirigentes del Partido Socialdemócrata Alemán, y de la educación laica y mixta. Luchó por el derecho al voto, al igual que otras mujeres feministas burguesas, con quienes siempre sostuvo que había que “luchar juntas, marchar separadas” y logró que la socialdemocracia alemana fuera el primer partido político europeo que incluyera este derecho en su programa. Fue Clara Zetkin quien propuso que el 8 de marzo se conmemorara el Día Internacional de las Mujeres.
Junto a Rosa Luxemburgo, Lenin y Trotsky contra la traición de la socialdemocracia
Cuando los diputados socialdemócratas aprobaron, en el parlamento, los créditos de guerra que llevarían a la carnicería de la Iº Guerra Mundial, Clara Zetkin junto a su amiga, la revolucionaria Rosa Luxemburgo, y otros dirigentes del ala izquierda enfrentaron esta traición de la dirección del partido. Tanto Clara Zetkin como Rosa Luxemburgo sufren cárcel y exilio durante la guerra, por defender posiciones antibelicistas. Esto las lleva a unirse a Lenin, Trotsky y otros dirigentes socialdemócratas de distintos países que comparten el rechazo a este rumbo que había tomado la mayoría de la socialdemocracia y abogan por la formación de una nueva organización internacional, la Internacional Comunista.
Las Tesis para la propaganda entre las mujeres
Prontamente, entabla una amistad con Lenin, quien le encarga la elaboración de unas tesis para el trabajo político entre las mujeres que serán refrendadas en el IIIº Congreso de la Internacional Comunista. Allí, Clara señalaba que había que “admitir a las mujeres como miembros con idénticos deberes y derechos que el resto de los miembros en el partido y en todas las organizaciones proletarias (sindicatos, cooperativas, consejos de fábrica, etc.)”, como también “combatir los prejuicios relativos a las mujeres en las masas del proletariado masculino, fortaleciendo en el espíritu de los obreros y las obreras la idea de la solidaridad de intereses de los proletarios de ambos sexos.” Estaba convencida de que el principio fundamental del trabajo político entre las mujeres debía ser la “agitación y propaganda por medio de los hechos”. Con esto se refería a la “acción para despertar la iniciativa de la obrera, para destruir su falta de confianza en sus propias fuerzas y, movilizándolas en el trabajo práctico en el dominio de la organización y de la lucha, para enseñarle a comprender por medio de la realidad que toda conquista del Partido Comunista, toda acción contra la explotación capitalista, es un progreso que alivia la situación de la mujer.”
Clara Zetkin murió en Rusia, en 1933. Pero quedó inmortalizada para la historia de la clase obrera mundial como la revolucionaria que siempre luchó por los derechos y la organización de las trabajadoras y de las mujeres socialistas.
9/4/12
Una vez más sobre el "matrimonio mal avenido" entre marxismo y feminismo
Este artículo fue escrito a pedido de las compiladoras de Grovigli, a publicarse próximamente (probablemente, con otro título) en la colección Sessimoerazzismo de la editorial Ediesse, Roma (Italia). Se solicita no copiar ni citar hasta tanto se publique en su versión original en italiano. Pour lire en français, cliquez iciA principios de los ’80, en su célebre artículo, Heidi Hartmann analizó las controversias entre el feminismo radical y el marxismo que habían originado lo que denominó “un matrimonio mal avenido”: el constituido por una teoría feminista que, según la autora, era “ciega” al análisis histórico y al materialismo, y un marxismo que, aunque aportara una visión de las leyes del desarrollo histórico, contaba con categorías que eran “ciegas” al sexo. Hartmann proponía, en dicho artículo, una “unión más progresiva” entre marxismo y feminismo, que superara esas controversias planteadas en la década anterior, con el surgimiento del feminismo de la diferencia.[1]
La italiana Carla Lonzi y el colectivo Rivolta Femminile habían denunciado, en 1970, que “la igualdad es un intento ideológico para someter a la mujer a niveles más elevados. Identificar a la mujer con el varón significa anular la última posibilidad de liberación. Para la mujer, liberarse no quiere decir aceptar idéntica vida a la del varón, que es invivible, sino expresar su sentido de la existencia.”[2] El feminismo reivindicativo, con su política igualitarista, era criticado por proponer la asimilación a un orden social y simbólico que invisibilizaba a las mujeres. El nuevo feminismo, por el contrario, proponía crear un nuevo orden simbólico, partiendo del pensamiento de la diferencia sexual y la materialidad de la condición femenina. Mientras las feministas de la igualdad aducen, en su defensa, que las mujeres no reclaman “lo idiosincrásico de la identidad masculina –sea ello lo que fuere-, sino la parte que estiman que les corresponde en lo genéricamente humano que los varones han definido a la vez que monopólicamente se han atribuido”[3]; las feministas de la diferencia insisten en que no habría tal universal humano anhelable, por fuera de la diferencia sexual.
Algunas autoras enroladas en la corriente de la diferencia sostuvieron que ese orden social y simbólico falogocéntrico, en el cual las mujeres estaban subordinadas, se había construido sobre un matricidio originario, que introducía a las mujeres en la ley del padre. Por eso, para las feministas de la diferencia era necesario restituir una genealogía de mujeres y la relación madre-hija. Incluso, proponer al lesbianismo como modelo simbólico de las relaciones entre mujeres. “Intentemos descubrir también la singularidad de nuestro amor hacia las otras mujeres (...). Este amor es necesario para no seguir siendo servidoras del culto fálico, u objetos de uso y de intercambio entre los hombres, objetos rivales en el mercado, situación en la que nos han puesto a todas.”[4] Luisa Muraro y otras feministas vinculadas a la Librería de Mujeres de Milán, desarrollaron el concepto de affidamento para referirse a una práctica de cuidado mutuo entre las mujeres, construida en oposición a la ley paterna. La norteamericana Adrianne Rich lo conceptualizó como continuum lésbico: una forma de relacionarse entre mujeres sin la intervención masculina, desafiando radicalmente la heterosexualidad normativa, basada en la supremacía del varón.
¿Pero cuáles eran los fundamentos políticos en los que se enraizaba esta aguda crítica al igualitarismo? El telón de fondo socio-histórico de esta controversia entre distintas corrientes del pensamiento feminista era la brutal contraofensiva contra las masas, sus organizaciones y las conquistas heredadas de décadas anteriores: una respuesta imperialista a las acciones que las masas habían llevado adelante poniendo en cuestionamiento el orden mundial existente (Mayo Francés, Otoño Caliente italiano, Primavera de Praga, etc.). Pero la restauración capitalista se iba imponiendo con métodos relativamente pacíficos: el denominado “pacto neoliberal” consistió en dividir a las masas en sectores privilegiados de las clases medias y trabajadoras (especialmente en los países centrales), mientras la mayoría se hundía en la desocupación y la extrema pobreza, hacinándose en las periferias de las grandes metrópolis, relegada a sobrevivir mediante la asistencia estatal. Para sostener el proceso de reformas, evitando la irrupción de los movimientos de masas, la fragmentación social también tuvo su correlato político, incluyendo la “cooperación” con los movimientos sociales. En este marco, se inscribe la incorporación de la agenda feminista en la política pública de los Estados, los gobiernos y organizaciones interestatales, incluyendo los organismos financieros. Fue entonces que el feminismo obtuvo reconocimiento a cambio de integración; legalidad a cambio del abandono de su radicalidad. El feminismo pasó de cuestionar las bases del modo de producción capitalista a legitimar que la democracia burguesa es el único régimen en el que se puede ir logrando, paulatinamente, mayor equidad de género, a través de algunas reformas parciales que no cuestionen sus fundamentos.
Contra la perspectiva de este feminismo reformista, el feminismo de la diferencia desestimó la disputa por el poder, replegándose en la política de creación de una contracultura basada en nuevos valores, surgidos de la diferencia sexual. Junto con el rechazo al feminismo igualitarista, fue impugnado el proyecto de una sociedad igualitaria, liberada de todas las formas de explotación y opresión. Como señala Celia Amorós, “el fantasma del tedioso mundo de lo idéntico es utilizado como tinta de calamar para enturbiar los contornos nítidos y pregnantes de una sociedad igualitaria.”[5] El marxismo fue cuestionado, asimismo, porque parecía no presentarse como una alternativa, ni teórica ni práctica, viable: la restauración del capitalismo avanzaba en los estados obreros burocratizados del este de Europa, Rusia y China, donde se produjo un enorme retroceso en las condiciones de vida de las masas, fortaleciendo la ideología triunfalista del capitalismo. Claro que para sostener este escepticismo respecto del marxismo fue necesaria la operación ideológica de presentar como tal a la versión caricaturizada y oficialista de los partidos stalinistas: un marxismo estéril y conservador o, más vale decir, un conjunto de dogmas con los que la burocracia intentaba justificar la coexistencia pacífica con el orden capitalista y, poco después, su propia participación directa en la restauración.
Sin embargo, ni la integración a la democracia capitalista del feminismo igualitarista ni la resistente insistencia contracultural del feminismo de la diferencia han podido evitar que, a pesar del mayor acceso de las mujeres a lugares de poder y la conquista de derechos democráticos elementales, se sigan reproduciendo y aumentando a escalas globales impensadas, la violencia y la opresión de millones de mujeres en todo el mundo. La contradicción planteada entre la ultra-radicalidad teórica del feminismo de la diferencia y el más reformista de los fatalismos en la acción política del feminismo de la igualdad, es irresoluble. El marxismo, lejos de esto, nos permite entrever un horizonte de liberación donde la igualdad no equivalga al reino de lo idéntico y uniforme, ni la diferencia se constituya como jerarquía.
Decía Engels, en 1875, que “la concepción de la sociedad socialista como el reino de la igualdad es una idea unilateral francesa, apoyada por el viejo lema de 'libertad, igualdad, fraternidad'; una concepción que tuvo su razón de ser como fase de desarrollo en su tiempo y en su lugar, pero que hoy debe ser superada.”[6] Esa igualdad sólo puede existir a fuerza de abstraer los elementos particulares de la existencia social: los derechos democráticos universales son el reverso –y sólo pueden existir bajo esta condición- de la explotación de una clase mayoritaria –atravesada por múltiples diferenciaciones- por parte de una minoritaria y parasitaria clase propietaria de los medios de producción. El estado capitalista consigue ese divorcio fetichista de la política y la economía, ofreciéndonos el resultado de un ser humano escindido: propietario o desposeído, por un lado; pero igualmente ciudadano, por otro. Sólo liberando las fuerzas productivas, hoy constreñidas en el marco de la propiedad privada, la sociedad podrá superar el estrecho horizonte del derecho burgués y escribir en sus banderas, como señaló Marx –en una visión dialéctica de la dicotomía entre igualdad y diferencia-, “¡De cada cual, según sus capacidades; a cada cual según sus necesidades!”[7]
Por otra parte, la idea de que un cambio profundo de los valores y de la cultura son necesarios para la consecución de la igualdad, no es un invento de las feministas de la diferencia. Ya Lenin planteaba, en 1920, que “la igualdad ante la ley todavía no es igualdad frente a la vida. Nosotros esperamos que la obrera conquiste, no sólo la igualdad ante la ley, sino frente a la vida, frente al obrero.”[8] Y Trotsky –lejos de cualquier automatismo adjudicable a la concepción marxista de la revolución proletaria- esboza, en su Teoría de la Revolución Permanente, el carácter permanente de la revolución socialista como tal; es decir, como un proceso de “duración indefinida y de una lucha interna constante, [en el que] van transformándose todas las relaciones sociales. (...). Las revoluciones de la economía, de la técnica, de la ciencia, de la familia, de las costumbres, se desenvuelven en una compleja acción recíproca que no permite a la sociedad alcanzar el equilibrio”[9]
Suponer que la subordinación de las mujeres puede resolverse progresivamente, sin necesidad de emprender una lucha anticapitalista, es una utopía reaccionaria. Las demandas pueden ser absorbidas por la democracia capitalista para ganar legitimidad, al tiempo que sus críticas pueden ser condenadas a la marginación impotente o al enclaustramiento académico despolitizado y desmovilizador. El sistema nos quiere encerradas en esta falsa dicotomía: nos incorporamos al Estado y sus instituciones para reformar “desde adentro” –incorporándonos a regímenes que se fundan, legitiman y reproducen el orden existente-, o bien le damos la espalda a las luchas donde se juega la relación de fuerzas con las clases que ejercen su dominación a través del Estado, sosteniendo que la única vía de emancipación es la autoemancipación. En esta controversia, el marxismo puede terciar, dando fundamentos para un nuevo feminismo socialista que aún espera ver la luz.
Bibliografía
- Amorós, Celia (2007) La gran diferencia y las pequeñas consecuencias... para las luchas de las mujeres, Cátedra, Madrid.
- Cirillo, Lidia (2002) Mejor huérfanas. Por una crítica feminista al pensamiento de la diferencia, Anthropos, Barcelona.
- D'Atri, Andrea (2004) Pan y Rosas. Pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo, Las Armas de la Crítica, Buenos Aires.
- D'Atri, Andrea (2009) “A la búsqueda de un nuevo encuentro entre Feminismo y Socialismo: con amplitud, pero también con estrategia” en Revista Venezolana de Estudios de la Mujer Nº 33, CLACSO - Universidad Central de Venezuela, Caracas.
- Hartmann, Heidi (1981) “The Unhappy Marriage of Marxism and Feminism: Towards a more Progressive Union”, en Women and Revolution de Lydia Sargent (ed), South End Press, USA.
- Irigaray, Luce (1985) El cuerpo a cuerpo con la madre. El otro género de la naturaleza. Otro modo de sentir, La Sal, Barcelona.
- Irigaray, Luce (2007) Espéculo de la otra mujer, Akal, Madrid.
- Lonzi, Carla (1978) Escupamos sobre Hegel y otros escritos sobre liberación femenina, La Pléyade, Buenos Aires.
- Marx, Karl (1971) Crítica al Programa de Gotha, Ed. Compañero, Buenos Aires.
- Muraro, Luisa (1994) El orden simbólico de la madre, Horas y Horas, Madrid.
- Trotsky, León (2000) La teoría de la revolución permanente, CEIP, Buenos Aires.
[1] Hartmann, Heidi (1981) “The Unhappy Marriage of Marxism and Feminism: Towards a more Progressive Union”, en Women and Revolution de Lydia Sargent (ed), South End Press, USA.
[2] Manifiesto de Rivolta Femminile, Roma, julio de 1970.
[3] Amorós, Celia (2007) La gran diferencia y las pequeñas consecuencias... para las luchas de las mujeres, Cátedra, Madrid.
[4] Irigaray, Luce (1985) El cuerpo a cuerpo con la madre. El otro género de la naturaleza. Otro modo de sentir, La Sal, Barcelona.
[5] Amorós, Celia op.cit.
[6] Engels, F., Carta a Bebel, Londres, 1875.
[7] Marx, Karl (1971) Crítica al Programa de Gotha, Ed. Compañero, Buenos Aires.
[8] Lenin, A las obreras, discurso de 1920
[9] Trotsky, León (2000) La teoría de la revolución permanente, CEIP, Buenos Aires
16/5/11
El espectro de la revolución
A PROPÓSITO DE EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS DE LEONARDO PADURA“Adoptando un continente grave y severo, amenazador por momentos, le dije: —Mire, Jacson: es ésta la última oportunidad que le brindo para que, en su propio beneficio, me diga toda la verdad. El asesinato de Trotsky ha producido una sensación tal en el universo entero que viene ocupando las primeras páginas de todos los periódicos y relegando a un segundo término las propias informaciones de la guerra.”[1]
Gral. Leandro Sánchez Salazar
La novela de mi vida transitaba por tres historias: la del profesor Fernando Terry –llegado a Cuba desde el exilio con el propósito de hallar un manuscrito perdido del poeta nacional del siglo XIX, José María Heredia-, la del mismo Heredia –un verdadero prócer de las letras cubanas- y, por último, la del hijo de Heredia, convertido en masón a principios del siglo XX. En El hombre que amaba a los perros, también la Historia aparece de la mano de la ficción: el protagonista Iván Cárdenas –un escritor devenido, en cierto modo, en detective- es la excusa para abrir paso a dos personajes verdaderamente protagónicos.
Y también aquí se entretejen tres líneas narrativas. Por un lado, la protagonizada por este frustrado escritor cubano que, en los ’70, es relegado –por supuestas leves críticas al régimen- a editar artículos científicos para una revista de veterinaria. Iván Cárdenas tuvo la oportunidad de escribir “la novela de su vida” gracias a que, por casualidad, se encontró con un exiliado español en las playas de La Habana que le confió la historia –hasta entonces nunca revelada- de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky. A su muerte, este “hombre que amaba a los perros” le deja un manuscrito que encierra todos los detalles de esta escabrosa historia en la que se aclara que él mismo era Ramón Mercader, algo que Padura permite sospechar al lector desde el primer momento. Pero el escritor Iván Cárdenas no se atreve a hacer nada con esa historia que le relata este desconocido que pasea sus dos borzoi en la playa, más que dejarle el manuscrito heredado a otro amigo escritor, Daniel Fonseca, quien después de leerlo también decide silenciarlo.
Ésta, siendo la historia de menor relevancia, es sin duda la que actúa como nexo entre las historias de los otros dos hombres que –al igual que Iván- amaban a los perros. Pero además, es la que permite al autor desplegar, sutilmente, sus opiniones sobre la Cuba actual (¿otra “revolución traicionada”?) y el papel que pudo haber desempeñado el régimen castrista en la protección de agentes stalinistas como Ramón Mercader.
Otra línea narrativa se desarrolla alrededor de la figura de Ramón Mercader, alias Jacques Mornard o Franck Jacson o Román Pavlovich, enterrado como Héroe de la Unión Soviética bajo una lápida con un cuarto seudónimo: Ramón Ivanovich López. Se trata del “hombre sin historia que entra en la historia con otro que en cambio es todo historia”, según las palabras de Leonardo Padura.[2] Desde sus días como combatiente de la guerra civil española –cuando, a petición de su madre Caridad del Río Hernández, acepta la misión secreta para la cual deberá entrenarse en Moscú-, hasta sus últimos años en Cuba –donde muere, enfermo de cáncer, en 1978.
Finalmente, la tercera historia es la de León Trotsky, el dirigente junto con Lenin de la Revolución Rusa de 1917, el creador y dirigente político y militar del Ejército Rojo y el fundador, en 1938, de la IV Internacional. El periodo de su vida abarcado por Padura es el de los años que transcurren entre 1929, cuando es deportado desde Alma Ata a la isla de Prinkipo –expulsado definitivamente del territorio de la Unión Soviética- y 1940, cuando es asesinado en su última morada de refugiado en Coyoacán (México).
En La novela de mi vida, el Poeta Nacional se atreve a enfrentar al tirano: “Ningún poema va a tumbar un tirano. Pero les hace una muesca, que a veces es indeleble. Porque recuerde que queda la otra Historia, la de verdad, que un día borrará su nombre de los edificios que construyó y que escupirá su tumba ya que hoy no puede escupir su figura, y con esa Historia, si es que vale en algo, estará mi poesía. Y eso, ni todo su poder lo podrá evitar.”[3] En El hombre que amaba a los perros, por el contrario, el escritor cubano desgrana su escepticismo, haciendo dudar a uno de los personajes acerca de la relevancia que pueda tener esa verdad histórica que le ha sido confiada: “¿Me preguntaron a mí, le preguntaron a Iván, si estábamos conformes con posponer sueños, vida y todo lo demás hasta que se esfumaran (sueños, vida, y hasta el copón bendito) en el cansancio histórico y la utopía pervertida?”[4] En La novela de mi vida, había un manuscrito buscado por un hombre; en El hombre que amaba a los perros, tenemos a un hombre buscado fatalmente por un manuscrito. Una historia que le quema en las manos, que lo obsesiona y lo aterra, como a todos aquellos que fueron partícipes de ese secreto.
Y las tres historias entrelazadas aquí tienen como protagonistas a hombres que aman a los perros; de ahí el nombre para esta novela que, desde su título, homenajea al escritor Raymond Chandler.[5] Como en las novelas negras del norteamericano, aquí tampoco la resolución del misterio es el objetivo principal (imposible, además, tratándose de una historia sobre la cual existen abultadas biografías, obras de teatro y hasta películas) y, también como en las novelas de Chandler, a los protagonistas se los presenta como personajes decadentes (Mercader) o derrotados (Trotsky).[6]
Pero no vamos a centrarnos aquí en una valoración literaria, para la que carecemos de ilustrados criterios, sino en la visión de Trotsky que presenta Leonardo Padura y, por consecuencia, del trotskismo, en momentos en que se plantea, con mayor urgencia, el futuro de Cuba. El autor nos autoriza al decir que “la novela va a tener muchas lecturas políticas”, así que sumamos la nuestra.[7]




