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23/9/14

Al rojo vivo

Legalizaron el aborto 50 años antes que Gran Bretaña; despenalizaron la homosexualidad 77 años antes que Alemania; permitieron el divorcio 70 años antes que Argentina. ¿Cómo tomaron, hace casi un siglo atrás, el cielo por asalto?  

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4/7/14

¿Adiós a la revolución sexual?

Argentina es uno de los dieciséis países del mundo –el primero en América Latina– que aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo, aunque la ley sufrió varios traspiés antes de ser votada en el Senado, en julio de 2010, por una exigua diferencia y tras muchas horas de debate.

La crisis abierta en diciembre de 2001 –con la emergencia de los movimientos de desocupados, las asambleas vecinales y las fábricas tomadas por los trabajadores– había puesto también las demandas del movimiento de mujeres y del movimiento LGTB sobre el tapete. La legalización de las parejas del mismo sexo fue una de esas banderas y, en 2002, la Ciudad de Buenos Aires establecía el régimen de unión civil en su jurisdicción. Luego, numerosas organizaciones, nucleadas en la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans, privilegiaron estrategias jurídicas y parlamentarias, limitando la creciente movilización de la comunidad LGTB a la presión por la ley de matrimonio igualitario.
Así, lo que podría haber sido un gran punto de partida para fortalecer la lucha LGTB, pronto se convirtió en un techo. Pero, a pesar de sus límites, el debate de la ley no solo transformó beneficiosamente la vida de un sector de la comunidad de gays y lesbianas, permitió su visibilidad y una creciente aceptación social de la condición homosexual, sino que, además, impulsó un “espíritu igualitarista” en amplios sectores de masas. Los meses que duró el tratamiento de la ley en el Congreso, la clase trabajadora y la juventud debatieron en fábricas, facultades y oficinas, enfrentando viejos prejuicios y mostrando que el 70 % de aprobación que tenía el proyecto no era un invento de las encuestadoras. Dos años después se sancionó la Ley de Identidad de Género, fundamental para avanzar en la equidad de las personas transexuales. Sin embargo, muy pronto se evidenció que la igualdad ante la ley no es aún la igualdad ante la vida y que, tanto en el ámbito laboral como en el de la salud, aún subsiste la discriminación.
Estas experiencias –que merecerían su propio análisis y no es el propósito de este artículo– concentraron, en corto tiempo, las lecciones de cuatro décadas del movimiento de liberación sexual: demandas, alineamientos estratégicos y una deriva en la cooptación que nos proponemos examinar críticamente. SEGUIR LEYENDO AQUÍ

6/3/14

8 de marzo: desenredando un viejo entuerto



Como cada año, empiezan las discusiones sobre qué se conmemora el 8 de marzo. No falta el comentario interesado de algún periodista que se burla y pregunta cuándo es el día de los hombres; ni el de alguna mujer que dice que no quiere tener un día donde se la festeje. Cada año, repetimos que es un día de lucha y que, si es necesario destacarlo, es porque aún siendo la mitad de la humanidad, las mujeres no vivimos en igualdad de condiciones con la otra mitad. Pero también en el movimiento de mujeres surgen otras discusiones: ¿es el día de la mujer o de la mujer trabajadora?, ¿se conmemora a las obreras neoyorquinas muertas en el incendio de una fábrica textil de 1908 o ese incendio es una leyenda?, ¿lo propuso la socialista alemana Clara Zetkin en 1910 o la ONU en 1977? Resolver estos interrogantes no tiene un objetivo meramente erudito. Detrás de estas preguntas, se cuelan distintas formas de pensar la lucha por la emancipación de las mujeres.

El incendio de la fábrica textil y el Woman’s Day de las norteamericanas

La historia más divulgada sostiene que el 8 de marzo de 1908, en una fábrica textil de Nueva York, hubo un incendio intencional –en el que perecieron 129 obreras-, provocado por el dueño que, de esa manera brutal, decidió acabar con una protesta de las trabajadoras. Pero ese hecho no fue noticia de los diarios, donde era habitual leer sobre incendios accidentales, algo frecuente en las fábricas textiles de la época. Y además, el 8 de marzo de 1908 era domingo. Sin embargo, hubo un incendio que tuvo gran repercusión por la cantidad de muertos; pero fue el 25 de marzo de 1911, en la Triangle Shirtwaist Company.
En 1908, las norteamericanas definieron, en el Congreso Nacional del Partido Socialista de EE.UU., lanzar una campaña activa por el voto femenino. Para ello, designaron el último domingo de febrero de 1909 como el Día de la Mujer (Woman’s Day), aunque en Chicago se tuvo que conmemorar el 31 de enero porque el teatro que pretendían alquilar para el mitín, no estaba disponible para esa fecha.

La propuesta de las socialistas alemanas y las mujeres en la Revolución Rusa

El 26 y 27 de agosto de 1910, se realizó en Copenhague la IIº Conferencia Internacional de Mujeres Socialistas, donde los principales debates fueron sobre el voto femenino, la protección social de las madres y la necesidad de establecer una relación más regular entre las socialistas de distintos países. Allí, las delegadas alemanas Clara Zetkin y Kate Duncker proponen la siguiente moción: “De acuerdo con las organizaciones políticas y sindicales del proletariado, las mujeres socialistas de todas las nacionalidades organizarán en sus respectivos países un día especial de las mujeres, cuyo principal objetivo será promover el derecho al voto de las mujeres. Será necesario debatir esta proposición en relación a la cuestión de la mujer desde la perspectiva socialista. Esta conmemoración deberá tener un carácter internacional y será necesario prepararla con mucho esmero.” La propuesta no incluía la conmemoración de ningún hecho histórico, por eso no señalaba una fecha precisa. A diferencia de las norteamericanas, en esta ocasión se eligió el plural: “día de las mujeres” y no “de la mujer”, enfatizando el carácter internacional de la convocatoria. El 19 de marzo del año siguiente, las socialistas alemanas celebraron el Día Internacional de las Mujeres. Las suecas lo hicieron coincidir con el 1º de mayo y, los años siguientes, lo festejaron el 12 del mismo mes. Recién en 1914, las socialistas de Alemania, Suecia y Rusia se pusieron de acuerdo en conmemorarlo el 8 de marzo. Y así lo hicieron también en los años siguientes.
El 8 de marzo de 1917 (23 de febrero, según el antiguo calendario ortodoxo), las trabajadoras rusas lo conmemoraron con manifestaciones, huelgas y motines por el pan, por la paz y contra el régimen zarista: una chispa que, en medio de las penurias de la Iº Guerra Mundial, dio inicio a la revolución con la que la clase obrera conquistó el poder ocho meses más tarde, bajo la dirección del Partido Bolchevique. “El 23 de febrero era el Día Internacional de la Mujer. Los socialdemócratas se proponían festejarlo en la forma tradicional: con asambleas, discursos, manifiestos, etc. A nadie se le pasó por las mentes que el Día de la Mujer pudiera convertirse en el primer día de la revolución.” Así empieza uno de los capítulos de la Historia de la Revolución Rusa, escrita por León Trotsky.

El Día de la Madre creado por Stalin y el Día de por los Derechos de la Mujer de la ONU

Pero más tarde, con el stalinismo en el poder, retrocedieron los derechos conquistados por las mujeres durante la Revolución Rusa: se prohibió el aborto y se destacó la contribución de las mujeres, como madres y amas de casa, al engrandecimiento nacional. Se disolvió el Secretariado Internacional de Mujeres y todos los organismos partidarios encargados del área. A mediados de los ’30, el Día Internacional de las Mujeres se convirtió, en la Unión Soviética, en el equivalente al Día de la Madre de los países capitalistas: se entregaban regalos y ramos de flores a las madres. Fue en 1965 que, por un decreto de la burocracia estalinista, se declaró el 8 de marzo como un día no laborable: el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.
Antes que eso, el 8 de marzo de 1945 –finalizando la IIº Guerra Mundial-, la esposa del entonces presidente norteamericano Franklin Roosevelt había propuesto elaborar una carta de derechos de las mujeres, para que sean tenidas en cuenta como artífices de la paz ante la naciente Organización de las Naciones Unidas. Allí reclamaba derechos para las madres, trabajadoras y ciudadanas que se integraban a la construcción de un nuevo orden mundial. Recién en 1975, las Naciones Unidas declaran el Año Internacional de la Mujer y en diciembre de 1977 proclaman el 8 de marzo como Día Internacional por los Derechos de la Mujer y la Paz Internacional, recordando a Clara Zetkin, pero sin mencionar los acontecimientos de la Rusia revolucionaria.

Lo que se oculta detrás de un nombre

Para muchos grupos feministas, el 8 de marzo es un día para luchar sólo por algunos derechos para las mujeres. Abandonando el cuestionamiento radical al sistema capitalista que legitima, reproduce y garantiza la subordinación de las mujeres, se limitan a exigir mayor equidad en una sociedad que funciona en base a la más profunda de las inequidades, como es la concentración de las propiedades y las grandes riquezas en un puñado de familias que amasan su fortuna a expensas de la explotación de millones de asalariados y asalariadas, que lo único que poseen es su fuerza de trabajo y su prole. Otros grupos, aún reivindicándose anticapitalistas, consideran que la lucha contra la opresión patriarcal es tarea exclusiva de todas las mujeres unidas tras este propósito común.
Las corrientes stalinistas, por su lado, impusieron la idea de que la emancipación de las mujeres es algo de poca importancia en la lucha por la revolución social y que, combatir el veneno del machismo con el que la burguesía inficiona al movimiento obrero desvía la atención de la batalla central del proletariado, que es contra la burguesía, dividiendo las filas de los explotados. Lamentablemente, a su misógina ceguera pequeñoburguesa, pretendieron disimularla con la imposición, por decreto, del Día de la Mujer Trabajadora.
Por el contrario, el marxismo revolucionario reconoce que no sólo las obreras, sino las más amplias masas femeninas son víctimas de la desigualdad, la falta de derechos, la violencia y la subordinación que impone la opresión patriarcal. Que ser el 80% de las víctimas de las redes de trata, no tener derecho a decidir sobre el propio cuerpo, ganar un 30% menos que los varones o ser el 75% de los analfabetos del mundo son algunas muestras patentes de esta inequidad. Y señalamos, sin tapujos, que el capitalismo instila, también y principalmente entre los trabajadores, la misoginia y la violencia machista para mantener divididas las filas de los explotados.[1]
Pero si el capitalismo reproduce la milenaria opresión de las mujeres, descargando más brutalmente estos agravios contra las mujeres trabajadoras ¿cómo y con quiénes  luchamos por la emancipación femenina? Ésta es una de las controversias más importantes en el movimiento de mujeres.
El 8 de marzo, consideramos nuestro deber irrenunciable impulsar, en la más amplia unidad, las luchas de las mujeres por las mejores condiciones de vida posibles, por los derechos democráticos más elementales, incluso en alianza con aquellas mujeres y organizaciones que no consideren aún, como nosotras, que es necesario acabar con el capitalismo para que esos derechos sean verdaderamente efectivos y universales. También peleamos por los derechos sindicales de las mujeres trabajadoras. Pero nuestra lucha no se limita a la ampliación de los derechos formales en el estrecho marco de las democracias capitalistas; ni tampoco a reivindicaciones corporativas o económicas de la clase obrera.
Impulsamos la organización, la movilización y la lucha de las mujeres con la perspectiva de la revolución socialista, para acabar con este sistema de explotación y sentar las bases para la completa emancipación de las mujeres. En ese camino, apostamos a que las mujeres trabajadoras –las más oprimidas entre las oprimidas, las más explotadas entre los explotados- encabecen la lucha por su propia emancipación, convenciendo a sus hermanos de clase de la importancia que tiene incorporar la lucha contra el machismo en el programa revolucionario del proletariado y, a las más amplias masas femeninas, de unirse a las filas proletarias para derrocar el capitalismo patriarcal que hoy nos oprime.


[1] Por eso siempre repetimos que, “cada vez que una mujer es abusada, golpeada, humillada, considerada un objeto, discriminada, sometida por su compañero... ¡la clase dominante se ha perpetuado un poco más en el poder! Y la clase obrera, en cambio, se ha debilitado. Porque esa mujer perderá la confianza en sí misma y por lo tanto en sus propias fuerzas. Pero la clase obrera también se debilita porque ese hombre que golpeó a su compañera, que la humilló, que la consideró su propiedad, está más lejos que antes de transformarse en un obrero conciente de sus cadenas, está un poco más lejos de reconocer que en la lucha por romper sus cadenas debe proponerse liberar a toda la humanidad de las cadenas y contar a todos los oprimidos como sus aliados.” Discurso en el Acto del PTS en la Federación de Box, 9 de julio de 2004.

26/10/13

Brujas

28/2/13

8 de marzo: Un día de lucha propuesto por las mujeres socialistas

En agosto de 1910, en Dinamarca, cien mujeres socialistas de distintos países europeos, realizaban su IIº Conferencia Internacional. Debatían cómo conquistar el derecho al voto para las mujeres, la protección social para las trabajadoras madres y sobre cuáles eran las mejores medidas para establecer relaciones entre las socialistas de todo el mundo. En esa conferencia se aprobó que luchar por la jornada de trabajo de 8 horas, por las 16 semanas de licencia por maternidad y otras medidas. Pero las delegadas alemanas hicieron una moción que fue aprobada por unanimidad y pasó a la historia.
La resolución que presentaron Clara Zetkin y Kate Duncker decía: “Según las organizaciones políticas y sindicales del proletariado, las mujeres socialistas de todas las nacionalidades organizarán en sus respectivos países un día especial de las mujeres, cuyo principal objetivo será promover el derecho al voto de las mujeres. Será necesario debatir esta propuesta con relación a la cuestión de la mujer a partir de la perspectiva socialista. Esta conmemoración deberá tener un carácter internacional y será necesario prepararla con mucho esmero.”
Los años siguientes, el Día Internacional de las Mujeres se celebró, en diversos países, pero en distintas fechas. Recién en 1914, las socialistas alemanas, rusas y suecas coincidieron en conmemorarlo el 8 de marzo. Esa fecha fue, finalmente, la que quedó fijada en la historia como el Día Internacional de las Mujeres, porque el 8 de marzo de 1917 (23 de febrero en el antiguo calendario ruso), las trabajadoras rusas conmemoraron su día, en medio de la Primera Guerra Mundial, con manifestaciones, huelgas y motines por el pan, por la paz y contra el régimen zarista: una chispa que dio inicio a la revolución con la que la clase obrera conquistó el poder ocho meses más tarde, bajo la dirección del Partido Bolchevique, de Lenin y Trotsky.
Hoy, 103 años después que Clara Zetkin propusiera a las socialistas conmemorar el Día Internacional de las Mujeres, para todos los revolucionarios –pero, particularmente, para las revolucionarias- sigue en pie la misma tarea: colaborar en la organización de las trabajadoras en la lucha por sus derechos y para que se incorporen a la lucha por la revolución proletaria, única perspectiva realista para quien ansíe la emancipación femenina y la liberación de la humanidad de todas las cadenas de explotación y opresión que hoy la mantienen aprisionada, bajo el orden capitalista.

5/7/12

Hace 155 años nacía Clara Zetkin: La gran organizadora de las mujeres obreras y socialistas

El 5 de julio de 1857, nació Clara Zetkin, la mujer que desde el Partido Socialdemócrata Alemán, se transformaría en la más grande organizadora de las mujeres obreras y socialistas de su tiempo.

Organizar a las mujeres, aunque el gobierno lo prohibía

Bajo el régimen imperial, en Alemania, las mujeres, los estudiantes y los aprendices de oficios tenían prohibido adherir a organizaciones políticas y asistir a reuniones donde se discutiera de política. Recién en 1902, esta ley fue reformada: a partir de entonces, las mujeres tuvieron derecho a la actividad política, pero siempre y cuando la ejercieran separadas de los hombres. Por esta razón, el Partido Socialdemócrata Alemán impulsó la formación de su sección femenina que, con Clara Zetkin a la cabeza, organizó las Conferencias Internacionales de Mujeres Socialistas, reuniendo a centenares de delegadas de toda Europa. Sin embargo, la prohibición legal no parece haber sido la única razón para la organización de las mujeres socialistas: el Ministerio del Interior, que espiaba a los revolucionarios, señalaba en uno de sus informes secretos que los hombres socialistas ¡oponían una “resistencia pasiva” a la participación de las mujeres en el partido!

Por los derechos de las mujeres trabajadoras

Clara Zetkin denunció la situación de opresión de la mujer trabajadora en el capitalismo, luchó por todos los derechos de las mujeres trabajadoras empezando por el derecho a igual salario por igual trabajo. También combatió contra todas las restricciones que impedían a las mujeres hacer política; denunció la hipocresía del matrimonio burgués y abogó por el derecho de la mujer “a disponer de sí misma”. Estuvo a favor de la libre decisión de las mujeres sobre el aborto y la anticoncepción, a lo que se oponían algunos dirigentes del Partido Socialdemócrata Alemán, y de la educación laica y mixta. Luchó por el derecho al voto, al igual que otras mujeres feministas burguesas, con quienes siempre sostuvo que había que “luchar juntas, marchar separadas” y logró que la socialdemocracia alemana fuera el primer partido político europeo que incluyera este derecho en su programa. Fue Clara Zetkin quien propuso que el 8 de marzo se conmemorara el Día Internacional de las Mujeres.

Junto a Rosa Luxemburgo, Lenin y Trotsky contra la traición de la socialdemocracia

Cuando los diputados socialdemócratas aprobaron, en el parlamento, los créditos de guerra que llevarían a la carnicería de la Iº Guerra Mundial, Clara Zetkin junto a su amiga, la revolucionaria Rosa Luxemburgo, y otros dirigentes del ala izquierda enfrentaron esta traición de la dirección del partido. Tanto Clara Zetkin como Rosa Luxemburgo sufren cárcel y exilio durante la guerra, por defender posiciones antibelicistas. Esto las lleva a unirse a Lenin, Trotsky y otros dirigentes socialdemócratas de distintos países que comparten el rechazo a este rumbo que había tomado la mayoría de la socialdemocracia y abogan por la formación de una nueva organización internacional, la Internacional Comunista.

Las Tesis para la propaganda entre las mujeres

Prontamente, entabla una amistad con Lenin, quien le encarga la elaboración de unas tesis para el trabajo político entre las mujeres que serán refrendadas en el IIIº Congreso de la Internacional Comunista. Allí, Clara señalaba que había que “admitir a las mujeres como miembros con idénticos deberes y derechos que el resto de los miembros en el partido y en todas las organizaciones proletarias (sindicatos, cooperativas, consejos de fábrica, etc.)”, como también “combatir los prejuicios relativos a las mujeres en las masas del proletariado masculino, fortaleciendo en el espíritu de los obreros y las obreras la idea de la solidaridad de intereses de los proletarios de ambos sexos.” Estaba convencida de que el principio fundamental del trabajo político entre las mujeres debía ser la “agitación y propaganda por medio de los hechos”. Con esto se refería a la “acción para despertar la iniciativa de la obrera, para destruir su falta de confianza en sus propias fuerzas y, movilizándolas en el trabajo práctico en el dominio de la organización y de la lucha, para enseñarle a comprender por medio de la realidad que toda conquista del Partido Comunista, toda acción contra la explotación capitalista, es un progreso que alivia la situación de la mujer.”
Clara Zetkin murió en Rusia, en 1933. Pero quedó inmortalizada para la historia de la clase obrera mundial como la revolucionaria que siempre luchó por los derechos y la organización de las trabajadoras y de las mujeres socialistas.

16/5/11

El espectro de la revolución

A PROPÓSITO DE EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERROS DE LEONARDO PADURA



“Adoptando un continente grave y severo, amenazador por momentos, le dije: —Mire, Jacson: es ésta la última oportunidad que le brindo para que, en su propio beneficio, me diga toda la verdad. El asesinato de Trotsky ha producido una sensación tal en el universo entero que viene ocupando las primeras páginas de todos los periódicos y relegando a un segundo término las propias informaciones de la guerra.”[1]

Gral. Leandro Sánchez Salazar


Con una estructura similar a la de su anterior obra, La novela de mi vida, el cubano Leonardo Padura nos presenta, nuevamente, tres novelas en una con El hombre que amaba a los perros (Tusquets, Buenos Aires, 2010, 572 p.).
La novela de mi vida transitaba por tres historias: la del profesor Fernando Terry –llegado a Cuba desde el exilio con el propósito de hallar un manuscrito perdido del poeta nacional del siglo XIX, José María Heredia-, la del mismo Heredia –un verdadero prócer de las letras cubanas- y, por último, la del hijo de Heredia, convertido en masón a principios del siglo XX. En El hombre que amaba a los perros, también la Historia aparece de la mano de la ficción: el protagonista Iván Cárdenas –un escritor devenido, en cierto modo, en detective- es la excusa para abrir paso a dos personajes verdaderamente protagónicos.
Y también aquí se entretejen tres líneas narrativas. Por un lado, la protagonizada por este frustrado escritor cubano que, en los ’70, es relegado –por supuestas leves críticas al régimen- a editar artículos científicos para una revista de veterinaria. Iván Cárdenas tuvo la oportunidad de escribir “la novela de su vida” gracias a que, por casualidad, se encontró con un exiliado español en las playas de La Habana que le confió la historia –hasta entonces nunca revelada- de Ramón Mercader, el asesino de Trotsky. A su muerte, este “hombre que amaba a los perros” le deja un manuscrito que encierra todos los detalles de esta escabrosa historia en la que se aclara que él mismo era Ramón Mercader, algo que Padura permite sospechar al lector desde el primer momento. Pero el escritor Iván Cárdenas no se atreve a hacer nada con esa historia que le relata este desconocido que pasea sus dos borzoi en la playa, más que dejarle el manuscrito heredado a otro amigo escritor, Daniel Fonseca, quien después de leerlo también decide silenciarlo.
Ésta, siendo la historia de menor relevancia, es sin duda la que actúa como nexo entre las historias de los otros dos hombres que –al igual que Iván- amaban a los perros. Pero además, es la que permite al autor desplegar, sutilmente, sus opiniones sobre la Cuba actual (¿otra “revolución traicionada”?) y el papel que pudo haber desempeñado el régimen castrista en la protección de agentes stalinistas como Ramón Mercader.
Otra línea narrativa se desarrolla alrededor de la figura de Ramón Mercader, alias Jacques Mornard o Franck Jacson o Román Pavlovich, enterrado como Héroe de la Unión Soviética bajo una lápida con un cuarto seudónimo: Ramón Ivanovich López. Se trata del “hombre sin historia que entra en la historia con otro que en cambio es todo historia”, según las palabras de Leonardo Padura.[2] Desde sus días como combatiente de la guerra civil española –cuando, a petición de su madre Caridad del Río Hernández, acepta la misión secreta para la cual deberá entrenarse en Moscú-, hasta sus últimos años en Cuba –donde muere, enfermo de cáncer, en 1978.
Finalmente, la tercera historia es la de León Trotsky, el dirigente junto con Lenin de la Revolución Rusa de 1917, el creador y dirigente político y militar del Ejército Rojo y el fundador, en 1938, de la IV Internacional. El periodo de su vida abarcado por Padura es el de los años que transcurren entre 1929, cuando es deportado desde Alma Ata a la isla de Prinkipo –expulsado definitivamente del territorio de la Unión Soviética- y 1940, cuando es asesinado en su última morada de refugiado en Coyoacán (México).
En La novela de mi vida, el Poeta Nacional se atreve a enfrentar al tirano: “Ningún poema va a tumbar un tirano. Pero les hace una muesca, que a veces es indeleble. Porque recuerde que queda la otra Historia, la de verdad, que un día borrará su nombre de los edificios que construyó y que escupirá su tumba ya que hoy no puede escupir su figura, y con esa Historia, si es que vale en algo, estará mi poesía. Y eso, ni todo su poder lo podrá evitar.”[3] En El hombre que amaba a los perros, por el contrario, el escritor cubano desgrana su escepticismo, haciendo dudar a uno de los personajes acerca de la relevancia que pueda tener esa verdad histórica que le ha sido confiada: “¿Me preguntaron a mí, le preguntaron a Iván, si estábamos conformes con posponer sueños, vida y todo lo demás hasta que se esfumaran (sueños, vida, y hasta el copón bendito) en el cansancio histórico y la utopía pervertida?”[4] En La novela de mi vida, había un manuscrito buscado por un hombre; en El hombre que amaba a los perros, tenemos a un hombre buscado fatalmente por un manuscrito. Una historia que le quema en las manos, que lo obsesiona y lo aterra, como a todos aquellos que fueron partícipes de ese secreto.
Y las tres historias entrelazadas aquí tienen como protagonistas a hombres que aman a los perros; de ahí el nombre para esta novela que, desde su título, homenajea al escritor Raymond Chandler.[5] Como en las novelas negras del norteamericano, aquí tampoco la resolución del misterio es el objetivo principal (imposible, además, tratándose de una historia sobre la cual existen abultadas biografías, obras de teatro y hasta películas) y, también como en las novelas de Chandler, a los protagonistas se los presenta como personajes decadentes (Mercader) o derrotados (Trotsky).[6]
Pero no vamos a centrarnos aquí en una valoración literaria, para la que carecemos de ilustrados criterios, sino en la visión de Trotsky que presenta Leonardo Padura y, por consecuencia, del trotskismo, en momentos en que se plantea, con mayor urgencia, el futuro de Cuba. El autor nos autoriza al decir que “la novela va a tener muchas lecturas políticas”, así que sumamos la nuestra.[7]

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7/5/11

La participación de las mujeres en la Comuna de París

Versión en castellano de la ponencia presentada en el evento nacional a 140 años de la Comuna de París, organizado por la Universidade Federal da Fronteira Sul (Chapecó - Brasil)

Desde mediados del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX, junto a la producción artesanal, se expande en Europa la modalidad del trabajo a destajo efectuado fundamentalmente por las mujeres en sus propios hogares, y se desarrolla rápidamente la industria textil. Esta tendencia a la proletarización de las mujeres convirtió a la “mujer trabajadora” en una figura problemática, que cuestionaba la idea de feminidad de la ideología patriarcal dominante y planteaba un dilema entre el “deber ser” de su feminidad y el trabajo asalariado. Surgía así, con la figura de la “mujer trabajadora”, una oposición antagónica entre el hogar y la fábrica, la maternidad y la productividad, los valores tradicionales y la modernidad que imponía el capital.
La figura de la “mujer trabajadora” da lugar a profundos debates entre quienes defendían su derecho a la inclusión en la producción social y quienes desestimaban esta participación con alegatos que se basaban en posiciones tanto libertarias como profundamente sexistas.
Marx y Engels entienden que oponerse a la incorporación de las mujeres a la producción social, invocando los males que acarrea para su existencia, es utópico: el desarrollo industrial arrasa con todas las costumbres y valores existentes; las mujeres y los niños son incorporados a la producción, mal que les pese a los moralistas conservadores y a los socialistas pequeñoburgueses. Por eso, ante la inevitable incorporación de las mujeres a la fuerza de trabajo explotada por el capital, reclaman su participación en las organizaciones obreras, su incorporación a las filas proletarias para que no sean sólo carne de explotación, sino también sujetos conscientes en la lucha por su liberación. De allí que, a pesar de la oposición de las corrientes anarquistas, propugnaron la organización de la Sección Femenina de la Asociación Internacional de los Trabajadores, bajo la dirección de Elizabeth Dimitrieff, quien luego fuera enviada como representante a la Comuna de París, expresando la solidaridad del movimiento obrero organizado.
Muy a la inversa del anarquista Proudhon, también de la I Internacional, quien manifestaba sus prejuicios pequeñoburgueses cuando consideraba “funestos y estúpidos todos nuestros ensueños sobre la emancipación de la mujer; le niego toda clase de derecho e iniciativa políticos; creo que para la mujer, la libertad y el bienestar consisten únicamente en el matrimonio, la maternidad, los trabajos domésticos, la fidelidad al esposo, la castidad y el retiro.” Proudhon, también sostenía que la mujer tenía sólo dos destinos posibles: ama de casa o prostituta y por eso se oponía a la incorporación de las mujeres a la producción. Cuando la costurera francesa Jeanne Déroin propuso presentarse como candidata a las elecciones de 1849, Proudhon la declaró no apta, alegando que los órganos que las mujeres poseen para alimentar a los bebés no las hacen apropiadas para el voto. Jeanne Déroin le respondió pidiéndole que le mostrara el órgano masculino que le permitía votar.
Para la época de la Comuna, en Francia, las mujeres ya tenían una larga tradición de participación en luchas revolucionarias. En 1789, durante la Gran Revolución Francesa, las mujeres de la burguesía habían asumido reivindicaciones políticas y derechos civiles, mientras las mujeres de los barrios populares desempeñaban un papel destacado en las movilizaciones contra la escasez y la carestía.
Fueron estas primeras revueltas contra el hambre y la participación en las luchas revolucionarias las que posibilitaron a las mujeres de los sectores populares la experiencia de la acción social y política colectiva, rompiendo con el aislamiento del hogar.
Junto con la crítica ilustrada de un sector de mujeres burguesas e instruidas, a una política masculina y burguesa que excluía de los derechos civiles a las propias mujeres de la clase dominante, serán experiencias que no transcurrirán en vano y así se demostrará en el transcurso del siglo XIX.
Años más tarde, durante la Primavera de los Pueblos de 1848, se destaca la presencia de trabajadoras, inspiradas en ideas socialistas y comunistas, que sostienen la igualdad para las mujeres y la asocian con la emancipación de clase, con la superación del orden existente.
En aquellos tiempos, regía en Francia el Código Civil napoleónico, uno de los instrumentos burgueses más restrictivos del status social femenino, ya que despojaba a las mujeres de cualquier derecho, sometiéndolas enteramente al padre o al marido. No reconocía las uniones consensuadas y los hijos que nacían de esas relaciones eran considerados bastardos. Las mujeres estaban privadas del derecho al voto, mientras las trabajadoras sufrían, además, la explotación en condiciones de vida miserables. El código establecía que las mujeres eran propiedad del marido y que su rol social era exclusivamente el de ser madres.
Pero esa experiencia en la lucha de clases de Francia fue un bagaje revolucionario para las mujeres que, en 1871, ven en la Comuna la posibilidad de conquistar una república social con igualdad de derechos.

Como se sabe, en 1870, el emperador Napoleón III había arrastrado al país hacia una guerra contra el poderoso ejército prusiano. Cuando las noticias de la derrota francesa llegaron a París, el emperador abdica y se funda la república, creándose un gobierno de defensa nacional, al tiempo que Prusia iniciaba el sitio de la capital francesa. Miles de parisinos formaban, entonces, la milicia de la Guardia Nacional, donde algunos batallones formados mayoritariamente por obreros, elegían a sus propios oficiales. Cuando en marzo de 1871, la Asamblea Nacional aprueba una paz humillante, la Guardia Nacional no acepta el desarme.
El 18 de marzo de 1871, las mujeres fueron las primeras en dar la alarma de que las tropas del gobierno intentaban retirar los cañones de las colinas de Montmartre y desarmar París. Se pusieron delante de las tropas e impidieron que los cañones fueran retirados, llamando al proletariado y a la Guardia Nacional a defender la ciudad. Así se inició, hace 140 años, la gesta heroica del proletariado parisino: la Comuna de París. La comunera Louise Michel relata: “Bajé la colina, con mi carabina bajo la capa, gritando ‘¡Traición!’. Pensábamos morir por la libertad. Nos sentíamos como si nuestros pies no tocaran el suelo. Muertos nosotros, París se habría levantado. De pronto ví a mi madre cerca mío y sentí una angustia espantosa; inquieta, había acudido, y todas las mujeres se hallaban ahí. Interponiéndose entre nosotros y el ejército, las mujeres se arrojaban sobre los cañones y las ametralladoras, los soldados permanecían inmóviles. La revolución estaba hecha.”
La Asamblea Nacional, ante la rebeldía de su propio ejército y el pueblo de París, se trasladó a Versalles con el objeto de someter, desde allí, a la capital rebelde. La rebelión del pueblo de París instauró entonces un poder revolucionario comunal y exhortó al resto de los municipios franceses a imitar su ejemplo y a unirse en una federación.
Izando una bandera roja en el mástil del ayuntamiento, este primer gobierno obrero y popular de la historia, en poco tiempo, decretó la separación de la Iglesia del Estado y declaró de propiedad nacional todos los bienes de la Iglesia, la revocabilidad de todos los cargos de gobierno, la obligación de que los parlamentarios no cobraran más que el salario de un trabajador; suprimió el ejército regular y le contrapuso el pueblo en armas, condonó los pagos de alquileres adeudados por los inquilinos y proclamó la igualdad de derechos para las mujeres. La Comuna fue un ejemplo brillante de cómo el proletariado puede cumplir las tareas democráticas que la burguesía sólo puede declamar.
Mientras tanto, el poder ejecutivo aceleró el ataque contra los rebeldes bajo la mirada de aprobación de los prusianos. La resistencia de la gloriosa Comuna de París sólo pudo quebrarse después de semanas de sangrientas luchas que concluyeron con atroces represalias y costaron miles de vidas, siendo una de las represiones más crueles que registra la historia. Murieron más personas durante la última semana de mayo que durante todas las batallas de la guerra Franco-Prusiana, y más que en ninguna masacre anterior de la historia francesa.
Valerosas mujeres participaron ardientemente de la Comuna, empuñando las armas, resistiendo contra las tropas francesas y de los prusianos, hasta que la derrota les impuso la muerte en combate, o las deportaciones y los fusilamientos.
Las mujeres, como lo hicieron siempre en todos los combates de la historia, hicieron uniformes, atendieron a los heridos, proporcionaron el abastecimiento a los soldados. Miles de mujeres cosían las bolsas para la construcción de barricadas. En corto tiempo, también crearon cooperativas y sindicatos; participaron de clubes políticos, reivindicando la igualdad de derechos y crearon sus propias organizaciones, como el Comité de Mujeres para la Vigilancia, el Club de la Revolución Social y la Unión de Mujeres para la Defensa de París, fundada por miembros de la Primera Internacional, influenciados por el pensamiento de Karl Marx.
Pero, además, en la Comuna, por primera vez, alrededor de tres mil mujeres, trabajaron en fábricas de armas y municiones, construyeron barricadas y recogieron las armas de los caídos para seguir el combate y formaron un batallón femenino de la Guardia Nacional, integrado por 120 mujeres que luchó en las barricadas de París durante la última semana de resistencia de la Comuna, cuando todas perecieron en el combate.
Eran trabajadoras, mujeres de los barrios populares, pequeñas comerciantes, maestras, prostitutas y “arrabaleras”. Estas mujeres se organizaron en clubes revolucionarios como el Comité de Vigilancia de las Ciudadanas o la Unión de Mujeres para la Defensa de París, de la misma manera que lo habían hecho anteriormente las mujeres en la Revolución Francesa de 1789. Pero a diferencia de las mujeres que participaron en la Gran Revolución, esta vez, las que así lo quisieron contaron con las armas que los proletarios parisinos no les negaron empuñar, como sí lo habían impedido los revolucionarios burgueses.
En los primeros días de abril, los diarios publicaban una convocatoria en la que se les pedía a las parisinas apoyar el combate de sus maridos y hermanos y también tomar las armas ellas mismas. Era la convocatoria de Elizabeth Dmitrieff, representante de la Primera Internacional enviada a París, que llamaba a poner en pie comités de mujeres en todos los distritos y formar la Unión de Mujeres por la Defensa de París. Esta organización reclamaba al poder comunal un espacio de reunión y dinero para publicar panfletos. La Unión de Mujeres organizó numerosas asambleas públicas, sus comités organizaban la provisión de víveres, enviaban ambulancias y atendían a los heridos.
Cuando el gobierno de la Comuna decretó que los talleres abandonados debían transformarse en cooperativas de trabajadores, la Unión de Mujeres reclamó la participación de las trabajadoras: “Unión de Mujeres exige a la Comisión de Trabajo y Comercio de la Comuna, organizar y repartir nuevamente el trabajo de la mujer en París y encomendar al comité central el armamento militar. Sin embargo, ya que este trabajo no alcanza para la masa de trabajadoras, el comité central exige además otorgar a las Asociaciones Productivas la suma de dinero necesaria para reactivar las fábricas y talleres que los burgueses dejaron y que abarcan ocupaciones esencialmente llevadas a cabo por mujeres”.
Entre las mujeres del Club de la Revolución brilla el nombre de Louise Michel. Había nacido en 1830, era la hija natural de una sirvienta parisina; pero recibió educación y se convirtió en maestra. En su graduación, se negó a jurar fidelidad al Imperio y se vio obligada a fundar una escuela libre para poder ejercer la docencia. Conforme a sus convicciones, abogó por la enseñanza profesional y la creación de orfanatos laicos, algo que en aquella época resultó una innovación difícil de aceptar.

El 21 de mayo, las tropas comandadas por Versalles, ingresan a París dando comienzo a la Semana Sangrienta. Los testimonios de la época, cuentan que cuando cayó la Comuna las mujeres, enfurecidas por la masacre, golpeaban a los oficiales y luego se lanzaban contra las paredes esperando ser fusiladas. La dueña de un restaurante enfrenta un juicio por haber saqueado un comercio de estatuas para iglesias, con el propósito de armar una barricada. “¿Usó usted las estatuas de los santos para alzar una barricada?”, preguntó el juez. “Sí, es verdad. Pero las estatuas eran de piedra y quienes morían eran de carne”, respondió la comunera.
De estos días data la leyenda de las incendiarias: aunque las investigaciones difieren en afirmar si los incendios que ocurrían en diversos puntos de la ciudad eran provocados por las fuerzas contrarrevolucionarias o si eran las mujeres que resistieron hasta el último día en las barricadas las que prendían fuego a París, fueron ellas las que pagaron con deportaciones, cárcel y su propia vida, pasando a la historia como las incendiarias. La República se propuso acallarlas.
En París, los obreros y obreras resistieron el salvaje y vergonzoso ataque del ejército comandado por la burguesía francesa, con quien colaboró el enemigo prusiano, liberando a los prisioneros de guerra para que pudieran alistarse y combatir contra el propio proletariado francés en armas.
Las mujeres y hombres de la burguesía que huyeron de París ante el poder obrero que se levantaba amenazante de sus privilegios de clase, colaboraron como agentes e informantes del gobierno represor.
Finalmente, cuando sobrevino la derrota de los heroicos comuneros, las mujeres de la burguesía retornaron a sus hogares y se pasearon por las calles de París, con regocijo por el regreso del “orden”, mojando –como lo muestran algunos grabados de la época- la punta de sus sombrillas en la sangre todavía fresca de aquellos hombres y mujeres que, trágicamente, se convirtieron en mártires.
Louise Michel se presenta ante los jueces pidiendo para sí la muerte. Al igual que sus hermanos de clase, reivindica morir en el Campo de Satory donde, en la noche del 27 de mayo, millares fueron masacrados por las tropas de Versalles. Mantiene una actitud heroica ante el tribunal, ejemplo de firmeza y convicción revolucionaria, rechazando a los abogados designados y presentando su defensa personalmente. Ante el tribunal que la condenaba, declaró: “Pertenezco enteramente a la Revolución Social. Declaro aceptar la responsabilidad de mis actos. Hay que excluirme de la sociedad y se les dice a ustedes que lo hagan. Ya que, según parece, todo corazón que late por la libertad sólo tiene derecho a un poco de plomo, ¡exijo mi parte! Si me dejáis vivir, no cesaré de clamar venganza y de denunciar, en venganza de mis hermanos, a los asesinos de la Comisión de las Gracias”.
Finalmente fue deportada por nueve años a la colonia penitenciaria de Nueva Caledonia, donde enseñó a los nativos a pensar en la libertad, acompañándolos en su rebelión contra el yugo colonial francés. Cuando regresa a París, es penada con seis años de cárcel por encabezar una manifestación de desocupados que culminó con la rotura de ventanas de panaderías y carnicerías. En esa ocasión, llevaba una bandera negra, que más tarde fue tomada como símbolo de lucha por los anarquistas.
Reanuda su militancia: da conferencias predicando la idea de la liberación por medio de la revolución social, en contra de la pena de muerte y a favor de la huelga general. Entre 1890 y 1895, vivió en Londres donde escribió algunas de sus poesías y novelas y sus Memorias de La Comuna. En Marsella, en 1905, mientras dictaba una conferencia ante un auditorio obrero, murió la que después fue llamada “la virgen roja”. Una multitud integró el cortejo fúnebre.
Pero Louise no ha sido la única mujer que participó valientemente en las memorables jornadas de la Comuna de París. Podemos nombrar también a André Léo responsable de la publicación del periódico La Sociale; Beatriz Excoffon, Sophie Poirier y Anna Jaclard, del Comité de Mujeres para la Vigilancia; Marie-Catherine Rigissart, que comandó un batallón de mujeres; Adélaide Valentin, que llegó al puesto de coronel, y Louise Neckebecker, capitán de compañía; Nathalie Lemel, Aline Jacquier, Marcelle Tinayre, Otavine Tardif y Blanche Lefebvre, fundadoras de la Unión de Mujeres, Joséphine Courbois, conocida como la reina de las barricadas.
Como no es difícil apreciar, la unidad con las mujeres burguesas era imposible en las barricadas. Dos clases se enfrentaban abiertamente y las mujeres se alinearon según sus intereses de clase a un lado y otro de la línea de fuego. Es que en el siglo XIX, las contradicciones que aparecían en germen durante el siglo anterior, se despliegan en toda su dimensión. El proletariado hace su entrada en la historia como una clase bien diferenciada que se rebela contra la salvaje explotación del capital. Como lo demuestran estas luchas, entre las cientos de huelgas, mítines, sabotajes y revueltas del movimiento obrero del siglo XIX, la historia de este siglo es la de la desintegración de aquel frente único entre burgueses y proletarios que había luchado contra el clero y la aristocracia constituyendo los modernos estados capitalistas.
El proletariado, que había sido aliado de la burguesía contra el absolutismo feudal, se transformó abiertamente en potencial enemigo. La burguesía, acobardada por el temor que le inspira el proletariado en armas, es ya impotente para llevar a cabo su misión histórica. Ese rechazo contra las masas se transformó en ríos de sangre en la Comuna de París, y ya no hubo vuelta atrás. En este nuevo período histórico, tal como lo señalan diversas autoras, tanto en las luchas como en las nuevas formas de organización social, las mujeres trabajadoras y de los sectores populares constituyeron una vanguardia importante entre esas masas que “empujaban hacia delante” en una lucha que las enfrentaba a otras mujeres que habían sido, alguna vez, sus aliadas.
Es por la acentuación de este antagonismo de clase que el frente de lucha de las mujeres por sus derechos se fractura en dos grandes tendencias. Mientras las mujeres que pertenecían a las clases dominantes seguirán rebelándose contra la desigualdad de derechos formales con respecto a los varones de su misma clase –pero sólo en pocas ocasiones se solidarizarán con las mujeres de las clases subalternas-, las mujeres pertenecientes a la clase obrera y los sectores populares impulsarán, fundamentalmente, las luchas de su clase por obtener sus derechos y, en ese marco, reivindicarán sus derechos como mujeres.
La importante participación de las mujeres en la Comuna de París, revolucionó al movimiento obrero francés, que abandonó su impronta antifeminista proudhoniana y comenzó a tener una actitud más abierta con las mujeres políticamente activas de la clase trabajadora.
Ante cada levantamiento de la clase trabajadora, en todos los acontecimientos de la lucha de clases y en todos los lugares del mundo, cada vez que los explotados enfrentan la opresión, las mujeres ocupan un lugar de vanguardia, como lo han hecho en la Comuna. Es que, como decía el revolucionario León Trotsky, quienes más han sufrido con lo viejo son quienes pelean con más fervor por lo nuevo. O en palabras de la comunera Louise Michel: “Cuidado con las mujeres cuando se sienten asqueadas de todo lo que las rodea y se sublevan contra el viejo mundo. Ese día nacerá el nuevo mundo.”

4/5/11

A participaçao das mulheres na Comuna de Paris

Transcribo mi ponencia en la Conferencia: A participaçao das mulheres na Comuna de Paris, que tuvo lugar en el - Evento Nacional "140 anos da Comuna de Paris" - organizado por la Universidade Federal da Fronteira Sul - Campus Chapecó (Santa Catarina, Brasil)
Desde meados do século dezoito até meados do século dezenove, com a produção artesanal, expande na Europa, o modo de trabalho por peça, feito principalmente pelas mulheres em suas próprias casas, e desenvolve-se rapidamente a indústria têxtil.
Esta tendência à proletarização das mulheres tornou a "mulher trabalhadora” em uma figura problemática, que desafiava a idéia de feminidade de ideologia patriarcal dominante e representava um dilema entre o "dever ser" de sua feminidade e o trabalho assalariado.
Emergía assim, com a figura da "mulher trabalhadora", uma oposição antagônica entre a casa e a fábrica, a maternidade e a produtividade, os valores tradicionais e a modernidade imposta pelo capital.
A figura da "mulher trabalhadora" dá origem a um intenso debate entre aqueles que defendiam seu direito à inclusão na produção social, e as pessoas que rejeitaram essa participação com alegaçoes baseadas em posições tanto libertárias como também profundamente sexistas.
Marx e Engels entenderam que se opor a incorporação das mulheres na produção social, citando os males que traz para a sua existência, não é realista: o desenvolvimento industrial arrasa com todos os costumes e valores existentes, as mulheres e as crianças são incorporadas à produção, apesar dos conservadores moralistas e socialistas pequenoburgueses.
Portanto, ante à inevitável incorporação das mulheres na força de trabalho explorada pelo capital, exigiram a sua participação nas organizações de trabalho, nas fileiras proletárias para que não sejam só carne de exploração, mas também sujeitos conscientes na luta pela sua libertação.
Assim, apesar da oposição dos anarquistas, defenderam a organização da Secção Feminina da Associação Internacional dos Trabalhadores, liderada por Elizabeth Dimitrieff, que depois foi enviada como representante à Comuna de Paris, expressando a solidariedade do movimento operario.
Exatamente o contrário do anarquista Proudhon, também da Primeira Internacional, que expressou seus preconceitos mesquinhos quando ele considerou "fatal e estúpido todos os nossos sonhos sobre a emancipação das mulheres, e [recusou] qualquer tipo de direito e iniciativa políticos, [afirmando que] “para as mulheres , a liberdade e o bem-estar consiste apenas no casamento, na maternidade, no trabalho doméstico, na fidelidade ao marido, na castidade e na aposentadoria. "
Proudhon também argumentou que as mulheres tinham apenas dois destinos possíveis: dona de casa ou prostituta e, portanto, se opôs à incorporação das mulheres na produção. Quando a costureira francesa Jeanne Deroin foi indicada como candidata nas eleições de 1849, Proudhon declaurou ela inapta em razão de que os órgãos para alimentar os bebês que possuem as mulheres, não as tornava adequadas para a votação. Jeanne Deroin respondeu a ele, pedindo que lhe mostrasse o órgão masculino que o permitia votar.
Na época da Comuna, em França, as mulheres já tinham uma longa tradição de participação em lutas revolucionárias. Em 1789, durante a grande Revolução Francesa, as mulheres da burguesia haviam assumido reivindicações políticas e de direitos civis, enquanto as mulheres em bairros pobres desempenhavam um papel importante nas manifestações contra a carestia e a fome.
Foram estas primeiras revoltas contra a fome e a participação em lutas revolucionárias que permitiram, as mulheres dos setores populares, a experiência da ação social e política coletiva, quebrando o isolamento da casa.
Junto com a critica ilustrada de um setor das mulheres burguesas e instruìdas, a uma política masculina e burguesa que excluía dos direitos civis às próprias mulheres da classe dominante, serão experiências não ocorriam em vão e isso será mostrado durante o século XIX.
Anos mais tarde, durante a Primavera dos Povos em 1848, se destaca a presença de trabalhadoras, de inspiração socialista e comunista, que reivindicam a igualdade para as mulheres associada com a emancipação de classe, com o superaçao da ordem existente.
Naquele tempo, vigorava em França o Código Civil napoleónico, um dos instrumentos burgueses mais restritivos para o status social das mulheres, uma vez que despojava as mulheres de qualquer direito, submetendo-as inteiramente ao pai ou marido. Não reconhecia as uniões consensuais e os filhos nascidos de tais relações eram considerados bastardos.
As mulheres estavam privadas do direito de voto, enquanto que as trabalhadoras sofriam ainda uma maior exploração nas condições de vida miseráveis. O código estabelecia que as mulheres eram propriedade do marido e seu papel social era unicamente o de ser mãe.
Mas essa experiência na luta de classes na França foi um fundo revolucionário para as mulheres que, em 1871, vêem na Comuna a possibilidade de conquistar uma república social com igualdade de direitos.
Como é sabido, em 1870, o imperador Napoleão III tinha arrastado o país para uma guerra contra o poderoso exército da Prússia. Quando a notícia da derrota da França chegou a Paris, o imperador abdicou e uma república foi fundada, com a criação de um governo de defesa nacional, enquanto que a Prússia iniciou o cerco da capital francesa.
Milhares de parisienses formavam, então, as milícias da Guarda Nacional, onde alguns batalhões compostos principalmente pelos trabalhadores, elegiam os seus próprios funcionários. Quando em março de 1871, a Assembléia Nacional aprova uma paz humilhante, a Guarda Nacional não aceita o desarmamento.
Em 18 de marco de 1871, as mulheres foram as primeiras a dar o alarme de que as tropas do governo tentabam retirar as armas das colinas de Montmartre e desarmar Paris. Se puseram diante das tropas e impediram que as armas fossem retiradas, chamando o proletariado e a Guarda Nacional para defender a cidade.
Assim, começou 140 anos atrás, o gesto heróico do proletariado parisiense: a Comuna de Paris. A comunarda Louise Michel relata: “Eu desci do monte, com a minha espingarda sob o casaco, gritando: Traição! Nós pensávamos morrer pela liberdade. Nos sentíamos como se nossos pés não tocassem o chão. Se morressemos, Paris haveria se erguido. De repente, vi minha mãe perto de mim e eu senti uma terrível ansiedade, inquieta, tinha chegado, e todas as mulheres estavam lá. Interpondo-se entre nós e os militares, as mulheres lançaram-se sobre os canhões e metralhadoras, os soldados permaneceram imóveis. A revolução estava feita.”
A Assembleia Nacional, antes da rebelião de seu próprio exército e do povo de Paris, mudou-se para Versalhes, a fim de submeter, de lá, a capital rebelde. A rebelião do povo de Paris estabeleceu um governo revolucionário comunal, em seguida, instou a comunidade e outras cidades francesas a seguir seu exemplo e a se unir em uma federação.
Levantando uma bandeira vermelha no mastro do conselho, o primeiro governo operario e popular da história, rapidamente decretou a separação entre Igreja e Estado, e declarou de propiedade nacional todos os bens da Igreja, a revogação de todos os funcionarios do governo, a exigência de que os parlamentares não recebessem mais do que o salário de um trabalhador; a supressão do exército regular e sua substituição pelo povo em armas, cancelou os pagamentos de aluguel e proclamou a igualdade de direitos para as mulheres. A Comuna foi um brilhante exemplo de como o proletariado pode cumprir as tarefas democráticas que a burguesía só pode declamar.
Enquanto isso, o executivo acelerou o ataque contra os rebeldes sob o olhar de aprovação dos prussianos.
A resistência da gloriosa Comuna de Paris só podia se quebrar depois de semanas de combates sangrentos, que resultou em uma atroz retaliação e custou milhares de vidas, uma das mais cruéis repressões que registra a história. Morreram mais pessoas durante a última semana de maio do que em todas as batalhas da Guerra Franco-Prussiana, e mais do que em qualquer massacre anterior da história da França.
Mulheres corajosas participaram ardentemente da Comuna, empunhando as armas, resistindo contra a tropas francesas e os prussianas, até que a derrota os impôs a morte em combate, as deportações e as execuções.
As mulheres, como sempre fizeram em todas as batalhas da história, fizeram uniformes, trataram os feridos, deram suprimentos aos soldados. Milhares de mulheres costuravam os sacos para construir barricadas.
Em suma, elas também criaram cooperativas e sindicatos, clubes políticos participaram exigindo direitos iguais e criaram suas próprias organizações como o Comitê das Mulheres de Monitoramento, o Club da Revolução Social e a União das Mulheres para a Defesa do Paris, fundada por membros da Primeira Internacional, influenciada pelo pensamento de Karl Marx.
Mas também, na Comuna, pela primeira vez, cerca de três mil mulheres trabalhavam nas fábricas de armas e munições, construíram barricadas e recolheram as armas dos mortos para continuar lutando e formaram um batalhão feminino da Guarda Nacional, composto por 120 mulheres que lutarou nas barricadas de Paris durante a última semana de resistência da Comuna, quando todos morreram em combate.
Eram trabalhadoras, mulheres de bairros pobres, pequenas comerciantes, professoras, prostitutas e "suburbanas". Estas mulheres organizaram clubes revolucionários, como o Comitê de Vigilancia das Cidadãs e a União das Mulheres para a Defesa de Paris, assim como haviam feito antes das mulheres na Revolução Francesa de 1789. Mas, ao contrário das mulheres que participaram da Grande Revolução, desta vez, as que assim quiseram contaram com as armas que os proletàrios parisienses não as negaram empunhar, como as haviam impedido os revolucionários burgueses.
No início de abril, os jornais publicaram uma chamada na qual as parisienses foram solicitadas a apoiar a luta dos seus maridos e irmãos e também pegar em armas. Foi a chamada de Elizabeth Dmitrieff, representante que a Primeira Internacional enviou a Paris; ela incitou a criar comitês de mulheres em todos os distritos para formar União das Mulheres para a defesa de Paris. Esta organização reivindicou espaço para reuniões comunitárias e dinheiro para publicar panfletos.
A União das Mulheres organizou numerosas assembleias públicas, suas comissões organizavam o fornecimento de alimentos, enviavam ambulâncias e atendiam os feridos.
Quando o governo da Comuna decretou que as oficinas abandonadas deviam se se transformar em cooperativas de trabalhadores, a União das Mulheres exigiu a participação das trabalhadoras: "União de Mulheres requer a Comissão de Trabalho e Comércio do município, organizar e distribuir novamente o trabalho das mulheres em Paris, e instruir o Comitê Central o armamento militar. No entanto, como este trabalho não é suficiente para a massa de trabalhadoras, o comitê central também exige dar as Asociaçoes Produtivas a quantidade de dinheiro necessário para restaurar as fábricas e oficinas que os burgueses deixaram e que abrangem ocupações essencialmente construídas pelas mulheres ".
Entre as mulheres do Clube da Revolução brilha o nome de Louise Michel. Ela nasceu em 1830, era filha natural de uma empregada doméstica parisiense, mas foi educada e se tornou professora. Em sua formatura, ela se recusou a jurar lealdade ao Império e foi forçada a fundar uma escola gratuita para poder ensinar. De acordo com suas convicções, apelou pela educaçao profissional e a criação de orfanatos laicos, que na época era uma inovação difícil de aceitar.
Em 21 de maio, as tropas comandadas por Versalhes, invadiram Paris dando início a Semana Sangrenta. Os testemunhos da época dizem que quando a Comuna caiu, as mulheres, furiosas com o massacre, bateram nos oficiais militares e, em seguida, se atiraram contra as paredes à espera de serem fuziladas.
A proprietária de um restaurante está sendo julgada por ter roubado uma loja de estátuas para igrejas, com o propósito de construir uma barricada. "Você usou as estátuas dos santos para levantar uma barricada?", perguntou o juiz. "Sim, é verdade. Mas as estátuas eram feitas de pedra e os que morreram eram da carne ", disse a comunarda.
Desta época data a lenda das incendiárias, embora as investigações diferem em afirmar se os incêndios que ocorreram em várias partes da cidade foram causados ​​por forças contrarevolucionarias ou se foram as mulheres que resistiram até o último dia nas barricadas as que botaram fogo em Paris, foram elas que pagaram com a deportação, prisão, e sua própria vida, passando para a história como incendiárias. A República se propôs a sufocá-las.
Em Paris, as trabalhadoras e os trabalhadores resistiram ao selvagem e vergonhoso ataque do exército comandado pela burguesia francesa, com quem colaborou o inimigo da Prússia, libertando os prisioneiros de guerra para que eles pudessem se alistar e lutar contra o proletariado francês em armas.
Mulheres e homens da burguesia, que fugiram de Paris diante do poder operario que passou a ameaçar seus privilégios de classe, trabalharam como agentes e informantes do governo repressivo.
Finalmente, quando veio a derrota dos comunardos heróicos, as mulheres da burguesia voltaram para suas casas e andaram pelas ruas de Paris, com alegria pelo retorno da "ordem", molhando, como mostraram algumas gravuras da época, as pontas de seus guarda-chuvas no sangue ainda fresco daqueles homens e mulheres que, tragicamente, tornaram-se mártires.
Louise Michel apresenta-se aos juízes, pedindo-lhes a morte. Como seus irmãos de classe, reinvindica morrer no Campo de Satory, onde, na noite de 27 de maio, milhares foram massacrados pelas tropas de Versalles. Mantém uma atitude heróica ante o tribunal, um exemplo de firmeza e convicção revolucionária, rechaçando os advogados designados, e apresentando sua defesa pessoalmente.
Perante o tribunal que a condenou, disse: "Eu pertenço inteiramente à Revolução Social. Declaro aceitar a responsabilidade por minhas ações. Devo ser excluída da sociedade e os digo a vocês para fazerem isso. Uma vez que, aparentemente, todo coração que bate por liberdade tem direito a um pouco de chumbo, exijo minha parte! Se você me deixar viver, não deixei de clamar por vingança e denunciar, em vingança dos meus irmãos, os assassinos do Comité das Graças ".
Ela acabou sendo deportada por nove anos na colónia penal de Nova Caledônia, onde ensinou os nativos a pensar em liberdade, acompanhando-os em sua rebelião contra o domínio colonial francês.
Quando retorna a Paris, é punida com seis anos de prisão por liderar uma manifestação de desempregados que acabou com as janelas quebradas de padarias e açougues. Na ocasião, ela carregava uma bandeira negra, que mais tarde foi tomada como um símbolo da luta dos anarquistas.
Retomou sua militância: em suas palestras divulgando a idéia de libertação através da revolução social; contra a pena de morte e a favor da greve geral. Entre 1890 e 1895, viveu em Londres onde ela escreveu alguns de seus poemas e de romances e suas memórias da Comuna.
Em Marselha, em 1905, enquanto proferia uma conferencia diante de uma audiência operaria, morreu ela que depois foi chamada de "A Virgem Vermelha". Uma multidão se juntou ao seu cortejo fúnebre.
Mas Louise não era a única mulher que, corajosamente, participou dos dias memoráveis ​​da Comuna de Paris. Podemos também nomear André Léo responsável pela publicação do jornal La Sociale, Beatriz Excoffon, Sophie Poirier e Anna Jaclard, da Comissão das Mulheres para Vigilancia; Marie-Catherine Rigissart, que comandou um batalhão de mulheres, Adelaide Valentin, que chegou ao posto de coronel, e Louise Neckebecker, capitã de companhia, Nathalie Lemel, Aline Jacquier, Marcelle Tinayre, Otavine Tardif e Blanche Lefebvre, fundadoras da União das Mulheres, Josephine Courbois, conhecida como a rainha das barricadas.
Como não é difícil avaliar, a unidade com as mulheres burguesas era impossível nas barricadas. Duas classes se confrontavam abertamente e as mulheres se alinharam de acordo com seus interesses de classe para os dois lados da linha de fogo.
É que no século XIX, as contradições que surgiram no começo durante o século anterior, são exibidos em todas as suas dimensões. O proletariado faz a sua entrada na história como uma classe distinta que se rebela contra a exploração brutal do capital. Como e evidenciado por estas lutas, incluindo centenas de greves, passeatas, sabotagem e revoltas do movimento operário do século XIX, a história do século XX é o colapso daquele frente unica entre burgueses e proletários, que tinham lutado contra o clero e aristocracia constituemdo os estados capitalistas modernos.
O proletariado, que tinha sido aliado da burguesia contra o absolutismo feudal, tornou-se abertamente em potencial inimigo. A burguesia, intimidada pelo medo que inspira o proletariado em armas, agora é impotente para realizar sua missão histórica.
Essa rejeição contra as massas transformou-se em rios de sangue na Comuna de Paris, e não havia como voltar atrás. Neste novo período histórico, como é observado por várias autoras, tanto nas lutas e nas novas formas de organização social, as mulheres trabalhadoras e dos setores populares foram uma vanguarda importante entre as massas que "empurram para a frente "em uma luta que as enfrentava com outras mulheres que haviam sido, outrora, as suas aliadas.
É a acentuação do antagonismo de classe que a frente da luta das mulheres por seus direitos é dividida em duas grandes tendências. Enquanto as mulheres que pertenciam às classes dominantes continuam a se rebelar contra a desigualdade de direitos formais em relação aos homens da mesma classe, mas apenas raramente em solidariedade com as mulheres das classes mais baixas, as mulheres da classe trabalhadora e dos setores populares, empurram fundamentalmente, as lutas da sua classe pelo seus direitos e, neste contexto, reivindicam seus direitos como mulheres.
A significativa participação das mulheres na Comuna de Paris, revolucionou o movimento operário francês, que deixou sua marca antifeminista proudhoniana e começou a ter uma atitude mais aberta com as mulheres politicamente ativas da classe trabalhadora.
Ante cada revolta da classe trabalhadora, em todos os acontecimentos da luta de classes e em todas as partes do mundo, sempre que os explorados enfrentam a opressão, as mulheres ocupam um lugar de vanguarda, como tem fizeram na Comuna de París. É que, tal como dizia o revolucionário Leon Trotsky, quem mais sofreram com o velho são aqueles que lutam com mais fervor pelo novo. Ou, nas palavras da comunarda Louise Michel: "Cuidado com as mulheres quando se sentem enojadas de tudo o que as rodeia e se levantam contra o velho mundo. Nesse dia nascerá o novo mundo."

1/4/11

Las luchas de las mujeres: del genocidio al femicidio

El pasado 30 de marzo, estuvimos con las compañeras feministas de Las Azucenas, compartiendo un panel organizado por la Comisión de Género y DDHH del Colegio de Trabajadores Sociales de La Plata. Agradecemos la invitación a debatir, en el mes en que se conmemora el Día Internacional de la Mujer y también el aniversario del golpe de Estado en Argentina, en la mesa que las organizadoras titularon: Las luchas de las mujeres: del genocidio al femicidio. A continuación, transcribo mi ponencia en dicho panel.





La política ideológica hacia la mujer de la dictadura militar se centraba en la exacerbación de los roles estereotipados de género existentes en la sociedad capitalista patriarcal: se exaltaron sus funciones reproductivas y domésticas, como madres y esposas, relegando a las mujeres al espacio privado, pero otorgándoles supremacía en tanto garantes de la unidad familiar, como “célula básica de la sociedad”. La dictadura exacerbó el modelo dicotómico de género: virgen santa o prostituta, resignificado en la oposición del modelo mariano representado en la Virgen de Luján y otras contra el modelo de la mujer subversiva que transgredía la supuesta esencia femenina y el verdadero rol social de la mujer como madre vigilante y esposa obediente y abnegada, garante de la integridad familiar y convertida en agente promotora de los valores nacionalistas y patriarcales impuestos por el Estado.



Pero ya anteriormente, durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón se había limitado el derecho a la anticoncepción. Mientras en los países centrales se conquista el derecho al aborto como consecuencia de las movilizaciones y reclamos del movimiento de mujeres, el Ministro de Salud y Acción Social argentino, José López Rega, promulga, en 1974, el Decreto Nº 659 que dispone controlar, mediante el expendio obligatorio de receta médica, la comercialización de anticonceptivos. Además, se impidió la prestación de servicios de planificación familiar en los hospitales públicos, con la consecuencia de que sólo los sectores de la población con acceso a la medicina privada contaron con atención especializada en materia de anticoncepción, mientras las clases trabajadoras y los sectores populares quedaron prácticamente desprotegidos.



La dictadura continuó con esta prédica: en 1977, la junta militar promulga el Decreto Nº 3.938 “Objetivos y Políticas Nacionales de Población”, en el que se señala que “el bajo crecimiento demográfico y la distorsionada distribución geográfica de la población constituyen obstáculos para la realización plena de la Nación, para alcanzar el objetivo de ‘Argentina-Potencia’ para salvaguardar la Seguridad Nacional.” También se propone otorgar incentivos para la protección de la familia y eliminar las actividades que promuevan el control de la natalidad. Recién en 1987 se deroga el decreto de López Rega.



Sin embargo, tuvieron que pasar 8 años más para que la Cámara de Diputados tratara la ley de salud reproductiva que incluía la provisión de servicios gratuitos en los hospitales público y que bajo la presión de la Iglesia se aprobó con modificaciones y con el nombre de Ley de Procreación Responsable. Sin embargo, cuando pasó a la Cámara de Senadores, se dejó vencer el plazo para su tratamiento y quedó sin efecto su sanción, volviendo a foja cero. Mientras tanto, el Vaticano renovaba su cruzada contra el derecho al aborto, imponiendo el Día del Niño por Nacer, que se instituyó en Argentina bajo el gobierno de Menem y que hoy, bajo la presidencia de Cristina Kirchner sigue vigente y fue conmemorado, como cada año, el 25 de marzo, es decir, al día siguiente del aniversario del golpe de Estado.



Volviendo al modelo impuesto por la dictadura, tenemos que decir que, frente a él, las mujeres militantes –es decir, que tenían una actividad en el ámbito público, pero además con la intención de subvertir el orden social- serán consideradas como elementos transgresores altamente peligrosos, no sólo por su propia actividad militante contra el orden establecido, sino en tanto encarnaban una ruptura con los roles de género tradicionales. Esto es lo que explica por qué, el terrorismo de Estado incluyó objetivos y métodos que podríamos describir como de “disciplinamiento de género”, dando lugar a una violencia política con características específicas contra las mujeres, que incluyó la violencia sexual como uno de sus aspectos más brutales y significativos.



Cuando comenzaron las denuncias del terrorismo de Estado, la violencia sexual quedó invisibilizada en el conjunto de los métodos de tortura y vejaciones sufridas por hombres y mujeres. La abogada Myriam Bregman del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos que, con el Colectivo Justicia YA! fue querellante en el juicio contra el represor Miguel Etchecolatz, aquí en La Plata, señala que la violencia sexual implementada como parte del terrorismo de Estado, debería integrarse en la figura de genocidio. Es decir, como un elemento fundamental de un plan sistemático de exterminio, llevado a cabo por las Fuerzas Armadas y de Seguridad, con el auspicio y la colaboración del empresariado y la Iglesia, que se propuso aniquilar a la clase trabajadora y los sectores populares que constituían un obstáculo para su propósito de reestructuración económica, social, política, gremial y cultural del país.



Podemos decir, entonces, que las violaciones de mujeres prisioneras y detenidas-desaparecidas en los centros clandestinos fue una forma específica y generalizada de tortura que se constituyó en una política institucional de género de la dictadura, que acompañaba –como disciplinador- el discurso dominante que reforzaba los roles tradicionales de género propagandizados por el Estado, el sistema educativo, la Iglesia y los medios. Mientras la violación de los varones operaba como destituyente de la masculinidad del “enemigo”, transformándolo en subordinado, la violación de las mujeres simboliza la ocupación del territorio, la soberanía de los dominantes.



Este disciplinamiento que intenta “encausar” a las mujeres en los roles socialmente establecidos es el mismo que opera detrás de todas las formas de violencia de género: “Estamos viviendo un alto grado de terror. Además de fobias, padecemos tensión y angustia. La verdad es que estamos durmiendo con el enemigo: es lo peor que nos podía pasar.” Eso decía una mujer de Cipolletti después del segundo triple crimen cometido contra mujeres, en menos de cinco años, en aquella localidad. ¿Por qué una mujer que no tenía relación alguna con las mujeres víctimas del triple crimen se expresaba de esta manera? Porque en los casos de violencia contra las mujeres, las huellas de la agresión son una advertencia a las otras mujeres.



Disciplinar, silenciar, controlar es el mensaje dirigido a las otras mujeres que observan estos crímenes aterrorizadas. Mujeres que “deben aprender” la lección que el criminal deja estampada en el cuerpo de la víctima, como las mujeres campesinas de la Edad Media, que eran sometidas a presenciar la quema de brujas (esas otras mujeres que sabían curar, ayudaban en los partos y en la prevención de embarazos a los pobres, algo que la Iglesia y las clases dominantes no estaban dispuestos a permitir). Demostrar -por la fuerza brutal, el ensañamiento, la furia y el crimen- que las mujeres deben mantenerse recluidas en su hogar, protegidas por otros varones, sometidas a una vida opresiva para no sufrir el castigo que han pagado con sus vidas las que se atrevieron a desafiar el orden socialmente establecido para los sexos.



A diferencia de otros casos de violencia interpersonal, la violencia contra las mujeres es una violencia estructural porque parte de esas normas socio-culturales. Mientras otros casos de violencia tienen su origen en la marginalidad (drogas, robos, delincuencia) y actúan desestabilizando y atacando el orden establecido, la violencia estructural hacia las mujeres actúa, por el contrario, como un elemento que contribuye a mantener un determinado orden, en el que las mujeres permanecen oprimidas. Por eso nos negamos a denominarla “violencia doméstica”, ya que ese nombre invisibiliza que no se trata de una violencia “individual”, específica del ámbito privado, sino que es estructural para una sociedad que reproduce y legitima institucional y culturalmente la subordinación y opresión de las mujeres.



¿Y qué más que parecido, hoy, a un funesto femicidio perpetrado por el Estado y alentado por la Iglesia, que la muerte de más de 300 mujeres jóvenes y pobres, cada año, en Argentina, por las consecuencias del aborto clandestino? Un derecho democrático elemental, como es el de la interrupción voluntaria del embarazo, prohibido para las mujeres argentinas desde antes y durante la dictadura militar, pero que continúa vedado hasta nuestros días.



“Hemos decidido seguir apostando a la vida”... ¿Creen acaso que son las palabras del obispo Aguer o del cardenal Bergoglio? No, son las palabras con las que Cristina Kirchner presentó la extensión de la asignación universal por hijo a las mujeres embarazadas. El mismo lenguaje que la Iglesia: apostar a la vida y considerar que un embarazo es ya un hijo, dos cuestiones largamente discutidas y deconstruidas por el movimiento de mujeres y el feminismo. Pero Argentina, tiene el índice más alto de abortos del continente, que incluso aumentó a pesar del programa de salud reproductiva que brindaría acceso gratuito a la anticoncepción. Medio millón de abortos anuales, practicados en clandestinidad que llevan a la muerte, como ya dijimos, a más de 300 mujeres cada año... estimativamente, más de 2400 mujeres muertas innecesariamente bajo estos 8 años de gobierno kirchnerista, por la negativa a despenalizar y legalizar el aborto de quienes hablan en nombre de las “compañeras de género” y contaron, durante muchos años, con mayoría automática parlamentaria. Por eso, exigimos la inmediata aprobación del proyecto de ley presentado por la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto e insistimos en que el movimiento de mujeres y todas las organizaciones feministas, sociales y políticas que apoyamos este justo reclamo debemos movilizarnos hasta conseguir que la ley se apruebe sin dilaciones. A riesgo de ser estigmatizadas bajo la ridícula imputación seis-siete-ochesca de “hacerle el juego a la derecha”, no renunciamos a la exigencia de que no haya más muertas por abortos clandestinos. No renunciamos a nuestro derecho a decidir.



Tanto la lucha contra la violencia hacia las mujeres, como la lucha por el derecho al aborto, consideramos que encierran esta perspectiva que va más allá del justo reclamo por el derecho a una vida libre de violencia y por el derecho democrático elemental a decidir sobre la propia vida y el propio cuerpo. Porque incluyen un cuestionamiento a la asimetría de género establecida milenariamente por el sistema patriarcal, reapropiada, legitimada, justificada y reproducida hasta nuestros días por todos los modos de producción basados en la explotación de clase, donde las mujeres y lo femenino, están subordinadas a los hombres y lo masculino. La violencia actúa como un mecanismo coercitivo que, junto con otros mecanismos de consenso, naturaliza la norma social e invisibiliza la construcción histórica de la asignación de funciones propias e inmanentes de los géneros. Roles que son resultado, efecto, de esta naturalización de las relaciones de opresión y al mismo tiempo, un dispositivo para su perpetuación.



La dictadura militar no hizo más que exacerbar hasta límites inauditos esta ideología y política de género, con sus correspondientes mecanismos de control y coerción, transformados en violencia sexual sistemática contra las mujeres que transgredieran las normas establecidas. Pero esas normas que señalan, indican, establecen –y castigan con feroz violencia a quienes las desobedecen- qué es ser una mujer, siguen operando a través de la violencia sistémica contra las mujeres, donde incluimos también la prohibición impuesta por el Estado (con el aval de la Iglesia y sectores derechistas) de la interrupción voluntaria del embarazo.



Por eso, reducir la lucha de las mujeres por sus derechos a una búsqueda de equidad o igualdad legal, es lo verdaderamente utópico, en tanto sigan existiendo las relaciones sociales de producción basadas en la explotación y las relaciones sociales de reproducción basadas en la opresión de las mujeres. Lo realista, para quien decida luchar por la emancipación total y definitiva de todas las formas de opresión, es acabar con el modo de producción capitalista que, como dijera la revolucionaria Rosa Luxemburgo, es un un sistema de discriminación en la explotación y a lo que podría añadirse, de explotación sistemática de toda forma de discriminación. Esa es nuestra perspectiva. La de quienes no pedimos, sino que exigimos, no sólo nuestro derecho al pan, sino también a las rosas.

20/1/11

A PROPÓSITO DE LA MUJER, EL ESTADO Y LA REVOLUCIÓN, DE WENDY Z. GOLDMAN

“Si logramos que de las relaciones de amor desaparezca el ciego, exigente y absorbente sentimiento pasional; si desaparece también el sentimiento de propiedad lo mismo que el deseo egoísta de ‘unirse para siempre al ser amado’; si logramos que desaparezca la fatuidad del hombre y que la mujer no renuncie criminalmente a su ‘yo’, no cabe duda que la desaparición de todos estos sentimientos hará que se desarrollen otros elementos preciosos para el amor. Así se desarrollará y aumentará el respeto hacia la personalidad del otro, lo mismo que se perfeccionará el arte de contar con los derechos de los demás; se educará la sensibilidad recíproca y se desarrollará enormemente la tendencia de manifestar el amor no solamente con besos y abrazos, sino también con una unidad de acción y de voluntad en la creación común.” Con esas palabras, Alexandra Kollontai cerraba su Carta a la Juventud Obrera de 1921, también publicada como El amor en la sociedad comunista.
Su voz fue una de las tantas que se alzaron en los primeros años de la Revolución Rusa de 1917 para debatir sobre el amor, el matrimonio, las uniones libres, la sexualidad, la extinción de la familia, la socialización del trabajo doméstico, la educación de los niños, el derecho al divorcio y al aborto, entre tantas otras cuestiones que hacen a la vida cotidiana.
Y estos debates, sus avances y retrocesos, el desgarramiento entre una sociedad nueva por nacer y la vieja sociedad reaccionaria y opresora que se derrumbaba, se describen y analizan en La mujer, el Estado y la revolución, una exhaustiva investigación de la historiadora norteamericana Wendy Z. Goldman que, por primera vez se presenta en castellano en esta edición conjunta de la agrupación de mujeres Pan y Rosas y Ediciones del IPS.

El amor en tiempos de revolución

¿Cómo crear una legislación para un estado que se concebía, desde su inicio, destinado a perecer? El Código Civil de 1918, resultante de profundos debates y estudios de juristas, intelectuales y dirigentes bolcheviques, no tenía parangón en la legislación más avanzada de los países centrales europeos. Y, sin embargo, como señala Wendy Z. Goldman, “a pesar de las innovaciones radicales del Código, los juristas señalaron rápidamente ‘que esta legislación no es socialista, sino legislación para la era transicional’. Ya que este Código preservaba el registro matrimonial, la pensión alimenticia, el subsidio de menores y otras disposiciones relacionadas con la necesidad persistente aunque transitoria de la unidad familiar. Como marxistas, los juristas estaban en la posición extraña de crear leyes que creían que pronto se convertirían en irrelevantes.”
Garantizar la igualdad ante la ley de hombres y mujeres, pero especialmente trabajar en la transformación radical de todo aquello que obstaculizara la igualdad ante la vida, donde las mujeres permanecían esclavizadas en el embrutecedor trabajo doméstico, víctimas de opresivas costumbres ascentrales que era necesario arrancar de raíz de la cultura y la vida social soviéticas. Nada de esto podía resultar una tarea sencilla en medio de la guerra imperialista, la guerra civil, las sequías y hambrunas que asolaban al naciente estado obrero. Sin embargo –como señalamos en el prólogo a La mujer, el Estado y la revolución- “las dificultades no eran óbice para un pensamiento audaz de los dirigentes bolcheviques, que sobrevolaba por encima de los aprietos que imponía la realidad. (...). La vida privada era un objetivo de la revolución en curso, como si aquella otra consigna de que ‘lo personal es político’, levantada por las feministas de los años ’70, se encontrara anticipada en las ideas que el bolchevismo tenía sobre la emancipación de las mujeres.”
Ellos y ellas se atrevieron, no sólo a tomar el poder, sino a tomar el cielo por asalto, pensando nuevas formas de relaciones humanas, despojadas de la coerción, la represión, el despotismo y la mezquindad familiar. Imaginaron que el comunismo no era sólo una asociación de productores libres sino también una sociedad donde, como dijera el sociólogo Vol’fson, parafraseando a Engels, “la familia será enviada a un museo de antigüedades, donde yacerá junto a la rueca y el hacha de bronce, a la calesa, la máquina de vapor y el teléfono de cable.”

El amor en tiempos de reacción

¿Y no es acaso ese tesón y esa confianza en las ideas revolucionarias uno de los aspectos más valiosos de estas experiencias que subvirtieron la vida de millones de hombres y mujeres?
Fue necesaria la derrota de los levantamientos revolucionarios de los obreros de la moderna Europa; la persecución y el aislamiento en cárceles, campos de trabajo forzoso; fueron necesarios el exilio, los juicios fraguados y el fusilamiento de miles de estos revolucionarios para que –paradójicamente- en nombre del socialismo, se limitara el desarrollo de la socialización de los servicios de guarderías, lavaderos y comedores, para que se desenterrara el culto a la familia, para que se estableciera que el matrimonio civil era la única forma legal de unión frente al Estado, para se suprimiera la sección femenina del Comité Central del Partido Bolchevique, para que se volviera a penalizar la homosexualidad como en tiempos del zarismo y se criminalizara la prostitución, para que se prohibiera el aborto y se desacreditaran las ideas que se debatían ardientemente en los primeros años de la revolución.
La reacción stalinista no tenía nada en común con las mejores tradiciones del socialismo, que impregnaron de un espíritu profundamente libertario los primeros debates de los revolucionarios rusos. Más bien, el stalinismo era todo su contrario y miles de deportados, presos y asesinados lo atestiguaron con sus vidas.
Encabezamos el prólogo de esta obra de Wendy Z. Goldman con una frase de Trotsky que dice: “todo el que se inclina ante los hechos consumados es incapaz de preparar el porvenir.” La burocracia stalinista se inclinó ante los hechos consumados, pero pérfidamente, haciendo de la necesidad, virtud, llamó a esto, “socialismo”. Éste ha sido, quizás, el crimen más grotesco, siniestro y de consecuencias más graves para los explotados y oprimidos. Como señala Wendy Z. Goldman, contra la reacción emprendida por el stalinismo –que, en cuanto a la política familiar y la vida social no se fundaba en ninguna limitación económica, sino en condicionamientos exclusivamente ideológicos-, “la tragedia de la reversión en el campo de la ideología no fue sencillamente el haber destruido la posibilidad de un nuevo orden social revolucionario, aunque millones habían sufrido y muerto precisamente por este motivo. La tragedia fue que el partido siguió presentándose como el heredero genuino de la visión socialista original. (...). Y la tragedia más grande de todas es que las generaciones subsiguientes de mujeres soviéticas, desheredadas de los pensadores, las ideas y los experimentos generados por su propia Revolución, aprendieron a llamar a esto ‘socialismo’ y a llamar a esto ‘liberación’.”

El amor en tiempos de restauración

De esto ya no habla el libro de Wendy Z. Goldman. ¡Pero qué bueno es un libro cuando nos hace pensar sobre aquello que dice y nos abre algunas pistas sobre lo que no dice! ¿Estamos mejor o peor que en tiempos de la revolución rusa, hace casi un siglo atrás? Nunca antes, como en el período del neoliberalismo, los derechos de las mujeres, de las minorías, de la infancia, el respeto de las identidades y la libertad sexual se difundieron y cristalizaron en leyes, instituciones, organizaciones no gubernamentales, protocolos internacionales, etc. Pero paradójicamente, mientras hasta las instituciones financieras internacionales tienen sus “secretarías de género y desarrollo”, los planes económicos y las políticas neoliberales provocaron que los antiguos vejámenes contra las mujeres se convirtieran en ingentes negocios, como por ejemplo, la prostitución y la trata de mujeres para la explotación sexual, la pornografía, etc.
En el mundo contemporáneo, el capitalismo se solaza en modelos puritanos de reaccionarios y fundamentalistas, al tiempo que desarrolla el mayor mercado legal e ilegal jamás conocido para el goce ilimitado del individuo; discute y avanza sobre derechos de los más desprotegidos y, al mismo tiempo, dispone de todas las posibilidades para violarlos sistemáticamente. Propone nuevos modelos de relaciones personales, sin liquidar los prejuicios y las estructuras más arcaicas. Campañas contra el abuso infantil y liberación de las fronteras para el tráfico de niñas y niños de los países semicoloniales a las grandes metrópolis; derechos igualitarios y respeto a la diversidad que integran a ciertos excluidos a la norma, mientras en los márgenes, los que aun permanecerán excluidos siguen siendo víctimas de feroces represiones institucionales y privadas. Si hay mayor grado de libertad sexual para las mujeres, a su lado crece el comercio de la estética, el negocio de la prostitución masculina y el aliento del consumo infinito para la obtención de una imagen de perfección y eterna juventud. Si hay más derechos civiles para los homosexuales, a su lado se multiplican los negocios que incentivan el turismo, el ocio y la diversión gay-friendly basados precisamente en el mantenimiento del “ghetto”. Como señala Daniel Bensaïd en su libro Los irreductibles, “la defensa de la diferencia se reduce entonces a una tolerancia liberal represiva, simple reverso proteccionista de los intereses de los consumidores por asociaciones de la homogeneización del mercado.”
En ese océano de individuos sin individualidad, las relaciones interpersonales se degradan para convertirse en una gran farsa en la cual, como decía Alexandra Kollontai, no hay más que la satisfacción “del individualismo más grosero que caracteriza nuestra época”: el de los sujetos que tratan de huir de la soledad haciéndose creer, mutuamente, que lo son todo para el otro. En el ¿mejor? de los casos, un “individualismo de a dos”, como decía la dirigente bolchevique.

Y por casa, ¿cómo andamos?

¿Las revolucionarias y revolucionarios tenemos algo para decir sobre todo esto? Y además de lo que podríamos decir ¿podemos mostrar otras formas de relaciones interpersonales que, sin estar exentas de desgarrantes contradicciones, también prefiguren lo más libertario, profundo y sensible del futuro que ambicionamos liberado de toda opresión?
La mujer, el Estado y la revolución nos permite asomarnos a esa visión ambiciosa, creativa, rupturista, de vanguardia, de los líderes bolcheviques de hace un siglo atrás y pensar, un siglo después, si los revolucionarios de hoy somos capaces de crear un ámbito de reflexión y construcción de relaciones más libres, comprometidas y diversas que cuestionen la naturalización que hace la sociedad burguesa de la opresión de las mujeres, la discriminación de lesbianas y homosexuales, la marginación de quienes construyen otras formas de relaciones interpersonales que no se amoldan a la pareja heterosexual convencional.
El libro de Wendy Z. Goldman, más allá de ser una minuciosa y recomendable investigación histórica para quienes quieran adentrarse en los aspectos menos conocidos de la Revolución Rusa de 1917 y del proceso de reacción termidoriana del stalinismo, tiene el mérito de provocarnos un cuestionamiento más profundo de nuestras convicciones revolucionarias, para quienes creemos que no sólo de luchas sindicales o democráticas y programa político vivimos los revolucionarios. Los militantes, especialmente los jóvenes, pero también todas aquellas trabajadoras, trabajadores y estudiantes que despiertan a la vida política tienen el desafío de apropiarse de estas ideas libertarias que la revolución obrera despertó hace casi un siglo atrás, para atreverse a tomar el cielo por asalto.