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6/12/14
23/10/13
Ante un auditorio colmado, se presentó la nueva edición del libro "Pan y Rosas"
La presentación se realizó en el 10º aniversario de la agrupación de mujeres Pan y Rosas y comenzó con los saludos de las compañeras de Pan y Rosas de México, Brasil y el Estado Español, como también de otras mujeres feministas que enviaron sus felicitaciones.
Luego, la socióloga María Alicia Gutiérrez, profesora e investigadora de la Facultad de Ciencias Sociales destacó que el libro constituía “un importante esfuerzo intelectual, tiene la enorme virtud de poner en tensión una relación compleja como la del marxismo y el feminismo. Creo que la pregunta que se formula en la contratapa Andrea es una buena interpelación, que dice así: ‘¿Acaso el feminismo sólo puede proponernos una restringida emancipación limitada a sectores minoritarios que gozan de algunos derechos democráticos en determinados países a expensas de la extensión de brutales agravios contra la inmensa mayoría de las mujeres a escala global? ¿Qué debería plantearse el feminismo en tanto movimiento emancipador que denuncia la actualidad social política y cultural de las mujeres bajo el dominio patriarcal? ¿Qué tendría para decir el marxismo revolucionario?’” Y luego problematizó: “Mucho tienen para decir tanto el marxismo y el feminismo de los inicios del siglo XXI respecto a los problemas que nos aquejan: desigualdad, injusticia, pobreza, discriminación, exclusión. Ahora bien, ¿qué tienen de común que nos permita desarrollar una lucha conjunta?” Y finalizó su intervención señalando que “la lucha es por la emancipación total sin por ello perder de vista las propias especificidades.”
Después, dirigió unas palabras la escritora, fotógrafa y activista feminista lesbiana, Marian Pessah que dijo: “Siempre creo que en el patriarcado en el que vivimos, cada vez que sale un nuevo libro o voces de mujeres estamos revolucionando, nos metemos en las grietas del patriarcado, para gritar mas alto, para mostrar nuestras voces, porque las mujeres generalmente somos vistas a través de los ojos de los hombres.” Leyó varios párrafos del libro de Andrea D’Atri y destacó que el mismo sintetiza la confluencia de la teoría y la práctica. También destacó las críticas que el libro plantea a la institucionalización y oenegización de los movimientos sociales, durante el neoliberalismo, denunciando que la misma agencia que financió el Plan Cóndor, durante las dictaduras militares, ha provisto de mucho dinero a las organizaciones feministas. De allí señaló la importancia de que la militancia no sea “un trabajo” y no acepte financiamientos para llevar adelante sus luchas. Al finalizar, saludó la presencia de muchos compañeros en la sala diciendo que la ponía contenta saber que ellos estaban allí dispuestos a abdicar de sus privilegios y sumarse a nuestra lucha.
También estuvo presente María Luisa Peralta, activista lesbiana, que comenzó diciendo que la izquierda siempre carga con la acusación de ser sectaria, pero que “más allá de las diferencias ideológicas que podemos tener en algunos puntos, hemos compartido muchas luchas concretas, y eso es lo valioso.” Hizo hincapié en que no podemos perder la memoria sobre esta nuestra propia historia de lucha, menos aún cuando el relato oficial parece haber cancelado toda historia de lucha previa al 2003. “Nosotras sabemos que hay mucha historia antes y hay muchas cosas que suceden hoy por fuera del los espacios oficiales. Entonces esta presentación y los 10 años de Pan y Rosas son parte de eso”. Compartió con la autora la idea de que con la política estatal de la “ampliación de derechos” se intenta poner un techo que no cuestiona el orden burgués y patriarcal que aparece como inconmovible.
Por su parte, Andrea D’Atri, fundadora de la agrupación de mujeres Pan y Rosas, planteó las paradojas que dejó el neoliberalismo en la lucha de las mujeres por su emancipación: ampliación de derechos y ampliación de vejámenes y agravios. Más muertes evitables, como las que suceden por abortos clandestinos; desarrollo inusitado de las redes de trata para la esclavitud sexual; precarización de la fuerza de trabajo femenina se combinan, compleja y contradictoriamente con algunos derechos democráticos elementales. Finalmente, destacó que Pan y Rosas surgió en Argentina en una década que el gobierno insiste en presentar como “ganada”, pero que ha sido de mayores oprobios para las mujeres: casi 3 mil muertas por abortos clandestinos, más de 600 desaparecidas por las redes de trata, 45% de las trabajadoras en situación de precarización. También señaló que Pan y Rosas no sólo participa de la lucha en las calles, sino que también destaca la importancia de la lucha de ideas –y por eso la elaboración del libro como también de seminarios, talleres y otras publicaciones- y la lucha en el terreno político.
La presentación del libro terminó con la proyección de un video realizado por TV PTS sobre los diez años de la agrupación, que arrancó los aplausos de todo el auditorio.
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10/10/13
Diez años de Pan y Rosas
Hace diez años, un grupo de estudiantes universitarias, jóvenes feministas y militantes del PTS nos preparábamos para ir juntas al Encuentro Nacional de Mujeres, en Rosario. Nos distinguían una bandera enorme, de color violeta, con la leyenda “Por el derecho al aborto libre y gratuito”. Después de dieciocho años de Encuentros, esa bandera hizo posible que, por primera vez, la demanda más sentida por las mujeres saliera en la tapa de un diario nacional. Al regreso, las que compartimos esta experiencia, fundamos la agrupación Pan y Rosas.
Diez años después, Pan y Rosas reúne a miles de mujeres trabajadoras, estudiantes y amas de casa en todo el país. Pero también a las compañeras de Pan y Rosas “Teresa Flores”, de Chile, Pan y Rosas de México, Pão e Rosas de Brasil y la más nueva Pan y Rosas del Estado español.
El libro Pan y Rosas. Pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo no es más que la síntesis de esa reflexión y esa práctica militante colectiva de la que soy parte. Por eso, esta nueva edición, corregida y aumentada, no podría haberse publicado sin la colaboración de compañeras de militancia de la agrupación de mujeres Pan y Rosas y del PTS, como también de otras mujeres de distintas latitudes que, en la última década asistieron a las numerosas conferencias, talleres y seminarios con los que recorrimos diversas ciudades de Argentina, Chile, Brasil, México, Venezuela, Perú, Costa Rica, El Salvador, Honduras, Estado Español y Tailandia. Centenares de mujeres en distintas partes del mundo que, sugiriendo, preguntando y criticando, han enriquecido nuestras propias elaboraciones.
Los seminarios sobre Feminismo y Socialismo que estuvimos haciendo recientemente son también una síntesis de este aprendizaje, incluido en esta nueva edición del libro.
Invitamos a todas nuestras lectoras y lectores a la charla de presentación de este volumen de Ediciones IPS, en la que participarán la socióloga María Alicia Gutiérrez, la activista y artista lesbofeminista Marian Pessah y la activista LGTB María Luisa Peralta. Allí no sólo abordaremos los debates planteados en esta publicación; también celebraremos con todas y todos ustedes estos diez años en los que, con una perspectiva anticapitalista, socialista y revolucionaria, pusimos en pie una agrupación de lucha por la emancipación femenina.
Diez años después, Pan y Rosas reúne a miles de mujeres trabajadoras, estudiantes y amas de casa en todo el país. Pero también a las compañeras de Pan y Rosas “Teresa Flores”, de Chile, Pan y Rosas de México, Pão e Rosas de Brasil y la más nueva Pan y Rosas del Estado español.
El libro Pan y Rosas. Pertenencia de género y antagonismo de clase en el capitalismo no es más que la síntesis de esa reflexión y esa práctica militante colectiva de la que soy parte. Por eso, esta nueva edición, corregida y aumentada, no podría haberse publicado sin la colaboración de compañeras de militancia de la agrupación de mujeres Pan y Rosas y del PTS, como también de otras mujeres de distintas latitudes que, en la última década asistieron a las numerosas conferencias, talleres y seminarios con los que recorrimos diversas ciudades de Argentina, Chile, Brasil, México, Venezuela, Perú, Costa Rica, El Salvador, Honduras, Estado Español y Tailandia. Centenares de mujeres en distintas partes del mundo que, sugiriendo, preguntando y criticando, han enriquecido nuestras propias elaboraciones.
Los seminarios sobre Feminismo y Socialismo que estuvimos haciendo recientemente son también una síntesis de este aprendizaje, incluido en esta nueva edición del libro.
Invitamos a todas nuestras lectoras y lectores a la charla de presentación de este volumen de Ediciones IPS, en la que participarán la socióloga María Alicia Gutiérrez, la activista y artista lesbofeminista Marian Pessah y la activista LGTB María Luisa Peralta. Allí no sólo abordaremos los debates planteados en esta publicación; también celebraremos con todas y todos ustedes estos diez años en los que, con una perspectiva anticapitalista, socialista y revolucionaria, pusimos en pie una agrupación de lucha por la emancipación femenina.
7/11/11
Debates sobre la criminalización / despenalización del aborto
Intervención en la mesa sobre despenalización del aborto, durante el Congreso Nacional de Trabajo Social (Tandil). (*)Durante la última década, el feminismo estableció una compleja red de alianzas con instituciones estatales y académicas, organizaciones no gubernamentales, partidos políticos y otros movimientos sociales que lo reconfiguraron como un movimiento diverso en el reclamo de derechos civiles, pero también en la disputa cultural de sentidos.
Después de su irrupción, durante la década del setenta, centrado en un discurso antipatriarcal fuertemente cuestionador del orden establecido –en diálogo y controversia con los movimientos anticapitalistas y la izquierda política-, el feminismo reemergió a mediados de los ochenta, vinculado a la agenda de los derechos humanos.
A diferencia del movimiento europeo o norteamericano, en la mayoría de los países de América Latina, el feminismo sufrió el corte histórico y generacional propiciado por el enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución de América Central y las dictaduras militares genocidas del Cono Sur.
Estas experiencias históricas tiñeron la práctica feminista de los años posteriores, vinculada a los procesos de democratización y pacificación, reconvirtiendo su espíritu contestatario en esfuerzo de institucionalización. Las demandas propias de la agenda feminista se trasvasaron en el nuevo lenguaje continental de los derechos humanos, al tiempo que la nueva situación política permitió, a partir de 1981, los Encuentros Feministas de Latinoamérica y el Caribe.
Para los años noventa, la otrora delgada separación entre centros de trabajo y estudio, por un lado, y movimiento militante, por otro, se profundizó y dio lugar a la polarización entre las especialistas, que conformaron lo que dio en llamarse una tecnocracia de género y las activistas, fracción minoritaria que tomó la bandera de la autonomía como diferenciación específica al interior del movimiento.
Al mismo tiempo, la internacionalización del movimiento se profundizaba bajo los cánones impuestos por el sistema onusino de conferencias mundiales que, lentamente, fue reconfigurando el carácter de las ONG, convirtiéndolas en organizaciones profesionalizadas y despolitizadas, exigidas de atender las necesidades de mujeres de sectores populares, como mediadoras entre agencias de financiamiento, gobiernos y “beneficiarias”, en competencia con sus pares, lo que fragmentó aun más al movimiento.
Mientras los estados privatizaban los servicios públicos y los recursos nacionales, las ONG se iban transformando en “pequeñas empresas” cuyo capital radicaba en la experticia de sus planteles profesionales, para la atención de aquellas necesidades que el estado desatendía. El feminismo autónomo englobó a pequeños colectivos anarcofeministas, autonomistas propiamente dichas, socialistas, etc. que, en medio de la marea neoliberal, asumieron el riesgo de mantenerse al margen de la tendencia mayoritaria, al costo de construirse de un modo autorreferencial, centrado en la crítica cultural y, en cierto sentido, también vaciando el carácter político de las reivindicaciones en un ensimismamiento sectario.
Pero en la última década, signada en sus albores por la crisis del modelo neoliberal y las movilizaciones de masas en diversos puntos del continente, el feminismo se plantó en la escena latinoamericana con una joven generación que aportó nuevas fuerzas y también nuevas formas de activismo.
Los levantamientos en Ecuador y Bolivia, las jornadas de diciembre de 2001 en Argentina, la movilización popular que derrocó el intento de golpe de Estado en Venezuela en 2002, las movilizaciones en México de 2006 –como el plantón de un millón de personas contra el fraude político en el centro del Distrito Federal o la gesta de la Comuna de Oaxaca-, pusieron a las masas en el centro de una nueva escena política donde las mujeres tuvieron un papel destacado. Ese protagonismo de mujeres trabajadoras, desocupadas, de pueblos originarios, propició la reactivación de una cierta militancia feminista que recobró viejas banderas y las reactualizó, asumiéndolas junto a nuevas inquietudes y reclamos.
Tres aspectos nos resultan significativos de la experiencia feminista de la última década: a) la “repolitización” de esta nueva militancia feminista que surge al calor de la crisis que, primeramente en Argentina, signó los albores de la nueva década; b) las nuevas experiencias de solidaridad feminista internacional, originada en esfuerzos independientes de los encuentros o conferencias internacionales institucionalizados, que surgieron ante el golpe de Estado en Honduras (2009) y el terremoto en Haití (2010) y c) la persistencia de la lucha por el derecho al aborto en la agenda de las feministas de todo el continente y su relación controvertida con los nuevos gobiernos postneoliberales.
El reclamo por la despenalización del aborto es, quizás, el más persistente y extendido de la agenda feminista latinoamericana de la última década, ya que en la mayoría de los países de nuestro continente el aborto sigue siendo una práctica clandestina. La causa fundamental por la que esta demanda se sostiene a través de los años radica en que la práctica de abortos clandestinos sigue ocupando los primeros lugares entre las causas de mortalidad materna en el continente.
Sin embargo, a pesar de que la legalización del aborto es respaldada por diversos instrumentos legales internacionales sobre derechos humanos, derechos sexuales y reproductivos, tanto los gobiernos de distintos signos políticos, como la Iglesia Católica y otras instituciones siguen resistiendo al reclamo de millones de mujeres latinoamericanas. Lo distintivo de la última década fue que, con la eclosión del modelo neoliberal de los años noventa, el movimiento feminista no sólo profundizó la movilización y la lucha por este reclamo, conquistando fuertes simpatías y adhesiones, sino que prontamente depositó expectativas en los nuevos gobiernos postneoliberales, en la búsqueda de un consenso para avanzar en una agenda común, reduciendo la propia capacidad de movilización alcanzada en aras de privilegiar el cabildeo y las negociaciones “por arriba”.
Sin embargo, a pesar de las esperanzas depositadas en los nuevos regímenes y gobiernos, los cambios han sido mínimos, cuando no ha habido marcados retrocesos.
En gran parte del continente, las feministas de distintas tendencias y orígenes de lo más diversos han establecido coaliciones amplias, limando asperezas y sobreponiéndose a las diferencias políticas, para pelear por el derecho al aborto. En ocasiones, estas alianzas surgieron en el esfuerzo por diseñar estrategias que permitieran avanzar en la legalización del aborto; otras veces, fueron la resultante de verse obligadas a actuar defensivamente, frente a la avanzada de sectores reaccionarios y fundamentalistas que empujaron a establecer estas coaliciones de resistencia. En todos los casos, la última década estuvo signada por una visibilización nunca antes alcanzada de este derecho que aún le es negado a millones de mujeres latinoamericanas, gracias a la persistencia del movimiento feminista de la región.
¿Cuáles fueron los logros? ¿Cuáles son las perspectivas? Todavía es un debate abierto, pero algunos ejemplos de lo que sucedió –en esta última década- en algunos países del continente evidencia que el derecho al aborto es aún un tema de profundos debates en el que la Iglesia Católica –con fuerte raigambre en la región- y otros sectores fundamentalistas y conservadores no están dispuestos a ceder fácilmente, presionando a gobiernos y persiguiendo judicialmente a las mujeres afectadas y las feministas.
En El Salvador, después de muchos años de gobiernos del derechista ARENA, que había prohibido el aborto en 1998 –cuando derogó el artículo del Código Penal de 1973 que permitía el aborto terapéutico-, las mujeres esperaron un cambio con la llegada al poder del opositor FMLN. Sin embargo, estos cambios no se produjeron: la situación legal del aborto no fue modificada.
Recientemente, ante la iniciativa de la directora del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU) de revisar la legislación sobre aborto, el presidente Funes salió al cruce de las versiones periodísticas, aclarando que no había orden procedente del poder ejecutivo. “Yo no he dado ninguna orden, ni he dado ninguna instrucción, para que se proceda a revisar la legislación, en materia de aborto”, manifestó Mauricio Funes, al tiempo que desautorizó a la directora del ISDEMU por la firma de declaraciones en tal sentido, realizadas en el marco de una reunión internacional.
En Nicaragua, durante la campaña electoral por el que sería su segundo mandato después de tres derrotas electorales, Daniel Ortega, del FSLN, pactó con la derecha encabezada por el obispo Obando –vinculado a los sectores más reaccionarios de la sociedad nicaragüense- el apoyo de la Iglesia Católica a su candidatura a cambio de que su partido votara la penalización del aborto terapéutico, un derecho que existía en el país desde 1891. Y así se aprobó en el parlamento, en 2006, con la unanimidad conseguida por los votos del FSLN y la derecha, antes de las elecciones presidenciales en las que triunfó Ortega.
Durante la campaña electoral, el FSLN fue el único partido que publicó un comunicado sobre el tema, titulado “Sí a la vida, no al aborto” y, además, participó de una movilización contra el derecho al aborto convocada por la Iglesia Católica, apoyada por el entonces gobierno conservador de Bolaños. Una vez en la presidencia, Daniel Ortega se pronunció contra los movimientos feministas y quienes luchan por el derecho al aborto en su país, llegando incluso a la persecución y la amenaza con perder la personería jurídica a las ONG que defienden este derecho. Nueve mujeres reconocidas del movimiento feminista fueron acusadas de “apología del delito” ante la justicia nicaragüense por haber colaborado en la interrupción del embarazo de una niña abusada, en tiempos en que el aborto terapéutico era legal. Estas medidas provocaron la solidaridad y la movilización inmediata de las feministas en distintos países. Desde Honduras hasta Paraguay, cada visita oficial de Daniel Ortega fue respondida por agrupaciones feministas locales que rechazaron su presencia.
En Chile, el aborto es ilegal en todos los casos, desde que la dictadura de Pinochet derogó el aborto terapéutico y esto no ha sido modificado bajo el gobierno de Michelle Bachelet, la primera mujer en llegar al más alto cargo del poder ejecutivo.
En Uruguay, las activistas feministas se encontraron con una sorpresa dada por el primer presidente del Frente Amplio, que había asumido en un clima de gran alegría y expectativa. El parlamento uruguayo había aprobado, en 2008, un proyecto de Ley de Salud Sexual y Reproductiva que incluía la despenalización del aborto siempre que la mujer lo realizara antes de las doce semanas de gestación y, más allá de este plazo, también se permitía cuando el embarazo implicara riesgo de vida o de salud de la mujer o cuando se previera la malformación fetal incompatible con la vida extrauterina.
Esta medida, que había sido presentada ante las feministas del Cono Sur como un ejemplo a seguir, en la lucha por el derecho al aborto, pronto quedó sin efecto. Porque, para que se transformara en ley, definitivamente, necesitaba ser aprobada por el presidente, el médico Tabaré Vázquez, quien la vetó con el aval de la ministra de Salud, mientras la Iglesia Católica amenazaba con excomulgar a todos los funcionarios que la apoyaran.
En Brasil, las contradicciones entre las expectativas generadas por el gobierno del PT y su compromiso real con el derecho al aborto han sido similares.
Después de la visita oficial del Papa Ratzinger, en 2007, el gobierno de Lula Da Silva apoyó oficialmente una campaña coordinada por la Conferencia Episcopal que tenía como lema la defensa del derecho a la vida desde la concepción y finalmente, en 2008, firmó el acuerdo Brasil – Vaticano, que consolida la enseñanza religiosa en las escuelas públicas y fortalece las posiciones religiosas en contra del derecho al aborto, entre otras cuestiones.
En el contexto de las elecciones presidenciales de 2010, ante la presión de sectores fundamentalistas y derechistas, la candidata del PT y actual presidenta, Dilma Rousseff, se vio obligada a pronunciarse explícitamente en contra del derecho al aborto para no perder el voto de vastos sectores cristianos. En medio de la campaña, la candidata en la que se afirmaban las expectativas de las feministas brasileñas, prometió mantener la legislación sobre aborto y no innovar en otros aspectos que modificaran la legislación sobre la familia.
México ha sido, quizás, la única excepción durante este período. Después de muchos años de lucha del movimiento feminista, a principios de 2007, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal de México aprobó la reforma de las cláusulas del Código Penal que penalizaban el aborto. Esta reforma, propiciada por el partido de centroizquierda que gobierna el distrito (PRD), permite abortar hasta las doce semanas de gestación, ampliando la legislación preexistente que sólo autorizaba la interrupción del embarazo en caso de violación, de que hubiera malformaciones graves del feto o si la vida de la mujer corría peligro. A la propuesta del PRD se plegaron otros partidos, con la sola oposición del conservador PAN, el partido del presidente.
Sin embargo, esta batalla legislativa no se ganó sencillamente. La innovación legislativa fue recusada inmediatamente por sectores fundamentalistas y religiosos y fue, finalmente, la Corte Suprema de Justicia la que dictaminó su constitucionalidad.
Además, una vez aprobada la reforma y como reacción a esta decisión adoptada por el Distrito Federal, en numerosos estados mexicanos se endureció la legislación con respecto al aborto, con reformas promovidas por la Iglesia Católica en connivencia con el PAN y organizaciones antiabortistas. Esto llevó a que en algunas legislaciones se contemple, actualmente, al óvulo fertilizado como una persona legal, aumentando la criminalización de las mujeres.
En Argentina, en setiembre de 2003 se conmemoró el Día de Lucha por la Despenalización del Aborto con una movilización en la que participaron miles de mujeres. Pero ya empezaban a surgir diferencias políticas entre las activistas que impulsaban la lucha por el derecho al aborto: mientras un sector mayoritario proponía presionar al recientemente asumido gobierno de Néstor Kirchner, generando expectativas en un cambio promovido “desde arriba”, otro sector insistía en mantener la movilización independiente por la base. El entonces ministro de Salud adoptó un discurso progresivo con respecto a la despenalización que aumentó las expectativas del activismo, mientras la entonces senadora Cristina Kirchner prometía al Vaticano no innovar en esta materia.
Al año siguiente, se realizaba el Iº Encuentro Nacional sobre Estrategias por el Derecho al Aborto, que proponía conformar una coordinadora nacional, elaborar un proyecto de ley y propiciar la formación de un bloque de legisladoras por el derecho al aborto. Esta iniciativa culminó, un año más tarde, en el lanzamiento de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto, que nucleó a diversos sectores, organizaciones de mujeres, feministas y activistas de distintos espacios. Esta campaña comenzó con un petitorio que reclamaba el derecho al aborto legal, seguro y gratuito y que consiguió la adhesión de miles de personas en todo el país. Este petitorio fue entregado al Congreso, un año más tarde, en una manifestación que reunió a más de cuatro mil mujeres en Buenos Aires. Para entonces, un bloque encabezado por la consigna “Bajo el gobierno de Kirchner las mujeres seguimos muriendo por aborto clandestino” reunió a las feministas autonomistas, diversas agrupaciones de feministas lesbianas, autonomistas y agrupaciones vinculadas a la izquierda partidaria que confrontaban con la dirección y el rumbo que había tomado la campaña.
Al año siguiente, la coalición que integra la campaña empieza a perder su capacidad de movilización. Lentamente, en los años posteriores, ganó reconocimiento público a través del lobby parlamentario y la prensa, pero las acciones y movilizaciones convocadas por la campaña quedaron reducidas a grupos minúsculos.
El gobierno de Cristina Kirchner, que sucedió al de su esposo, encierra la paradoja de que, más que nunca antes, el proyecto de ley presentado por la campaña en el Congreso de la Nación, ha recibido el apoyo de diputados y diputadas de casi todos los bloques para su futuro tratamiento, mientras la presidenta insiste en su negativa a que esta discusión prospere, lo que ha sido visto con agrado por la jerarquía eclesiástica.
El martes pasado, en la Comisión de Legislación Penal de la cámara de Diputados se inició el debate parlamentario sobre el derecho al aborto. Con la participación de 12 sobre 31 integrantes de la Comisión de Legislación Penal, se obtuvo dictamen favorable con exiguos 7 votos a favor, 1 en contra y 4 abstenciones. El dictamen, sin embargo, fue cuestionado al día siguiente por diputados que pedirán su impugnación por no cumplir con los requisitos que establece el reglamento. Pero si quedara en firme, el proyecto aún debe ser aprobado por mayoría en las comisiones de Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia, presidida actualmente por la duhaldista Claudia Rucci y la de Acción Social y Salud Pública, antes de ser girado a la cámara de Diputados en primera instancia –donde también debe ser aprobado por la mayoría- y luego, en segundo lugar, al Senado, con el mismo requerimiento. También habría que aclarar que, si en las cortas semanas que quedan hasta la asunción de los diputados recientemente electos, el proyecto no es girado a las otras comisiones, caducará la aprobación que obtuvo en Legislación Penal y deberá presentarse nuevamente, con el mismo procedimiento.
Como lo señaló el diario kirchnerista Tiempo Argentino, “El Frente para la Victoria brilló por su ausencia”. Sólo la ex – frepasista Diana Conti se acercó a dar su voto. Y fue clara cuando admitió que “el aborto es un debate que no está en la agenda de Poder Ejecutivo”. Cristina Kirchner había ordenado que no se diera quórum, ni se participara del debate. Afuera no se vio ni un solo banderín de La Cámpora, el Movimiento Evita ni otros sectores kirchneristas. Fue apenas una muestra de cómo actuará el kirchnerismo con quórum propio a partir del 10 de diciembre.
Como lo dijimos desde el primer día, luchamos por la aprobación inmediata y sin modificaciones del proyecto presentado por la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto. No podemos conformarnos con ser siempre las mismas compañeras las que nos vemos en las movilizaciones y en los Encuentros Nacionales de Mujeres. Tenemos que aprovechar el creciente apoyo social que tiene la legalización del aborto para preparar una gran Marcha Nacional, organizada con los centros de estudiantes, las comisiones internas combativas y los sindicatos –especialmente aquellos donde las mujeres son la mayoría, como docentes, salud, alimentación-, las organizaciones sociales y políticas que firmaron el proyecto y todas las agrupaciones del movimiento de mujeres.
El único camino para conquistar el derecho al aborto libre, seguro y gratuito, como todos nuestros derechos, es el de la organización y la movilización de un poderoso movimiento de mujeres trabajadoras, estudiantes y amas de casa, independiente del Estado y sus instituciones, que despliegue su voluntad de lucha en los lugares de trabajo, estudio y en las calles, empezando por conquistar la aprobación del aborto legal.
Nuestra visión del feminismo latinoamericano de la última década no es aséptica. Fuimos parte de esta experiencia, de manera activa. Desde ese compromiso entendemos también la necesidad de ahondar en la reflexión sobre nuestras prácticas y nuestras perspectivas, con el propósito de no recaer en las estrategias que han conducido al feminismo a los callejones sin salida de la cooptación o la marginalidad. Contamos con esta última década de nuevas y fructíferas experiencias que han dejado lecciones, aportando creativamente nuevas formas de activismo, nuevas alianzas, nuevos horizontes.
La independencia del poder del Estado, pero no para recluirse ensimismadamente en la creación de una contracultura, sino para enfrentar, exigir y conquistar nuestros derechos sin compromisos; la solidaridad internacional y la construcción de movimientos amplios que incluyan a las mujeres trabajadoras y de los sectores populares como protagonistas y sujetos políticos de sus propias reivindicaciones y no como meras beneficiarias de las políticas diseñadas por las expertas son algunas conclusiones de la última década transcurrida, donde el feminismo –como movimiento de lucha- volvió a despertar de un largo letargo.
Después de su irrupción, durante la década del setenta, centrado en un discurso antipatriarcal fuertemente cuestionador del orden establecido –en diálogo y controversia con los movimientos anticapitalistas y la izquierda política-, el feminismo reemergió a mediados de los ochenta, vinculado a la agenda de los derechos humanos.
A diferencia del movimiento europeo o norteamericano, en la mayoría de los países de América Latina, el feminismo sufrió el corte histórico y generacional propiciado por el enfrentamiento entre revolución y contrarrevolución de América Central y las dictaduras militares genocidas del Cono Sur.
Estas experiencias históricas tiñeron la práctica feminista de los años posteriores, vinculada a los procesos de democratización y pacificación, reconvirtiendo su espíritu contestatario en esfuerzo de institucionalización. Las demandas propias de la agenda feminista se trasvasaron en el nuevo lenguaje continental de los derechos humanos, al tiempo que la nueva situación política permitió, a partir de 1981, los Encuentros Feministas de Latinoamérica y el Caribe.
Para los años noventa, la otrora delgada separación entre centros de trabajo y estudio, por un lado, y movimiento militante, por otro, se profundizó y dio lugar a la polarización entre las especialistas, que conformaron lo que dio en llamarse una tecnocracia de género y las activistas, fracción minoritaria que tomó la bandera de la autonomía como diferenciación específica al interior del movimiento.
Al mismo tiempo, la internacionalización del movimiento se profundizaba bajo los cánones impuestos por el sistema onusino de conferencias mundiales que, lentamente, fue reconfigurando el carácter de las ONG, convirtiéndolas en organizaciones profesionalizadas y despolitizadas, exigidas de atender las necesidades de mujeres de sectores populares, como mediadoras entre agencias de financiamiento, gobiernos y “beneficiarias”, en competencia con sus pares, lo que fragmentó aun más al movimiento.
Mientras los estados privatizaban los servicios públicos y los recursos nacionales, las ONG se iban transformando en “pequeñas empresas” cuyo capital radicaba en la experticia de sus planteles profesionales, para la atención de aquellas necesidades que el estado desatendía. El feminismo autónomo englobó a pequeños colectivos anarcofeministas, autonomistas propiamente dichas, socialistas, etc. que, en medio de la marea neoliberal, asumieron el riesgo de mantenerse al margen de la tendencia mayoritaria, al costo de construirse de un modo autorreferencial, centrado en la crítica cultural y, en cierto sentido, también vaciando el carácter político de las reivindicaciones en un ensimismamiento sectario.
Pero en la última década, signada en sus albores por la crisis del modelo neoliberal y las movilizaciones de masas en diversos puntos del continente, el feminismo se plantó en la escena latinoamericana con una joven generación que aportó nuevas fuerzas y también nuevas formas de activismo.
Los levantamientos en Ecuador y Bolivia, las jornadas de diciembre de 2001 en Argentina, la movilización popular que derrocó el intento de golpe de Estado en Venezuela en 2002, las movilizaciones en México de 2006 –como el plantón de un millón de personas contra el fraude político en el centro del Distrito Federal o la gesta de la Comuna de Oaxaca-, pusieron a las masas en el centro de una nueva escena política donde las mujeres tuvieron un papel destacado. Ese protagonismo de mujeres trabajadoras, desocupadas, de pueblos originarios, propició la reactivación de una cierta militancia feminista que recobró viejas banderas y las reactualizó, asumiéndolas junto a nuevas inquietudes y reclamos.
Tres aspectos nos resultan significativos de la experiencia feminista de la última década: a) la “repolitización” de esta nueva militancia feminista que surge al calor de la crisis que, primeramente en Argentina, signó los albores de la nueva década; b) las nuevas experiencias de solidaridad feminista internacional, originada en esfuerzos independientes de los encuentros o conferencias internacionales institucionalizados, que surgieron ante el golpe de Estado en Honduras (2009) y el terremoto en Haití (2010) y c) la persistencia de la lucha por el derecho al aborto en la agenda de las feministas de todo el continente y su relación controvertida con los nuevos gobiernos postneoliberales.
El reclamo por la despenalización del aborto es, quizás, el más persistente y extendido de la agenda feminista latinoamericana de la última década, ya que en la mayoría de los países de nuestro continente el aborto sigue siendo una práctica clandestina. La causa fundamental por la que esta demanda se sostiene a través de los años radica en que la práctica de abortos clandestinos sigue ocupando los primeros lugares entre las causas de mortalidad materna en el continente.
Sin embargo, a pesar de que la legalización del aborto es respaldada por diversos instrumentos legales internacionales sobre derechos humanos, derechos sexuales y reproductivos, tanto los gobiernos de distintos signos políticos, como la Iglesia Católica y otras instituciones siguen resistiendo al reclamo de millones de mujeres latinoamericanas. Lo distintivo de la última década fue que, con la eclosión del modelo neoliberal de los años noventa, el movimiento feminista no sólo profundizó la movilización y la lucha por este reclamo, conquistando fuertes simpatías y adhesiones, sino que prontamente depositó expectativas en los nuevos gobiernos postneoliberales, en la búsqueda de un consenso para avanzar en una agenda común, reduciendo la propia capacidad de movilización alcanzada en aras de privilegiar el cabildeo y las negociaciones “por arriba”.
Sin embargo, a pesar de las esperanzas depositadas en los nuevos regímenes y gobiernos, los cambios han sido mínimos, cuando no ha habido marcados retrocesos.
En gran parte del continente, las feministas de distintas tendencias y orígenes de lo más diversos han establecido coaliciones amplias, limando asperezas y sobreponiéndose a las diferencias políticas, para pelear por el derecho al aborto. En ocasiones, estas alianzas surgieron en el esfuerzo por diseñar estrategias que permitieran avanzar en la legalización del aborto; otras veces, fueron la resultante de verse obligadas a actuar defensivamente, frente a la avanzada de sectores reaccionarios y fundamentalistas que empujaron a establecer estas coaliciones de resistencia. En todos los casos, la última década estuvo signada por una visibilización nunca antes alcanzada de este derecho que aún le es negado a millones de mujeres latinoamericanas, gracias a la persistencia del movimiento feminista de la región.
¿Cuáles fueron los logros? ¿Cuáles son las perspectivas? Todavía es un debate abierto, pero algunos ejemplos de lo que sucedió –en esta última década- en algunos países del continente evidencia que el derecho al aborto es aún un tema de profundos debates en el que la Iglesia Católica –con fuerte raigambre en la región- y otros sectores fundamentalistas y conservadores no están dispuestos a ceder fácilmente, presionando a gobiernos y persiguiendo judicialmente a las mujeres afectadas y las feministas.
En El Salvador, después de muchos años de gobiernos del derechista ARENA, que había prohibido el aborto en 1998 –cuando derogó el artículo del Código Penal de 1973 que permitía el aborto terapéutico-, las mujeres esperaron un cambio con la llegada al poder del opositor FMLN. Sin embargo, estos cambios no se produjeron: la situación legal del aborto no fue modificada.
Recientemente, ante la iniciativa de la directora del Instituto Salvadoreño para el Desarrollo de la Mujer (ISDEMU) de revisar la legislación sobre aborto, el presidente Funes salió al cruce de las versiones periodísticas, aclarando que no había orden procedente del poder ejecutivo. “Yo no he dado ninguna orden, ni he dado ninguna instrucción, para que se proceda a revisar la legislación, en materia de aborto”, manifestó Mauricio Funes, al tiempo que desautorizó a la directora del ISDEMU por la firma de declaraciones en tal sentido, realizadas en el marco de una reunión internacional.
En Nicaragua, durante la campaña electoral por el que sería su segundo mandato después de tres derrotas electorales, Daniel Ortega, del FSLN, pactó con la derecha encabezada por el obispo Obando –vinculado a los sectores más reaccionarios de la sociedad nicaragüense- el apoyo de la Iglesia Católica a su candidatura a cambio de que su partido votara la penalización del aborto terapéutico, un derecho que existía en el país desde 1891. Y así se aprobó en el parlamento, en 2006, con la unanimidad conseguida por los votos del FSLN y la derecha, antes de las elecciones presidenciales en las que triunfó Ortega.
Durante la campaña electoral, el FSLN fue el único partido que publicó un comunicado sobre el tema, titulado “Sí a la vida, no al aborto” y, además, participó de una movilización contra el derecho al aborto convocada por la Iglesia Católica, apoyada por el entonces gobierno conservador de Bolaños. Una vez en la presidencia, Daniel Ortega se pronunció contra los movimientos feministas y quienes luchan por el derecho al aborto en su país, llegando incluso a la persecución y la amenaza con perder la personería jurídica a las ONG que defienden este derecho. Nueve mujeres reconocidas del movimiento feminista fueron acusadas de “apología del delito” ante la justicia nicaragüense por haber colaborado en la interrupción del embarazo de una niña abusada, en tiempos en que el aborto terapéutico era legal. Estas medidas provocaron la solidaridad y la movilización inmediata de las feministas en distintos países. Desde Honduras hasta Paraguay, cada visita oficial de Daniel Ortega fue respondida por agrupaciones feministas locales que rechazaron su presencia.
En Chile, el aborto es ilegal en todos los casos, desde que la dictadura de Pinochet derogó el aborto terapéutico y esto no ha sido modificado bajo el gobierno de Michelle Bachelet, la primera mujer en llegar al más alto cargo del poder ejecutivo.
En Uruguay, las activistas feministas se encontraron con una sorpresa dada por el primer presidente del Frente Amplio, que había asumido en un clima de gran alegría y expectativa. El parlamento uruguayo había aprobado, en 2008, un proyecto de Ley de Salud Sexual y Reproductiva que incluía la despenalización del aborto siempre que la mujer lo realizara antes de las doce semanas de gestación y, más allá de este plazo, también se permitía cuando el embarazo implicara riesgo de vida o de salud de la mujer o cuando se previera la malformación fetal incompatible con la vida extrauterina.
Esta medida, que había sido presentada ante las feministas del Cono Sur como un ejemplo a seguir, en la lucha por el derecho al aborto, pronto quedó sin efecto. Porque, para que se transformara en ley, definitivamente, necesitaba ser aprobada por el presidente, el médico Tabaré Vázquez, quien la vetó con el aval de la ministra de Salud, mientras la Iglesia Católica amenazaba con excomulgar a todos los funcionarios que la apoyaran.
En Brasil, las contradicciones entre las expectativas generadas por el gobierno del PT y su compromiso real con el derecho al aborto han sido similares.
Después de la visita oficial del Papa Ratzinger, en 2007, el gobierno de Lula Da Silva apoyó oficialmente una campaña coordinada por la Conferencia Episcopal que tenía como lema la defensa del derecho a la vida desde la concepción y finalmente, en 2008, firmó el acuerdo Brasil – Vaticano, que consolida la enseñanza religiosa en las escuelas públicas y fortalece las posiciones religiosas en contra del derecho al aborto, entre otras cuestiones.
En el contexto de las elecciones presidenciales de 2010, ante la presión de sectores fundamentalistas y derechistas, la candidata del PT y actual presidenta, Dilma Rousseff, se vio obligada a pronunciarse explícitamente en contra del derecho al aborto para no perder el voto de vastos sectores cristianos. En medio de la campaña, la candidata en la que se afirmaban las expectativas de las feministas brasileñas, prometió mantener la legislación sobre aborto y no innovar en otros aspectos que modificaran la legislación sobre la familia.
México ha sido, quizás, la única excepción durante este período. Después de muchos años de lucha del movimiento feminista, a principios de 2007, la Asamblea Legislativa del Distrito Federal de México aprobó la reforma de las cláusulas del Código Penal que penalizaban el aborto. Esta reforma, propiciada por el partido de centroizquierda que gobierna el distrito (PRD), permite abortar hasta las doce semanas de gestación, ampliando la legislación preexistente que sólo autorizaba la interrupción del embarazo en caso de violación, de que hubiera malformaciones graves del feto o si la vida de la mujer corría peligro. A la propuesta del PRD se plegaron otros partidos, con la sola oposición del conservador PAN, el partido del presidente.
Sin embargo, esta batalla legislativa no se ganó sencillamente. La innovación legislativa fue recusada inmediatamente por sectores fundamentalistas y religiosos y fue, finalmente, la Corte Suprema de Justicia la que dictaminó su constitucionalidad.
Además, una vez aprobada la reforma y como reacción a esta decisión adoptada por el Distrito Federal, en numerosos estados mexicanos se endureció la legislación con respecto al aborto, con reformas promovidas por la Iglesia Católica en connivencia con el PAN y organizaciones antiabortistas. Esto llevó a que en algunas legislaciones se contemple, actualmente, al óvulo fertilizado como una persona legal, aumentando la criminalización de las mujeres.
En Argentina, en setiembre de 2003 se conmemoró el Día de Lucha por la Despenalización del Aborto con una movilización en la que participaron miles de mujeres. Pero ya empezaban a surgir diferencias políticas entre las activistas que impulsaban la lucha por el derecho al aborto: mientras un sector mayoritario proponía presionar al recientemente asumido gobierno de Néstor Kirchner, generando expectativas en un cambio promovido “desde arriba”, otro sector insistía en mantener la movilización independiente por la base. El entonces ministro de Salud adoptó un discurso progresivo con respecto a la despenalización que aumentó las expectativas del activismo, mientras la entonces senadora Cristina Kirchner prometía al Vaticano no innovar en esta materia.
Al año siguiente, se realizaba el Iº Encuentro Nacional sobre Estrategias por el Derecho al Aborto, que proponía conformar una coordinadora nacional, elaborar un proyecto de ley y propiciar la formación de un bloque de legisladoras por el derecho al aborto. Esta iniciativa culminó, un año más tarde, en el lanzamiento de la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto, que nucleó a diversos sectores, organizaciones de mujeres, feministas y activistas de distintos espacios. Esta campaña comenzó con un petitorio que reclamaba el derecho al aborto legal, seguro y gratuito y que consiguió la adhesión de miles de personas en todo el país. Este petitorio fue entregado al Congreso, un año más tarde, en una manifestación que reunió a más de cuatro mil mujeres en Buenos Aires. Para entonces, un bloque encabezado por la consigna “Bajo el gobierno de Kirchner las mujeres seguimos muriendo por aborto clandestino” reunió a las feministas autonomistas, diversas agrupaciones de feministas lesbianas, autonomistas y agrupaciones vinculadas a la izquierda partidaria que confrontaban con la dirección y el rumbo que había tomado la campaña.
Al año siguiente, la coalición que integra la campaña empieza a perder su capacidad de movilización. Lentamente, en los años posteriores, ganó reconocimiento público a través del lobby parlamentario y la prensa, pero las acciones y movilizaciones convocadas por la campaña quedaron reducidas a grupos minúsculos.
El gobierno de Cristina Kirchner, que sucedió al de su esposo, encierra la paradoja de que, más que nunca antes, el proyecto de ley presentado por la campaña en el Congreso de la Nación, ha recibido el apoyo de diputados y diputadas de casi todos los bloques para su futuro tratamiento, mientras la presidenta insiste en su negativa a que esta discusión prospere, lo que ha sido visto con agrado por la jerarquía eclesiástica.
El martes pasado, en la Comisión de Legislación Penal de la cámara de Diputados se inició el debate parlamentario sobre el derecho al aborto. Con la participación de 12 sobre 31 integrantes de la Comisión de Legislación Penal, se obtuvo dictamen favorable con exiguos 7 votos a favor, 1 en contra y 4 abstenciones. El dictamen, sin embargo, fue cuestionado al día siguiente por diputados que pedirán su impugnación por no cumplir con los requisitos que establece el reglamento. Pero si quedara en firme, el proyecto aún debe ser aprobado por mayoría en las comisiones de Familia, Mujer, Niñez y Adolescencia, presidida actualmente por la duhaldista Claudia Rucci y la de Acción Social y Salud Pública, antes de ser girado a la cámara de Diputados en primera instancia –donde también debe ser aprobado por la mayoría- y luego, en segundo lugar, al Senado, con el mismo requerimiento. También habría que aclarar que, si en las cortas semanas que quedan hasta la asunción de los diputados recientemente electos, el proyecto no es girado a las otras comisiones, caducará la aprobación que obtuvo en Legislación Penal y deberá presentarse nuevamente, con el mismo procedimiento.
Como lo señaló el diario kirchnerista Tiempo Argentino, “El Frente para la Victoria brilló por su ausencia”. Sólo la ex – frepasista Diana Conti se acercó a dar su voto. Y fue clara cuando admitió que “el aborto es un debate que no está en la agenda de Poder Ejecutivo”. Cristina Kirchner había ordenado que no se diera quórum, ni se participara del debate. Afuera no se vio ni un solo banderín de La Cámpora, el Movimiento Evita ni otros sectores kirchneristas. Fue apenas una muestra de cómo actuará el kirchnerismo con quórum propio a partir del 10 de diciembre.
Como lo dijimos desde el primer día, luchamos por la aprobación inmediata y sin modificaciones del proyecto presentado por la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto. No podemos conformarnos con ser siempre las mismas compañeras las que nos vemos en las movilizaciones y en los Encuentros Nacionales de Mujeres. Tenemos que aprovechar el creciente apoyo social que tiene la legalización del aborto para preparar una gran Marcha Nacional, organizada con los centros de estudiantes, las comisiones internas combativas y los sindicatos –especialmente aquellos donde las mujeres son la mayoría, como docentes, salud, alimentación-, las organizaciones sociales y políticas que firmaron el proyecto y todas las agrupaciones del movimiento de mujeres.
El único camino para conquistar el derecho al aborto libre, seguro y gratuito, como todos nuestros derechos, es el de la organización y la movilización de un poderoso movimiento de mujeres trabajadoras, estudiantes y amas de casa, independiente del Estado y sus instituciones, que despliegue su voluntad de lucha en los lugares de trabajo, estudio y en las calles, empezando por conquistar la aprobación del aborto legal.
Nuestra visión del feminismo latinoamericano de la última década no es aséptica. Fuimos parte de esta experiencia, de manera activa. Desde ese compromiso entendemos también la necesidad de ahondar en la reflexión sobre nuestras prácticas y nuestras perspectivas, con el propósito de no recaer en las estrategias que han conducido al feminismo a los callejones sin salida de la cooptación o la marginalidad. Contamos con esta última década de nuevas y fructíferas experiencias que han dejado lecciones, aportando creativamente nuevas formas de activismo, nuevas alianzas, nuevos horizontes.
La independencia del poder del Estado, pero no para recluirse ensimismadamente en la creación de una contracultura, sino para enfrentar, exigir y conquistar nuestros derechos sin compromisos; la solidaridad internacional y la construcción de movimientos amplios que incluyan a las mujeres trabajadoras y de los sectores populares como protagonistas y sujetos políticos de sus propias reivindicaciones y no como meras beneficiarias de las políticas diseñadas por las expertas son algunas conclusiones de la última década transcurrida, donde el feminismo –como movimiento de lucha- volvió a despertar de un largo letargo.
(*) Extracto de D'Atri, Andrea (2011): "2000-2010: Una década de luchas feministas. Logros y deudas pendientes con las mujeres latinoamericanas en los albores del siglo XXI", revista OSAL, año XII, Nº 30, CLACSO, Bs. As.
El mundo del trabajo contemporáneo y la desigualdad de género
Intervención en la conferencia "El mundo del trabajo contemporáneo y la desigualdad de género", en el Congreso de Trabajo Social de la Universidad Nacional del Centro (Tandil)Cuando la Dra. Andrea Oliva me invitó a este Congreso me pidió que participara, esencialmente, en calidad de militante, que hablara de las luchas de las mujeres trabajadoras. Y luego, tuve la grata sorpresa de enterarme que compartiría la mesa con Claudia Mazzei, con quien hemos compartido otras charlas en San Pablo sobre las mujeres trabajadoras, sus luchas, el marxismo y el feminismo…
Lo primero que pensé es que, inevitablemente, cuando hablamos del entrecruzamiento de las categorías de género y clase para referirnos a las mujeres trabajadoras, estamos hablando necesariamente de precarización laboral, de doble o triple jornada de trabajo, de mayores tasas de desempleo, de la constatación de menores salarios por el mismo trabajo, de mayor exposición al acoso sexual…De esto saben mucho más y mejor las compañeras que están aquí en esta mesa.
Sin embargo, esta vez quiero tomar la cuestión de género y de clase, pero para referirme a las mujeres trabajadoras desde otro ángulo: desde su capacidad de lucha y transformación y su potencialidad como sujetos revolucionarios.
Todo lo dicho anteriormente, necesariamente conlleva a las mujeres de las clases explotadas a ser uno de los sectores socialmente más conservadores en los tiempos rutinarios de la vida cotidiana. La socialización temprana en la obediencia y la sumisión, recae con todo el peso de las instituciones patriarcales de la familia, la Iglesia, incluyendo la violencia, el abuso, el maltrato, sobre las mujeres.
Sin embargo, cuando en esos tiempos de calma irrumpe la lucha de clases en sus múltiples formas –desde la huelga económica hasta la insurrección-, las mujeres que ayer defendían el statu quo, se convierten en aguerridos destacamentos de vanguardia. En todos aquellos momentos en que se rompe la continuidad, lo que Lidia Menapace llamó “las formas no programables de la historia”, las mujeres reaccionan con una presencia que deja de lado los compromisos domésticos.
A diferencia de lo que sucede con los hombres, una acción colectiva, cualquiera sea su envergadura, significa para las mujeres una alteración no sólo de los ritmos cotidianos de la producción, sino una alteración de sus ritmos mucho más rutinarios de la reproducción. El trabajador que participa de una huelga puede experimentar el enfrentamiento de clase, reconocer que el Ministerio de Trabajo no es parte de un Estado neutral, asistir a la existencia de fuerzas represivas del Estado cuya función es la conservación y defensa del derecho de la propiedad privada… Pero las mujeres enfrentarán, además, la experiencia de ver trastocados todos sus hábitos domésticos, su vida programable y se encontrará enfrentada a aquello que, cotidianamente, permanece invisible de su opresión de género.
Esas mismas cadenas invisibles que mantienen a la mujer esclavizada en el trabajo reproductivo es también lo que las impulsa a la lucha, resquebrajando las cadenas: las mujeres obreras generalmente irrumpen en la historia impulsadas por la necesidad de defender y resguardar a sus hijos del hambre, de la falta de techo, de la miseria. Y esto no deja de ser paradójico porque, en parte, es el ejercicio histórico del rol estereotipado que ordena que sólo se es una verdadera mujer si se es madre, el que engendra la posibilidad de esta irrupción de mujeres enérgicamente opositoras a las condiciones de existencia que impone el sistema capitalista. Es en esas circunstancias que la influencia de la Iglesia, los estereotipos inculcados de la sumisión y la obediencia y la ideología más reaccionaria sobre la naturaleza de las relaciones familiares pueden ser barridos al calor de una lucha, mucho más pronto que lo que podría hacerlo la más paciente de las explicaciones contra el patriarcado en tiempos de cotidianeidad.
Quisiera traerles aquí algunas anécdotas deshilvanadas de nuestra experiencia militante con compañeras obreras de una de las multinacionales alimenticias más grande del mundo: Kraft-Terrabusi.
Cuando el mundo se aterrorizaba por la gripe A, las obreras de base de la fábrica exigieron condiciones de higiene acordes a la epidemia. La empresa no respondió. Las obreras exigieron, además, días de asueto en el pico de la epidemia, los días más fríos del invierno, ya que no querían llevar a sus hijos a la guardería y el jardín de infantes que funciona dentro de la planta, teniendo en cuenta que la empresa no acataba las normas de seguridad que ya se estaban implementando en todas las escuelas. La empresa no respondió y las obreras se organizaron, encabezando una masiva huelga contra la patronal y desobedeciendo al sindicato. A la huelga le siguieron, en pocas semanas, los despidos masivos. Pero a los despidos, le siguió otra lucha que incluyó la toma de la fábrica, las declaraciones contra los trabajadores de la CGT, el gobierno provincial y nacional, la embajada norteamericana y un extenso apoyo social, con centenares de estudiantes que en la capital le “hacían el aguante” mientras las obreras y obreros se manifestaban en la zona norte del conurbano. Esto terminó con una brutal represión policial con caballos, gases y balas de goma, pero también con la reincorporación de los delegados y el fortalecimiento de las y los activistas que, pocos meses después se organizaron y ganaron la comisión interna de la fábrica.
En esa comisión interna participan compañeras de Pan y Rosas que, lo primero que hicieron al ganar la comisión interna, fue organizar a sus compañeras de fábrica para participar del Encuentro Nacional de Mujeres. Pusieron en pie una comisión de mujeres, para la que no era condición ser afiliada al sindicato ni ser de la comisión interna para participar. Ni siquiera era condición ser obrera de la fábrica: la comisión se abrió a la participación de las madres, esposas, hijas y novias de sus compañeros de trabajo. Se empezaba a dar el primer paso en la unidad de las filas obreras.
Una paradoja: porque muchas organizaciones de izquierda populista o stalinista han sembrado la idea de que la lucha de las mujeres por sus derechos, su organización rompería la unidad necesaria de las filas obreras para enfrentar al enemigo de clase. Sin embargo, siempre nos hemos guiado por la idea que podemos sintetizar, parafraseando a Marx, en que no puede liberarse quien oprime a otros. Porque no hay posibilidad de que la clase avance hacia posiciones revolucionarias sin considerar también que existe la opresión en sus filas; que millones de mujeres trabajadoras y del pueblo pobre sufren la humillación, el sometimiento y el desprecio de la mano de los miembros masculinos de su clase.
Desde nuestra perspectiva, consideramos que cada vez que una mujer es abusada, golpeada, humillada, considerada un objeto, discriminada, sometida… la clase dominante se ha perpetuado un poco más en el poder. Y la clase obrera, en cambio, se ha debilitado. Porque esa mujer perderá la confianza en sí misma y por lo tanto en sus propias fuerzas. Atemorizada, creerá que la realidad no puede cambiarse y que es mejor someterse a la opresión que enfrentarla y poner en riesgo su vida. Y la clase obrera se debilita, también, porque ese hombre que golpeó a su compañera, que la humilló, que la consideró su propiedad, está más lejos que antes de transformarse en un obrero conciente de sus cadenas, está un poco más lejos de reconocer que, en la lucha por romper sus cadenas, debe proponerse liberar a toda la humanidad de las cadenas y contar a todos los oprimidos como sus aliados.
Si la unidad de las filas obreras es necesaria, entonces es imperioso erradicar los prejuicios contra los inmigrantes, las barreras que se alzan entre efectivos y contratados, combatir contra la ideología que impone la represión del adulto sobre el joven y, en este mismo sentido, luchar denodadamente contra la opresión de las mujeres. Ellas deberán dejar de ser “las proletarias del proletario”, como decía Flora Tristán en el siglo XIX.
Pero la organización y la lucha de las obreras de Kraft tuvo nuevos jalones.Además de empezar a conmemorar dentro de la fábrica el 8 de marzo y de impulsar un petitorio en todas las fábricas alimenticias de la zona para que se declare feriado en las alimenticias el Día de la Mujer, ya que la mayoría de las obreras son mujeres, la comisión de mujeres de Kraft sacó un boletín en el que abrieron diversos debates, entre ellos contra la violencia hacia las mujeres y por el derecho al aborto.
Hace pocos meses, a raíz de que los supervisores fueron sancionados por la empresa por haberselos encontrado mirando pornografía en horario de trabajo, las trabajadoras de Kraft escribieron un artículo que titularon “Mujer bonita es la que lucha”, denunciando los estereotipos, la visión de las mujeres como objeto sexual, la violencia de la trata y la prostitución y llamando a las mujeres a convertirse en luchadoras contra estos modelos que se nos imponen socialmente.
Evidentemente, esa paciente propaganda entre sus compañeros y compañeras no fue en vano. Apenas hace unas semanas, los obreros varones encabezaron la paralización de tareas y llamaron a la huelga cuando una obrera denunció haber sido acosada sexualmente por uno de los supervisores y la empresa la suspendió a ella por la denuncia, sin sancionar al acosador. Se sellaba una unidad obrera que no tenía precedentes: la solidaridad de los trabajadores y las trabajadoras no surgía del reclamo salarial o de enfrentar alguna medida patronal de las habituales. En otra fábrica de la industria gráfica, a corta distancia de Kraft, un caso similar se resolvía con la indemnización de la trabajadora acosada. En Kraft, en cambio, los obreros rompieron sus lazos de género con los supervisores para demostrar que la unidad de las filas obreras incluye también la comprensión de que no puede liberarse quien oprime a otros y que ellos no estaban dispuestos a ser parecidos, ser cómplices o neutrales frente a esta situtación.
Las compañeras de la comisión interna de Kraft estuvieron el martes en las puertas del Congreso de la Nación reclamando el derecho al aborto y hace pocas horas recibí un correo electrónico de una de ellas preguntando por qué los compañeros y compañeras del movimiento obrero no estaban ya preparándose para participar de la marcha del orgullo LGTB que se hará este sábado en Buenos Aires. Escribe: “no es sencillo ser gay, lesbiana o bisexual y poder decirlo y vivirlo abiertamente (y excluyo en este punto a los trans, travestis, porque no conozco a ninguno en una fábrica y eso también expresa la desigualdad que hay);en el movimiento obrero es como que está todo bien siempre y cuando no le des un beso a tu novio o novia adelante mío y si bien hay un espíritu mas democrático después del matrimonio igualitario, la homofobia no se termina con esa ley y menos en los lugares donde estamos. Por ejemplo, a una cuadra de Kraft hay travestis que ofrecen servicios sexuales y hay quienes las contratan, laburantes de Kraft, eso se naturaliza: la travesti tiene que prostituirse para subsistir; nadie cuestiona el hecho de por qué no puede vivir de otra forma, trabajar por ejemplo, en la fábrica, como nosotros.” Después culmina diciendo: “es la marcha del orgullo y nosotros militamos creo yo orgullosamente por una sociedad distinta en donde cada uno pueda vivir y realizarse libremente, y por ello estamos por el fin del capitalismo que nos oprime y explota. Y como revolucionarios levantamos las banderas de todos los que luchan por liberarse de esas cadenas.”
Quiero citar aquí a nuestra amiga Claudia Mazzei Nogueira que dice con el lenguaje de la teoría marxista lo mismo que nuestra compañera obrera de Kraft señala con su agudeza política. Dice Claudia: “para el buen funcionamiento del sistema capitalista, la premisa de una verdadera igualdad es absolutamente inaceptable, una división sexual del trabajo menos desigual tiende a permanecer no integrable en la lógica dominante y resistente para quien lucha por ella.” Para después agregar: “es imprescindible que, en la lucha por una división sexual del trabajo sin desigualdad, esté presente, más allá del combate a la opresión masculina sobre las mujeres, el objetivo de superar la relación capital/trabajo.”
Las mujeres de la agrupación Pan y Rosas, luchamos por una sociedad donde no haya mujeres obligadas a la doble jornada de trabajo, impuesta por la división social del trabajo al servicio de las ganancias capitalistas. Luchamos por una sociedad en la que, abolida la esclavitud asalariada, la humanidad y eso incluye a las mujeres, ¡fundamentalmente a las mujeres! oprimidas por este sistema- tenga la libertad de soñar todos sus sueños y la posibilidad de concretarlos.
1/6/11
Palabras pronunciadas en el acto -festival de la Campaña por el Derecho al Aborto en Congreso
Venimos en nombre del Frente de Izquierda, que formamos quienes integramos el Partido de Trabajadores Socialistas, los compañeros de Izquierda Socialista y del Partido Obrero, para decir que hace menos de un año estábamos acá también.Hace menos de un año, la Iglesia cómplice y partícipe del genocidio, la Iglesia que encubre curas abusadores, la Iglesia que persigue a las estudiantes católicas que quedan embarazadas y las echa de sus colegios, la Iglesia que está en contra de la anticoncepción, la Iglesia misógina, homofóbica y patriarcal, hacía movilizaciones en todo el país contra la ley de matrimonio igualitario. Hace un año, nomás, estábamos aquí denunciando eso.
Pero esta Iglesia continúa su cruzada, ahora su cruzada es contra los derechos de las mujeres, como lo ha sido siempre, y contra el derecho al aborto en particular. Lo hemos visto hace muy pocos días, en el Tedeum al que asistió Cristina Kirchner, donde el obispo del Chaco saludó y felicitó a la presidenta entendiendo que había que defender los derechos jurídicos del embrión como si fuera una persona.
Sabemos que esos artilugios legales son nada más que un nuevo obstáculo para impedir que avancemos en esta lucha que lleva más de 30 años en nuestro país. Una lucha que comenzó con mujeres como la que aquí se recordó, Dora Coledesky, que es quien a mí me enseñó de qué se trataba luchar por anticonceptivos gratuitos para no abortar y aborto legal, gratuito, realizado en los hospitales públicos para no morir.
Por eso, compañeras y compañeros, es tristísimo, es lamentable, es trágico que en la Argentina de los últimos años aumenten las muertes de mujeres gestantes, aumenten las muertes de mujeres por las consecuencias de los abortos clandestinos. ¡No podemos permitir que esto siga sucediendo de esta manera!
Por eso tengo el orgullo, en este año electoral, en que soy candidata a diputada, junto con los compañeros que son candidato a vicejefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires (José Castillo, IS) y a legislador (Julio Rovelli, PTS), tengo el orgullo de decir que es parte de nuestra campaña pública en las elecciones, luchar para que se apruebe el proyecto de ley presentado por la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto Legal, Seguro, Libre y Gratuito. Porque eso es lo que no dicen otros políticos, y nosotros lo decimos todos los días con nuestra lucha en los lugares de trabajo y estudio, todos los años en los Encuentros Nacionales de Mujeres, en todas las movilizaciones del 8 de marzo y del 28 de setiembre, pero también lo decimos en este momento, cuando hablar de este tema para algunos es algo que produce escozor.
Por eso, queremos poner nuestra candidatura al servicio de esta lucha y aprovecho también estos minutos, para hacer un pedido que me plantearon Lohana Berkins y las compañeras y compañeros del movimiento GLTTTB: que también queremos la Ley de Identidad ¡Ahora!, ahora ley de identidad de género. Porque también es parte, en este día de acción por la salud de las mujeres, luchar por la salud de todas las personas transexuales, travestis y transgénero, que no pueden acceder de la misma manera que los hetererosexuales a sus derechos, porque no les está permitida su identidad.
Entonces, queremos también decir, desde aquí, que apoyamos la Ley de Identidad de género y que tanto esto como el derecho al aborto, creemos que lo vamos a conseguir sólo si ponemos en pie un gran movimiento de lucha que nuclee a todas las organizaciones sociales, políticas, feministas, estudiantiles, sindicales para luchar por estos derechos democráticos ELEMENTALES que aún nos siguen negando.
¡Por la separación de la Iglesia del Estado! ¡Saquen sus rosarios de nuestros ovarios! ¡Por el derecho al aborto, legal, seguro y gratuito!
Gracias
Andrea D'Atri, Partido de los Trabajadores Socialistas (PTS) - Candidata a Diputada Nacional por la Ciudad de Buenos Aires, del Frente de Izquierda (PTS - PO - IS)
7/5/11
La participación de las mujeres en la Comuna de París
Versión en castellano de la ponencia presentada en el evento nacional a 140 años de la Comuna de París, organizado por la Universidade Federal da Fronteira Sul (Chapecó - Brasil)Desde mediados del siglo XVIII hasta mediados del siglo XIX, junto a la producción artesanal, se expande en Europa la modalidad del trabajo a destajo efectuado fundamentalmente por las mujeres en sus propios hogares, y se desarrolla rápidamente la industria textil. Esta tendencia a la proletarización de las mujeres convirtió a la “mujer trabajadora” en una figura problemática, que cuestionaba la idea de feminidad de la ideología patriarcal dominante y planteaba un dilema entre el “deber ser” de su feminidad y el trabajo asalariado. Surgía así, con la figura de la “mujer trabajadora”, una oposición antagónica entre el hogar y la fábrica, la maternidad y la productividad, los valores tradicionales y la modernidad que imponía el capital.
La figura de la “mujer trabajadora” da lugar a profundos debates entre quienes defendían su derecho a la inclusión en la producción social y quienes desestimaban esta participación con alegatos que se basaban en posiciones tanto libertarias como profundamente sexistas.
Marx y Engels entienden que oponerse a la incorporación de las mujeres a la producción social, invocando los males que acarrea para su existencia, es utópico: el desarrollo industrial arrasa con todas las costumbres y valores existentes; las mujeres y los niños son incorporados a la producción, mal que les pese a los moralistas conservadores y a los socialistas pequeñoburgueses. Por eso, ante la inevitable incorporación de las mujeres a la fuerza de trabajo explotada por el capital, reclaman su participación en las organizaciones obreras, su incorporación a las filas proletarias para que no sean sólo carne de explotación, sino también sujetos conscientes en la lucha por su liberación. De allí que, a pesar de la oposición de las corrientes anarquistas, propugnaron la organización de la Sección Femenina de la Asociación Internacional de los Trabajadores, bajo la dirección de Elizabeth Dimitrieff, quien luego fuera enviada como representante a la Comuna de París, expresando la solidaridad del movimiento obrero organizado.
Muy a la inversa del anarquista Proudhon, también de la I Internacional, quien manifestaba sus prejuicios pequeñoburgueses cuando consideraba “funestos y estúpidos todos nuestros ensueños sobre la emancipación de la mujer; le niego toda clase de derecho e iniciativa políticos; creo que para la mujer, la libertad y el bienestar consisten únicamente en el matrimonio, la maternidad, los trabajos domésticos, la fidelidad al esposo, la castidad y el retiro.” Proudhon, también sostenía que la mujer tenía sólo dos destinos posibles: ama de casa o prostituta y por eso se oponía a la incorporación de las mujeres a la producción. Cuando la costurera francesa Jeanne Déroin propuso presentarse como candidata a las elecciones de 1849, Proudhon la declaró no apta, alegando que los órganos que las mujeres poseen para alimentar a los bebés no las hacen apropiadas para el voto. Jeanne Déroin le respondió pidiéndole que le mostrara el órgano masculino que le permitía votar.
Para la época de la Comuna, en Francia, las mujeres ya tenían una larga tradición de participación en luchas revolucionarias. En 1789, durante la Gran Revolución Francesa, las mujeres de la burguesía habían asumido reivindicaciones políticas y derechos civiles, mientras las mujeres de los barrios populares desempeñaban un papel destacado en las movilizaciones contra la escasez y la carestía.
Fueron estas primeras revueltas contra el hambre y la participación en las luchas revolucionarias las que posibilitaron a las mujeres de los sectores populares la experiencia de la acción social y política colectiva, rompiendo con el aislamiento del hogar.
Junto con la crítica ilustrada de un sector de mujeres burguesas e instruidas, a una política masculina y burguesa que excluía de los derechos civiles a las propias mujeres de la clase dominante, serán experiencias que no transcurrirán en vano y así se demostrará en el transcurso del siglo XIX.
Años más tarde, durante la Primavera de los Pueblos de 1848, se destaca la presencia de trabajadoras, inspiradas en ideas socialistas y comunistas, que sostienen la igualdad para las mujeres y la asocian con la emancipación de clase, con la superación del orden existente.
En aquellos tiempos, regía en Francia el Código Civil napoleónico, uno de los instrumentos burgueses más restrictivos del status social femenino, ya que despojaba a las mujeres de cualquier derecho, sometiéndolas enteramente al padre o al marido. No reconocía las uniones consensuadas y los hijos que nacían de esas relaciones eran considerados bastardos. Las mujeres estaban privadas del derecho al voto, mientras las trabajadoras sufrían, además, la explotación en condiciones de vida miserables. El código establecía que las mujeres eran propiedad del marido y que su rol social era exclusivamente el de ser madres.
Pero esa experiencia en la lucha de clases de Francia fue un bagaje revolucionario para las mujeres que, en 1871, ven en la Comuna la posibilidad de conquistar una república social con igualdad de derechos.
Como se sabe, en 1870, el emperador Napoleón III había arrastrado al país hacia una guerra contra el poderoso ejército prusiano. Cuando las noticias de la derrota francesa llegaron a París, el emperador abdica y se funda la república, creándose un gobierno de defensa nacional, al tiempo que Prusia iniciaba el sitio de la capital francesa. Miles de parisinos formaban, entonces, la milicia de la Guardia Nacional, donde algunos batallones formados mayoritariamente por obreros, elegían a sus propios oficiales. Cuando en marzo de 1871, la Asamblea Nacional aprueba una paz humillante, la Guardia Nacional no acepta el desarme.
El 18 de marzo de 1871, las mujeres fueron las primeras en dar la alarma de que las tropas del gobierno intentaban retirar los cañones de las colinas de Montmartre y desarmar París. Se pusieron delante de las tropas e impidieron que los cañones fueran retirados, llamando al proletariado y a la Guardia Nacional a defender la ciudad. Así se inició, hace 140 años, la gesta heroica del proletariado parisino: la Comuna de París. La comunera Louise Michel relata: “Bajé la colina, con mi carabina bajo la capa, gritando ‘¡Traición!’. Pensábamos morir por la libertad. Nos sentíamos como si nuestros pies no tocaran el suelo. Muertos nosotros, París se habría levantado. De pronto ví a mi madre cerca mío y sentí una angustia espantosa; inquieta, había acudido, y todas las mujeres se hallaban ahí. Interponiéndose entre nosotros y el ejército, las mujeres se arrojaban sobre los cañones y las ametralladoras, los soldados permanecían inmóviles. La revolución estaba hecha.”
La Asamblea Nacional, ante la rebeldía de su propio ejército y el pueblo de París, se trasladó a Versalles con el objeto de someter, desde allí, a la capital rebelde. La rebelión del pueblo de París instauró entonces un poder revolucionario comunal y exhortó al resto de los municipios franceses a imitar su ejemplo y a unirse en una federación.
Izando una bandera roja en el mástil del ayuntamiento, este primer gobierno obrero y popular de la historia, en poco tiempo, decretó la separación de la Iglesia del Estado y declaró de propiedad nacional todos los bienes de la Iglesia, la revocabilidad de todos los cargos de gobierno, la obligación de que los parlamentarios no cobraran más que el salario de un trabajador; suprimió el ejército regular y le contrapuso el pueblo en armas, condonó los pagos de alquileres adeudados por los inquilinos y proclamó la igualdad de derechos para las mujeres. La Comuna fue un ejemplo brillante de cómo el proletariado puede cumplir las tareas democráticas que la burguesía sólo puede declamar.
Mientras tanto, el poder ejecutivo aceleró el ataque contra los rebeldes bajo la mirada de aprobación de los prusianos. La resistencia de la gloriosa Comuna de París sólo pudo quebrarse después de semanas de sangrientas luchas que concluyeron con atroces represalias y costaron miles de vidas, siendo una de las represiones más crueles que registra la historia. Murieron más personas durante la última semana de mayo que durante todas las batallas de la guerra Franco-Prusiana, y más que en ninguna masacre anterior de la historia francesa.
Valerosas mujeres participaron ardientemente de la Comuna, empuñando las armas, resistiendo contra las tropas francesas y de los prusianos, hasta que la derrota les impuso la muerte en combate, o las deportaciones y los fusilamientos.
Las mujeres, como lo hicieron siempre en todos los combates de la historia, hicieron uniformes, atendieron a los heridos, proporcionaron el abastecimiento a los soldados. Miles de mujeres cosían las bolsas para la construcción de barricadas. En corto tiempo, también crearon cooperativas y sindicatos; participaron de clubes políticos, reivindicando la igualdad de derechos y crearon sus propias organizaciones, como el Comité de Mujeres para la Vigilancia, el Club de la Revolución Social y la Unión de Mujeres para la Defensa de París, fundada por miembros de la Primera Internacional, influenciados por el pensamiento de Karl Marx.
Pero, además, en la Comuna, por primera vez, alrededor de tres mil mujeres, trabajaron en fábricas de armas y municiones, construyeron barricadas y recogieron las armas de los caídos para seguir el combate y formaron un batallón femenino de la Guardia Nacional, integrado por 120 mujeres que luchó en las barricadas de París durante la última semana de resistencia de la Comuna, cuando todas perecieron en el combate.
Eran trabajadoras, mujeres de los barrios populares, pequeñas comerciantes, maestras, prostitutas y “arrabaleras”. Estas mujeres se organizaron en clubes revolucionarios como el Comité de Vigilancia de las Ciudadanas o la Unión de Mujeres para la Defensa de París, de la misma manera que lo habían hecho anteriormente las mujeres en la Revolución Francesa de 1789. Pero a diferencia de las mujeres que participaron en la Gran Revolución, esta vez, las que así lo quisieron contaron con las armas que los proletarios parisinos no les negaron empuñar, como sí lo habían impedido los revolucionarios burgueses.
En los primeros días de abril, los diarios publicaban una convocatoria en la que se les pedía a las parisinas apoyar el combate de sus maridos y hermanos y también tomar las armas ellas mismas. Era la convocatoria de Elizabeth Dmitrieff, representante de la Primera Internacional enviada a París, que llamaba a poner en pie comités de mujeres en todos los distritos y formar la Unión de Mujeres por la Defensa de París. Esta organización reclamaba al poder comunal un espacio de reunión y dinero para publicar panfletos. La Unión de Mujeres organizó numerosas asambleas públicas, sus comités organizaban la provisión de víveres, enviaban ambulancias y atendían a los heridos.
Cuando el gobierno de la Comuna decretó que los talleres abandonados debían transformarse en cooperativas de trabajadores, la Unión de Mujeres reclamó la participación de las trabajadoras: “Unión de Mujeres exige a la Comisión de Trabajo y Comercio de la Comuna, organizar y repartir nuevamente el trabajo de la mujer en París y encomendar al comité central el armamento militar. Sin embargo, ya que este trabajo no alcanza para la masa de trabajadoras, el comité central exige además otorgar a las Asociaciones Productivas la suma de dinero necesaria para reactivar las fábricas y talleres que los burgueses dejaron y que abarcan ocupaciones esencialmente llevadas a cabo por mujeres”.
Entre las mujeres del Club de la Revolución brilla el nombre de Louise Michel. Había nacido en 1830, era la hija natural de una sirvienta parisina; pero recibió educación y se convirtió en maestra. En su graduación, se negó a jurar fidelidad al Imperio y se vio obligada a fundar una escuela libre para poder ejercer la docencia. Conforme a sus convicciones, abogó por la enseñanza profesional y la creación de orfanatos laicos, algo que en aquella época resultó una innovación difícil de aceptar.
El 21 de mayo, las tropas comandadas por Versalles, ingresan a París dando comienzo a la Semana Sangrienta. Los testimonios de la época, cuentan que cuando cayó la Comuna las mujeres, enfurecidas por la masacre, golpeaban a los oficiales y luego se lanzaban contra las paredes esperando ser fusiladas. La dueña de un restaurante enfrenta un juicio por haber saqueado un comercio de estatuas para iglesias, con el propósito de armar una barricada. “¿Usó usted las estatuas de los santos para alzar una barricada?”, preguntó el juez. “Sí, es verdad. Pero las estatuas eran de piedra y quienes morían eran de carne”, respondió la comunera.
De estos días data la leyenda de las incendiarias: aunque las investigaciones difieren en afirmar si los incendios que ocurrían en diversos puntos de la ciudad eran provocados por las fuerzas contrarrevolucionarias o si eran las mujeres que resistieron hasta el último día en las barricadas las que prendían fuego a París, fueron ellas las que pagaron con deportaciones, cárcel y su propia vida, pasando a la historia como las incendiarias. La República se propuso acallarlas.
En París, los obreros y obreras resistieron el salvaje y vergonzoso ataque del ejército comandado por la burguesía francesa, con quien colaboró el enemigo prusiano, liberando a los prisioneros de guerra para que pudieran alistarse y combatir contra el propio proletariado francés en armas.
Las mujeres y hombres de la burguesía que huyeron de París ante el poder obrero que se levantaba amenazante de sus privilegios de clase, colaboraron como agentes e informantes del gobierno represor.
Finalmente, cuando sobrevino la derrota de los heroicos comuneros, las mujeres de la burguesía retornaron a sus hogares y se pasearon por las calles de París, con regocijo por el regreso del “orden”, mojando –como lo muestran algunos grabados de la época- la punta de sus sombrillas en la sangre todavía fresca de aquellos hombres y mujeres que, trágicamente, se convirtieron en mártires.
Louise Michel se presenta ante los jueces pidiendo para sí la muerte. Al igual que sus hermanos de clase, reivindica morir en el Campo de Satory donde, en la noche del 27 de mayo, millares fueron masacrados por las tropas de Versalles. Mantiene una actitud heroica ante el tribunal, ejemplo de firmeza y convicción revolucionaria, rechazando a los abogados designados y presentando su defensa personalmente. Ante el tribunal que la condenaba, declaró: “Pertenezco enteramente a la Revolución Social. Declaro aceptar la responsabilidad de mis actos. Hay que excluirme de la sociedad y se les dice a ustedes que lo hagan. Ya que, según parece, todo corazón que late por la libertad sólo tiene derecho a un poco de plomo, ¡exijo mi parte! Si me dejáis vivir, no cesaré de clamar venganza y de denunciar, en venganza de mis hermanos, a los asesinos de la Comisión de las Gracias”.
Finalmente fue deportada por nueve años a la colonia penitenciaria de Nueva Caledonia, donde enseñó a los nativos a pensar en la libertad, acompañándolos en su rebelión contra el yugo colonial francés. Cuando regresa a París, es penada con seis años de cárcel por encabezar una manifestación de desocupados que culminó con la rotura de ventanas de panaderías y carnicerías. En esa ocasión, llevaba una bandera negra, que más tarde fue tomada como símbolo de lucha por los anarquistas.
Reanuda su militancia: da conferencias predicando la idea de la liberación por medio de la revolución social, en contra de la pena de muerte y a favor de la huelga general. Entre 1890 y 1895, vivió en Londres donde escribió algunas de sus poesías y novelas y sus Memorias de La Comuna. En Marsella, en 1905, mientras dictaba una conferencia ante un auditorio obrero, murió la que después fue llamada “la virgen roja”. Una multitud integró el cortejo fúnebre.
Pero Louise no ha sido la única mujer que participó valientemente en las memorables jornadas de la Comuna de París. Podemos nombrar también a André Léo responsable de la publicación del periódico La Sociale; Beatriz Excoffon, Sophie Poirier y Anna Jaclard, del Comité de Mujeres para la Vigilancia; Marie-Catherine Rigissart, que comandó un batallón de mujeres; Adélaide Valentin, que llegó al puesto de coronel, y Louise Neckebecker, capitán de compañía; Nathalie Lemel, Aline Jacquier, Marcelle Tinayre, Otavine Tardif y Blanche Lefebvre, fundadoras de la Unión de Mujeres, Joséphine Courbois, conocida como la reina de las barricadas.
Como no es difícil apreciar, la unidad con las mujeres burguesas era imposible en las barricadas. Dos clases se enfrentaban abiertamente y las mujeres se alinearon según sus intereses de clase a un lado y otro de la línea de fuego. Es que en el siglo XIX, las contradicciones que aparecían en germen durante el siglo anterior, se despliegan en toda su dimensión. El proletariado hace su entrada en la historia como una clase bien diferenciada que se rebela contra la salvaje explotación del capital. Como lo demuestran estas luchas, entre las cientos de huelgas, mítines, sabotajes y revueltas del movimiento obrero del siglo XIX, la historia de este siglo es la de la desintegración de aquel frente único entre burgueses y proletarios que había luchado contra el clero y la aristocracia constituyendo los modernos estados capitalistas.
El proletariado, que había sido aliado de la burguesía contra el absolutismo feudal, se transformó abiertamente en potencial enemigo. La burguesía, acobardada por el temor que le inspira el proletariado en armas, es ya impotente para llevar a cabo su misión histórica. Ese rechazo contra las masas se transformó en ríos de sangre en la Comuna de París, y ya no hubo vuelta atrás. En este nuevo período histórico, tal como lo señalan diversas autoras, tanto en las luchas como en las nuevas formas de organización social, las mujeres trabajadoras y de los sectores populares constituyeron una vanguardia importante entre esas masas que “empujaban hacia delante” en una lucha que las enfrentaba a otras mujeres que habían sido, alguna vez, sus aliadas.
Es por la acentuación de este antagonismo de clase que el frente de lucha de las mujeres por sus derechos se fractura en dos grandes tendencias. Mientras las mujeres que pertenecían a las clases dominantes seguirán rebelándose contra la desigualdad de derechos formales con respecto a los varones de su misma clase –pero sólo en pocas ocasiones se solidarizarán con las mujeres de las clases subalternas-, las mujeres pertenecientes a la clase obrera y los sectores populares impulsarán, fundamentalmente, las luchas de su clase por obtener sus derechos y, en ese marco, reivindicarán sus derechos como mujeres.
La importante participación de las mujeres en la Comuna de París, revolucionó al movimiento obrero francés, que abandonó su impronta antifeminista proudhoniana y comenzó a tener una actitud más abierta con las mujeres políticamente activas de la clase trabajadora.
Ante cada levantamiento de la clase trabajadora, en todos los acontecimientos de la lucha de clases y en todos los lugares del mundo, cada vez que los explotados enfrentan la opresión, las mujeres ocupan un lugar de vanguardia, como lo han hecho en la Comuna. Es que, como decía el revolucionario León Trotsky, quienes más han sufrido con lo viejo son quienes pelean con más fervor por lo nuevo. O en palabras de la comunera Louise Michel: “Cuidado con las mujeres cuando se sienten asqueadas de todo lo que las rodea y se sublevan contra el viejo mundo. Ese día nacerá el nuevo mundo.”
4/5/11
A participaçao das mulheres na Comuna de Paris
Transcribo mi ponencia en la Conferencia: A participaçao das mulheres na Comuna de Paris, que tuvo lugar en el - Evento Nacional "140 anos da Comuna de Paris" - organizado por la Universidade Federal da Fronteira Sul - Campus Chapecó (Santa Catarina, Brasil)
Desde meados do século dezoito até meados do século dezenove, com a produção artesanal, expande na Europa, o modo de trabalho por peça, feito principalmente pelas mulheres em suas próprias casas, e desenvolve-se rapidamente a indústria têxtil.
Esta tendência à proletarização das mulheres tornou a "mulher trabalhadora” em uma figura problemática, que desafiava a idéia de feminidade de ideologia patriarcal dominante e representava um dilema entre o "dever ser" de sua feminidade e o trabalho assalariado.
Emergía assim, com a figura da "mulher trabalhadora", uma oposição antagônica entre a casa e a fábrica, a maternidade e a produtividade, os valores tradicionais e a modernidade imposta pelo capital.
A figura da "mulher trabalhadora" dá origem a um intenso debate entre aqueles que defendiam seu direito à inclusão na produção social, e as pessoas que rejeitaram essa participação com alegaçoes baseadas em posições tanto libertárias como também profundamente sexistas.
Marx e Engels entenderam que se opor a incorporação das mulheres na produção social, citando os males que traz para a sua existência, não é realista: o desenvolvimento industrial arrasa com todos os costumes e valores existentes, as mulheres e as crianças são incorporadas à produção, apesar dos conservadores moralistas e socialistas pequenoburgueses.
Portanto, ante à inevitável incorporação das mulheres na força de trabalho explorada pelo capital, exigiram a sua participação nas organizações de trabalho, nas fileiras proletárias para que não sejam só carne de exploração, mas também sujeitos conscientes na luta pela sua libertação.
Assim, apesar da oposição dos anarquistas, defenderam a organização da Secção Feminina da Associação Internacional dos Trabalhadores, liderada por Elizabeth Dimitrieff, que depois foi enviada como representante à Comuna de Paris, expressando a solidariedade do movimento operario.
Exatamente o contrário do anarquista Proudhon, também da Primeira Internacional, que expressou seus preconceitos mesquinhos quando ele considerou "fatal e estúpido todos os nossos sonhos sobre a emancipação das mulheres, e [recusou] qualquer tipo de direito e iniciativa políticos, [afirmando que] “para as mulheres , a liberdade e o bem-estar consiste apenas no casamento, na maternidade, no trabalho doméstico, na fidelidade ao marido, na castidade e na aposentadoria. "
Proudhon também argumentou que as mulheres tinham apenas dois destinos possíveis: dona de casa ou prostituta e, portanto, se opôs à incorporação das mulheres na produção. Quando a costureira francesa Jeanne Deroin foi indicada como candidata nas eleições de 1849, Proudhon declaurou ela inapta em razão de que os órgãos para alimentar os bebês que possuem as mulheres, não as tornava adequadas para a votação. Jeanne Deroin respondeu a ele, pedindo que lhe mostrasse o órgão masculino que o permitia votar.
Na época da Comuna, em França, as mulheres já tinham uma longa tradição de participação em lutas revolucionárias. Em 1789, durante a grande Revolução Francesa, as mulheres da burguesia haviam assumido reivindicações políticas e de direitos civis, enquanto as mulheres em bairros pobres desempenhavam um papel importante nas manifestações contra a carestia e a fome.
Foram estas primeiras revoltas contra a fome e a participação em lutas revolucionárias que permitiram, as mulheres dos setores populares, a experiência da ação social e política coletiva, quebrando o isolamento da casa.
Junto com a critica ilustrada de um setor das mulheres burguesas e instruìdas, a uma política masculina e burguesa que excluía dos direitos civis às próprias mulheres da classe dominante, serão experiências não ocorriam em vão e isso será mostrado durante o século XIX.
Anos mais tarde, durante a Primavera dos Povos em 1848, se destaca a presença de trabalhadoras, de inspiração socialista e comunista, que reivindicam a igualdade para as mulheres associada com a emancipação de classe, com o superaçao da ordem existente.
Naquele tempo, vigorava em França o Código Civil napoleónico, um dos instrumentos burgueses mais restritivos para o status social das mulheres, uma vez que despojava as mulheres de qualquer direito, submetendo-as inteiramente ao pai ou marido. Não reconhecia as uniões consensuais e os filhos nascidos de tais relações eram considerados bastardos.
As mulheres estavam privadas do direito de voto, enquanto que as trabalhadoras sofriam ainda uma maior exploração nas condições de vida miseráveis. O código estabelecia que as mulheres eram propriedade do marido e seu papel social era unicamente o de ser mãe.
Mas essa experiência na luta de classes na França foi um fundo revolucionário para as mulheres que, em 1871, vêem na Comuna a possibilidade de conquistar uma república social com igualdade de direitos.
Como é sabido, em 1870, o imperador Napoleão III tinha arrastado o país para uma guerra contra o poderoso exército da Prússia. Quando a notícia da derrota da França chegou a Paris, o imperador abdicou e uma república foi fundada, com a criação de um governo de defesa nacional, enquanto que a Prússia iniciou o cerco da capital francesa.
Milhares de parisienses formavam, então, as milícias da Guarda Nacional, onde alguns batalhões compostos principalmente pelos trabalhadores, elegiam os seus próprios funcionários. Quando em março de 1871, a Assembléia Nacional aprova uma paz humilhante, a Guarda Nacional não aceita o desarmamento.
Em 18 de marco de 1871, as mulheres foram as primeiras a dar o alarme de que as tropas do governo tentabam retirar as armas das colinas de Montmartre e desarmar Paris. Se puseram diante das tropas e impediram que as armas fossem retiradas, chamando o proletariado e a Guarda Nacional para defender a cidade.
Assim, começou 140 anos atrás, o gesto heróico do proletariado parisiense: a Comuna de Paris. A comunarda Louise Michel relata: “Eu desci do monte, com a minha espingarda sob o casaco, gritando: Traição! Nós pensávamos morrer pela liberdade. Nos sentíamos como se nossos pés não tocassem o chão. Se morressemos, Paris haveria se erguido. De repente, vi minha mãe perto de mim e eu senti uma terrível ansiedade, inquieta, tinha chegado, e todas as mulheres estavam lá. Interpondo-se entre nós e os militares, as mulheres lançaram-se sobre os canhões e metralhadoras, os soldados permaneceram imóveis. A revolução estava feita.”
A Assembleia Nacional, antes da rebelião de seu próprio exército e do povo de Paris, mudou-se para Versalhes, a fim de submeter, de lá, a capital rebelde. A rebelião do povo de Paris estabeleceu um governo revolucionário comunal, em seguida, instou a comunidade e outras cidades francesas a seguir seu exemplo e a se unir em uma federação.
Levantando uma bandeira vermelha no mastro do conselho, o primeiro governo operario e popular da história, rapidamente decretou a separação entre Igreja e Estado, e declarou de propiedade nacional todos os bens da Igreja, a revogação de todos os funcionarios do governo, a exigência de que os parlamentares não recebessem mais do que o salário de um trabalhador; a supressão do exército regular e sua substituição pelo povo em armas, cancelou os pagamentos de aluguel e proclamou a igualdade de direitos para as mulheres. A Comuna foi um brilhante exemplo de como o proletariado pode cumprir as tarefas democráticas que a burguesía só pode declamar.
Enquanto isso, o executivo acelerou o ataque contra os rebeldes sob o olhar de aprovação dos prussianos.
A resistência da gloriosa Comuna de Paris só podia se quebrar depois de semanas de combates sangrentos, que resultou em uma atroz retaliação e custou milhares de vidas, uma das mais cruéis repressões que registra a história. Morreram mais pessoas durante a última semana de maio do que em todas as batalhas da Guerra Franco-Prussiana, e mais do que em qualquer massacre anterior da história da França.
Mulheres corajosas participaram ardentemente da Comuna, empunhando as armas, resistindo contra a tropas francesas e os prussianas, até que a derrota os impôs a morte em combate, as deportações e as execuções.
As mulheres, como sempre fizeram em todas as batalhas da história, fizeram uniformes, trataram os feridos, deram suprimentos aos soldados. Milhares de mulheres costuravam os sacos para construir barricadas.
Em suma, elas também criaram cooperativas e sindicatos, clubes políticos participaram exigindo direitos iguais e criaram suas próprias organizações como o Comitê das Mulheres de Monitoramento, o Club da Revolução Social e a União das Mulheres para a Defesa do Paris, fundada por membros da Primeira Internacional, influenciada pelo pensamento de Karl Marx.
Mas também, na Comuna, pela primeira vez, cerca de três mil mulheres trabalhavam nas fábricas de armas e munições, construíram barricadas e recolheram as armas dos mortos para continuar lutando e formaram um batalhão feminino da Guarda Nacional, composto por 120 mulheres que lutarou nas barricadas de Paris durante a última semana de resistência da Comuna, quando todos morreram em combate.
Eram trabalhadoras, mulheres de bairros pobres, pequenas comerciantes, professoras, prostitutas e "suburbanas". Estas mulheres organizaram clubes revolucionários, como o Comitê de Vigilancia das Cidadãs e a União das Mulheres para a Defesa de Paris, assim como haviam feito antes das mulheres na Revolução Francesa de 1789. Mas, ao contrário das mulheres que participaram da Grande Revolução, desta vez, as que assim quiseram contaram com as armas que os proletàrios parisienses não as negaram empunhar, como as haviam impedido os revolucionários burgueses.
No início de abril, os jornais publicaram uma chamada na qual as parisienses foram solicitadas a apoiar a luta dos seus maridos e irmãos e também pegar em armas. Foi a chamada de Elizabeth Dmitrieff, representante que a Primeira Internacional enviou a Paris; ela incitou a criar comitês de mulheres em todos os distritos para formar União das Mulheres para a defesa de Paris. Esta organização reivindicou espaço para reuniões comunitárias e dinheiro para publicar panfletos.
A União das Mulheres organizou numerosas assembleias públicas, suas comissões organizavam o fornecimento de alimentos, enviavam ambulâncias e atendiam os feridos.
Quando o governo da Comuna decretou que as oficinas abandonadas deviam se se transformar em cooperativas de trabalhadores, a União das Mulheres exigiu a participação das trabalhadoras: "União de Mulheres requer a Comissão de Trabalho e Comércio do município, organizar e distribuir novamente o trabalho das mulheres em Paris, e instruir o Comitê Central o armamento militar. No entanto, como este trabalho não é suficiente para a massa de trabalhadoras, o comitê central também exige dar as Asociaçoes Produtivas a quantidade de dinheiro necessário para restaurar as fábricas e oficinas que os burgueses deixaram e que abrangem ocupações essencialmente construídas pelas mulheres ".
Entre as mulheres do Clube da Revolução brilha o nome de Louise Michel. Ela nasceu em 1830, era filha natural de uma empregada doméstica parisiense, mas foi educada e se tornou professora. Em sua formatura, ela se recusou a jurar lealdade ao Império e foi forçada a fundar uma escola gratuita para poder ensinar. De acordo com suas convicções, apelou pela educaçao profissional e a criação de orfanatos laicos, que na época era uma inovação difícil de aceitar.
Em 21 de maio, as tropas comandadas por Versalhes, invadiram Paris dando início a Semana Sangrenta. Os testemunhos da época dizem que quando a Comuna caiu, as mulheres, furiosas com o massacre, bateram nos oficiais militares e, em seguida, se atiraram contra as paredes à espera de serem fuziladas.
A proprietária de um restaurante está sendo julgada por ter roubado uma loja de estátuas para igrejas, com o propósito de construir uma barricada. "Você usou as estátuas dos santos para levantar uma barricada?", perguntou o juiz. "Sim, é verdade. Mas as estátuas eram feitas de pedra e os que morreram eram da carne ", disse a comunarda.
Desta época data a lenda das incendiárias, embora as investigações diferem em afirmar se os incêndios que ocorreram em várias partes da cidade foram causados por forças contrarevolucionarias ou se foram as mulheres que resistiram até o último dia nas barricadas as que botaram fogo em Paris, foram elas que pagaram com a deportação, prisão, e sua própria vida, passando para a história como incendiárias. A República se propôs a sufocá-las.
Em Paris, as trabalhadoras e os trabalhadores resistiram ao selvagem e vergonhoso ataque do exército comandado pela burguesia francesa, com quem colaborou o inimigo da Prússia, libertando os prisioneiros de guerra para que eles pudessem se alistar e lutar contra o proletariado francês em armas.
Mulheres e homens da burguesia, que fugiram de Paris diante do poder operario que passou a ameaçar seus privilégios de classe, trabalharam como agentes e informantes do governo repressivo.
Finalmente, quando veio a derrota dos comunardos heróicos, as mulheres da burguesia voltaram para suas casas e andaram pelas ruas de Paris, com alegria pelo retorno da "ordem", molhando, como mostraram algumas gravuras da época, as pontas de seus guarda-chuvas no sangue ainda fresco daqueles homens e mulheres que, tragicamente, tornaram-se mártires.
Louise Michel apresenta-se aos juízes, pedindo-lhes a morte. Como seus irmãos de classe, reinvindica morrer no Campo de Satory, onde, na noite de 27 de maio, milhares foram massacrados pelas tropas de Versalles. Mantém uma atitude heróica ante o tribunal, um exemplo de firmeza e convicção revolucionária, rechaçando os advogados designados, e apresentando sua defesa pessoalmente.
Perante o tribunal que a condenou, disse: "Eu pertenço inteiramente à Revolução Social. Declaro aceitar a responsabilidade por minhas ações. Devo ser excluída da sociedade e os digo a vocês para fazerem isso. Uma vez que, aparentemente, todo coração que bate por liberdade tem direito a um pouco de chumbo, exijo minha parte! Se você me deixar viver, não deixei de clamar por vingança e denunciar, em vingança dos meus irmãos, os assassinos do Comité das Graças ".
Ela acabou sendo deportada por nove anos na colónia penal de Nova Caledônia, onde ensinou os nativos a pensar em liberdade, acompanhando-os em sua rebelião contra o domínio colonial francês.
Quando retorna a Paris, é punida com seis anos de prisão por liderar uma manifestação de desempregados que acabou com as janelas quebradas de padarias e açougues. Na ocasião, ela carregava uma bandeira negra, que mais tarde foi tomada como um símbolo da luta dos anarquistas.
Retomou sua militância: em suas palestras divulgando a idéia de libertação através da revolução social; contra a pena de morte e a favor da greve geral. Entre 1890 e 1895, viveu em Londres onde ela escreveu alguns de seus poemas e de romances e suas memórias da Comuna.
Em Marselha, em 1905, enquanto proferia uma conferencia diante de uma audiência operaria, morreu ela que depois foi chamada de "A Virgem Vermelha". Uma multidão se juntou ao seu cortejo fúnebre.
Mas Louise não era a única mulher que, corajosamente, participou dos dias memoráveis da Comuna de Paris. Podemos também nomear André Léo responsável pela publicação do jornal La Sociale, Beatriz Excoffon, Sophie Poirier e Anna Jaclard, da Comissão das Mulheres para Vigilancia; Marie-Catherine Rigissart, que comandou um batalhão de mulheres, Adelaide Valentin, que chegou ao posto de coronel, e Louise Neckebecker, capitã de companhia, Nathalie Lemel, Aline Jacquier, Marcelle Tinayre, Otavine Tardif e Blanche Lefebvre, fundadoras da União das Mulheres, Josephine Courbois, conhecida como a rainha das barricadas.
Como não é difícil avaliar, a unidade com as mulheres burguesas era impossível nas barricadas. Duas classes se confrontavam abertamente e as mulheres se alinharam de acordo com seus interesses de classe para os dois lados da linha de fogo.
É que no século XIX, as contradições que surgiram no começo durante o século anterior, são exibidos em todas as suas dimensões. O proletariado faz a sua entrada na história como uma classe distinta que se rebela contra a exploração brutal do capital. Como e evidenciado por estas lutas, incluindo centenas de greves, passeatas, sabotagem e revoltas do movimento operário do século XIX, a história do século XX é o colapso daquele frente unica entre burgueses e proletários, que tinham lutado contra o clero e aristocracia constituemdo os estados capitalistas modernos.
O proletariado, que tinha sido aliado da burguesia contra o absolutismo feudal, tornou-se abertamente em potencial inimigo. A burguesia, intimidada pelo medo que inspira o proletariado em armas, agora é impotente para realizar sua missão histórica.
Essa rejeição contra as massas transformou-se em rios de sangue na Comuna de Paris, e não havia como voltar atrás. Neste novo período histórico, como é observado por várias autoras, tanto nas lutas e nas novas formas de organização social, as mulheres trabalhadoras e dos setores populares foram uma vanguarda importante entre as massas que "empurram para a frente "em uma luta que as enfrentava com outras mulheres que haviam sido, outrora, as suas aliadas.
É a acentuação do antagonismo de classe que a frente da luta das mulheres por seus direitos é dividida em duas grandes tendências. Enquanto as mulheres que pertenciam às classes dominantes continuam a se rebelar contra a desigualdade de direitos formais em relação aos homens da mesma classe, mas apenas raramente em solidariedade com as mulheres das classes mais baixas, as mulheres da classe trabalhadora e dos setores populares, empurram fundamentalmente, as lutas da sua classe pelo seus direitos e, neste contexto, reivindicam seus direitos como mulheres.
A significativa participação das mulheres na Comuna de Paris, revolucionou o movimento operário francês, que deixou sua marca antifeminista proudhoniana e começou a ter uma atitude mais aberta com as mulheres politicamente ativas da classe trabalhadora.
Ante cada revolta da classe trabalhadora, em todos os acontecimentos da luta de classes e em todas as partes do mundo, sempre que os explorados enfrentam a opressão, as mulheres ocupam um lugar de vanguarda, como tem fizeram na Comuna de París. É que, tal como dizia o revolucionário Leon Trotsky, quem mais sofreram com o velho são aqueles que lutam com mais fervor pelo novo. Ou, nas palavras da comunarda Louise Michel: "Cuidado com as mulheres quando se sentem enojadas de tudo o que as rodeia e se levantam contra o velho mundo. Nesse dia nascerá o novo mundo."
Desde meados do século dezoito até meados do século dezenove, com a produção artesanal, expande na Europa, o modo de trabalho por peça, feito principalmente pelas mulheres em suas próprias casas, e desenvolve-se rapidamente a indústria têxtil.
Emergía assim, com a figura da "mulher trabalhadora", uma oposição antagônica entre a casa e a fábrica, a maternidade e a produtividade, os valores tradicionais e a modernidade imposta pelo capital.
A figura da "mulher trabalhadora" dá origem a um intenso debate entre aqueles que defendiam seu direito à inclusão na produção social, e as pessoas que rejeitaram essa participação com alegaçoes baseadas em posições tanto libertárias como também profundamente sexistas.
Marx e Engels entenderam que se opor a incorporação das mulheres na produção social, citando os males que traz para a sua existência, não é realista: o desenvolvimento industrial arrasa com todos os costumes e valores existentes, as mulheres e as crianças são incorporadas à produção, apesar dos conservadores moralistas e socialistas pequenoburgueses.
Portanto, ante à inevitável incorporação das mulheres na força de trabalho explorada pelo capital, exigiram a sua participação nas organizações de trabalho, nas fileiras proletárias para que não sejam só carne de exploração, mas também sujeitos conscientes na luta pela sua libertação.
Assim, apesar da oposição dos anarquistas, defenderam a organização da Secção Feminina da Associação Internacional dos Trabalhadores, liderada por Elizabeth Dimitrieff, que depois foi enviada como representante à Comuna de Paris, expressando a solidariedade do movimento operario.
Exatamente o contrário do anarquista Proudhon, também da Primeira Internacional, que expressou seus preconceitos mesquinhos quando ele considerou "fatal e estúpido todos os nossos sonhos sobre a emancipação das mulheres, e [recusou] qualquer tipo de direito e iniciativa políticos, [afirmando que] “para as mulheres , a liberdade e o bem-estar consiste apenas no casamento, na maternidade, no trabalho doméstico, na fidelidade ao marido, na castidade e na aposentadoria. "
Proudhon também argumentou que as mulheres tinham apenas dois destinos possíveis: dona de casa ou prostituta e, portanto, se opôs à incorporação das mulheres na produção. Quando a costureira francesa Jeanne Deroin foi indicada como candidata nas eleições de 1849, Proudhon declaurou ela inapta em razão de que os órgãos para alimentar os bebês que possuem as mulheres, não as tornava adequadas para a votação. Jeanne Deroin respondeu a ele, pedindo que lhe mostrasse o órgão masculino que o permitia votar.
Na época da Comuna, em França, as mulheres já tinham uma longa tradição de participação em lutas revolucionárias. Em 1789, durante a grande Revolução Francesa, as mulheres da burguesia haviam assumido reivindicações políticas e de direitos civis, enquanto as mulheres em bairros pobres desempenhavam um papel importante nas manifestações contra a carestia e a fome.
Foram estas primeiras revoltas contra a fome e a participação em lutas revolucionárias que permitiram, as mulheres dos setores populares, a experiência da ação social e política coletiva, quebrando o isolamento da casa.
Junto com a critica ilustrada de um setor das mulheres burguesas e instruìdas, a uma política masculina e burguesa que excluía dos direitos civis às próprias mulheres da classe dominante, serão experiências não ocorriam em vão e isso será mostrado durante o século XIX.
Anos mais tarde, durante a Primavera dos Povos em 1848, se destaca a presença de trabalhadoras, de inspiração socialista e comunista, que reivindicam a igualdade para as mulheres associada com a emancipação de classe, com o superaçao da ordem existente.
Naquele tempo, vigorava em França o Código Civil napoleónico, um dos instrumentos burgueses mais restritivos para o status social das mulheres, uma vez que despojava as mulheres de qualquer direito, submetendo-as inteiramente ao pai ou marido. Não reconhecia as uniões consensuais e os filhos nascidos de tais relações eram considerados bastardos.
As mulheres estavam privadas do direito de voto, enquanto que as trabalhadoras sofriam ainda uma maior exploração nas condições de vida miseráveis. O código estabelecia que as mulheres eram propriedade do marido e seu papel social era unicamente o de ser mãe.
Mas essa experiência na luta de classes na França foi um fundo revolucionário para as mulheres que, em 1871, vêem na Comuna a possibilidade de conquistar uma república social com igualdade de direitos.
Milhares de parisienses formavam, então, as milícias da Guarda Nacional, onde alguns batalhões compostos principalmente pelos trabalhadores, elegiam os seus próprios funcionários. Quando em março de 1871, a Assembléia Nacional aprova uma paz humilhante, a Guarda Nacional não aceita o desarmamento.
Em 18 de marco de 1871, as mulheres foram as primeiras a dar o alarme de que as tropas do governo tentabam retirar as armas das colinas de Montmartre e desarmar Paris. Se puseram diante das tropas e impediram que as armas fossem retiradas, chamando o proletariado e a Guarda Nacional para defender a cidade.
Assim, começou 140 anos atrás, o gesto heróico do proletariado parisiense: a Comuna de Paris. A comunarda Louise Michel relata: “Eu desci do monte, com a minha espingarda sob o casaco, gritando: Traição! Nós pensávamos morrer pela liberdade. Nos sentíamos como se nossos pés não tocassem o chão. Se morressemos, Paris haveria se erguido. De repente, vi minha mãe perto de mim e eu senti uma terrível ansiedade, inquieta, tinha chegado, e todas as mulheres estavam lá. Interpondo-se entre nós e os militares, as mulheres lançaram-se sobre os canhões e metralhadoras, os soldados permaneceram imóveis. A revolução estava feita.”
A Assembleia Nacional, antes da rebelião de seu próprio exército e do povo de Paris, mudou-se para Versalhes, a fim de submeter, de lá, a capital rebelde. A rebelião do povo de Paris estabeleceu um governo revolucionário comunal, em seguida, instou a comunidade e outras cidades francesas a seguir seu exemplo e a se unir em uma federação.
Levantando uma bandeira vermelha no mastro do conselho, o primeiro governo operario e popular da história, rapidamente decretou a separação entre Igreja e Estado, e declarou de propiedade nacional todos os bens da Igreja, a revogação de todos os funcionarios do governo, a exigência de que os parlamentares não recebessem mais do que o salário de um trabalhador; a supressão do exército regular e sua substituição pelo povo em armas, cancelou os pagamentos de aluguel e proclamou a igualdade de direitos para as mulheres. A Comuna foi um brilhante exemplo de como o proletariado pode cumprir as tarefas democráticas que a burguesía só pode declamar.
Enquanto isso, o executivo acelerou o ataque contra os rebeldes sob o olhar de aprovação dos prussianos.
A resistência da gloriosa Comuna de Paris só podia se quebrar depois de semanas de combates sangrentos, que resultou em uma atroz retaliação e custou milhares de vidas, uma das mais cruéis repressões que registra a história. Morreram mais pessoas durante a última semana de maio do que em todas as batalhas da Guerra Franco-Prussiana, e mais do que em qualquer massacre anterior da história da França.
Mulheres corajosas participaram ardentemente da Comuna, empunhando as armas, resistindo contra a tropas francesas e os prussianas, até que a derrota os impôs a morte em combate, as deportações e as execuções.
As mulheres, como sempre fizeram em todas as batalhas da história, fizeram uniformes, trataram os feridos, deram suprimentos aos soldados. Milhares de mulheres costuravam os sacos para construir barricadas.
Em suma, elas também criaram cooperativas e sindicatos, clubes políticos participaram exigindo direitos iguais e criaram suas próprias organizações como o Comitê das Mulheres de Monitoramento, o Club da Revolução Social e a União das Mulheres para a Defesa do Paris, fundada por membros da Primeira Internacional, influenciada pelo pensamento de Karl Marx.
Mas também, na Comuna, pela primeira vez, cerca de três mil mulheres trabalhavam nas fábricas de armas e munições, construíram barricadas e recolheram as armas dos mortos para continuar lutando e formaram um batalhão feminino da Guarda Nacional, composto por 120 mulheres que lutarou nas barricadas de Paris durante a última semana de resistência da Comuna, quando todos morreram em combate.
Eram trabalhadoras, mulheres de bairros pobres, pequenas comerciantes, professoras, prostitutas e "suburbanas". Estas mulheres organizaram clubes revolucionários, como o Comitê de Vigilancia das Cidadãs e a União das Mulheres para a Defesa de Paris, assim como haviam feito antes das mulheres na Revolução Francesa de 1789. Mas, ao contrário das mulheres que participaram da Grande Revolução, desta vez, as que assim quiseram contaram com as armas que os proletàrios parisienses não as negaram empunhar, como as haviam impedido os revolucionários burgueses.
No início de abril, os jornais publicaram uma chamada na qual as parisienses foram solicitadas a apoiar a luta dos seus maridos e irmãos e também pegar em armas. Foi a chamada de Elizabeth Dmitrieff, representante que a Primeira Internacional enviou a Paris; ela incitou a criar comitês de mulheres em todos os distritos para formar União das Mulheres para a defesa de Paris. Esta organização reivindicou espaço para reuniões comunitárias e dinheiro para publicar panfletos.
A União das Mulheres organizou numerosas assembleias públicas, suas comissões organizavam o fornecimento de alimentos, enviavam ambulâncias e atendiam os feridos.
Quando o governo da Comuna decretou que as oficinas abandonadas deviam se se transformar em cooperativas de trabalhadores, a União das Mulheres exigiu a participação das trabalhadoras: "União de Mulheres requer a Comissão de Trabalho e Comércio do município, organizar e distribuir novamente o trabalho das mulheres em Paris, e instruir o Comitê Central o armamento militar. No entanto, como este trabalho não é suficiente para a massa de trabalhadoras, o comitê central também exige dar as Asociaçoes Produtivas a quantidade de dinheiro necessário para restaurar as fábricas e oficinas que os burgueses deixaram e que abrangem ocupações essencialmente construídas pelas mulheres ".
Entre as mulheres do Clube da Revolução brilha o nome de Louise Michel. Ela nasceu em 1830, era filha natural de uma empregada doméstica parisiense, mas foi educada e se tornou professora. Em sua formatura, ela se recusou a jurar lealdade ao Império e foi forçada a fundar uma escola gratuita para poder ensinar. De acordo com suas convicções, apelou pela educaçao profissional e a criação de orfanatos laicos, que na época era uma inovação difícil de aceitar.
Em 21 de maio, as tropas comandadas por Versalhes, invadiram Paris dando início a Semana Sangrenta. Os testemunhos da época dizem que quando a Comuna caiu, as mulheres, furiosas com o massacre, bateram nos oficiais militares e, em seguida, se atiraram contra as paredes à espera de serem fuziladas.
A proprietária de um restaurante está sendo julgada por ter roubado uma loja de estátuas para igrejas, com o propósito de construir uma barricada. "Você usou as estátuas dos santos para levantar uma barricada?", perguntou o juiz. "Sim, é verdade. Mas as estátuas eram feitas de pedra e os que morreram eram da carne ", disse a comunarda.
Desta época data a lenda das incendiárias, embora as investigações diferem em afirmar se os incêndios que ocorreram em várias partes da cidade foram causados por forças contrarevolucionarias ou se foram as mulheres que resistiram até o último dia nas barricadas as que botaram fogo em Paris, foram elas que pagaram com a deportação, prisão, e sua própria vida, passando para a história como incendiárias. A República se propôs a sufocá-las.
Em Paris, as trabalhadoras e os trabalhadores resistiram ao selvagem e vergonhoso ataque do exército comandado pela burguesia francesa, com quem colaborou o inimigo da Prússia, libertando os prisioneiros de guerra para que eles pudessem se alistar e lutar contra o proletariado francês em armas.
Mulheres e homens da burguesia, que fugiram de Paris diante do poder operario que passou a ameaçar seus privilégios de classe, trabalharam como agentes e informantes do governo repressivo.
Finalmente, quando veio a derrota dos comunardos heróicos, as mulheres da burguesia voltaram para suas casas e andaram pelas ruas de Paris, com alegria pelo retorno da "ordem", molhando, como mostraram algumas gravuras da época, as pontas de seus guarda-chuvas no sangue ainda fresco daqueles homens e mulheres que, tragicamente, tornaram-se mártires.
Louise Michel apresenta-se aos juízes, pedindo-lhes a morte. Como seus irmãos de classe, reinvindica morrer no Campo de Satory, onde, na noite de 27 de maio, milhares foram massacrados pelas tropas de Versalles. Mantém uma atitude heróica ante o tribunal, um exemplo de firmeza e convicção revolucionária, rechaçando os advogados designados, e apresentando sua defesa pessoalmente.
Perante o tribunal que a condenou, disse: "Eu pertenço inteiramente à Revolução Social. Declaro aceitar a responsabilidade por minhas ações. Devo ser excluída da sociedade e os digo a vocês para fazerem isso. Uma vez que, aparentemente, todo coração que bate por liberdade tem direito a um pouco de chumbo, exijo minha parte! Se você me deixar viver, não deixei de clamar por vingança e denunciar, em vingança dos meus irmãos, os assassinos do Comité das Graças ".
Ela acabou sendo deportada por nove anos na colónia penal de Nova Caledônia, onde ensinou os nativos a pensar em liberdade, acompanhando-os em sua rebelião contra o domínio colonial francês.
Quando retorna a Paris, é punida com seis anos de prisão por liderar uma manifestação de desempregados que acabou com as janelas quebradas de padarias e açougues. Na ocasião, ela carregava uma bandeira negra, que mais tarde foi tomada como um símbolo da luta dos anarquistas.
Retomou sua militância: em suas palestras divulgando a idéia de libertação através da revolução social; contra a pena de morte e a favor da greve geral. Entre 1890 e 1895, viveu em Londres onde ela escreveu alguns de seus poemas e de romances e suas memórias da Comuna.
Em Marselha, em 1905, enquanto proferia uma conferencia diante de uma audiência operaria, morreu ela que depois foi chamada de "A Virgem Vermelha". Uma multidão se juntou ao seu cortejo fúnebre.
Mas Louise não era a única mulher que, corajosamente, participou dos dias memoráveis da Comuna de Paris. Podemos também nomear André Léo responsável pela publicação do jornal La Sociale, Beatriz Excoffon, Sophie Poirier e Anna Jaclard, da Comissão das Mulheres para Vigilancia; Marie-Catherine Rigissart, que comandou um batalhão de mulheres, Adelaide Valentin, que chegou ao posto de coronel, e Louise Neckebecker, capitã de companhia, Nathalie Lemel, Aline Jacquier, Marcelle Tinayre, Otavine Tardif e Blanche Lefebvre, fundadoras da União das Mulheres, Josephine Courbois, conhecida como a rainha das barricadas.
Como não é difícil avaliar, a unidade com as mulheres burguesas era impossível nas barricadas. Duas classes se confrontavam abertamente e as mulheres se alinharam de acordo com seus interesses de classe para os dois lados da linha de fogo.
É que no século XIX, as contradições que surgiram no começo durante o século anterior, são exibidos em todas as suas dimensões. O proletariado faz a sua entrada na história como uma classe distinta que se rebela contra a exploração brutal do capital. Como e evidenciado por estas lutas, incluindo centenas de greves, passeatas, sabotagem e revoltas do movimento operário do século XIX, a história do século XX é o colapso daquele frente unica entre burgueses e proletários, que tinham lutado contra o clero e aristocracia constituemdo os estados capitalistas modernos.
O proletariado, que tinha sido aliado da burguesia contra o absolutismo feudal, tornou-se abertamente em potencial inimigo. A burguesia, intimidada pelo medo que inspira o proletariado em armas, agora é impotente para realizar sua missão histórica.
Essa rejeição contra as massas transformou-se em rios de sangue na Comuna de Paris, e não havia como voltar atrás. Neste novo período histórico, como é observado por várias autoras, tanto nas lutas e nas novas formas de organização social, as mulheres trabalhadoras e dos setores populares foram uma vanguarda importante entre as massas que "empurram para a frente "em uma luta que as enfrentava com outras mulheres que haviam sido, outrora, as suas aliadas.
É a acentuação do antagonismo de classe que a frente da luta das mulheres por seus direitos é dividida em duas grandes tendências. Enquanto as mulheres que pertenciam às classes dominantes continuam a se rebelar contra a desigualdade de direitos formais em relação aos homens da mesma classe, mas apenas raramente em solidariedade com as mulheres das classes mais baixas, as mulheres da classe trabalhadora e dos setores populares, empurram fundamentalmente, as lutas da sua classe pelo seus direitos e, neste contexto, reivindicam seus direitos como mulheres.
A significativa participação das mulheres na Comuna de Paris, revolucionou o movimento operário francês, que deixou sua marca antifeminista proudhoniana e começou a ter uma atitude mais aberta com as mulheres politicamente ativas da classe trabalhadora.
Ante cada revolta da classe trabalhadora, em todos os acontecimentos da luta de classes e em todas as partes do mundo, sempre que os explorados enfrentam a opressão, as mulheres ocupam um lugar de vanguarda, como tem fizeram na Comuna de París. É que, tal como dizia o revolucionário Leon Trotsky, quem mais sofreram com o velho são aqueles que lutam com mais fervor pelo novo. Ou, nas palavras da comunarda Louise Michel: "Cuidado com as mulheres quando se sentem enojadas de tudo o que as rodeia e se levantam contra o velho mundo. Nesse dia nascerá o novo mundo."
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25/4/11
“Este libro nos muestra que el mundo atrasa cien años”
En la 37º Feria del Libro, ante un auditorio colmado por más de doscientas personas, la agrupación de mujeres Pan y Rosas y Ediciones IPS presentaron la coedición en castellano de La mujer, el Estado y la revolución, de la historiadora norteamericana Wendy Z. Goldman.
Christian Castillo, director del Instituto del Pensamiento Socialista (IPS) y dirigente del PTS planteó que “al recrear el libro las medidas tomadas por los bolcheviques en los primeros años de la revolución y las ideas que defendían, y si las comparamos con los valores hoy prevalecientes, podríamos decir que el mundo atrasa cien años. No sólo en lo que hace al cuestionamiento de la opresión de la mujer en el seno de la familia burguesa sino en la forma de tratar a los niños, con métodos pedagógicos revolucionarios, completamente de avanzada”. Y luego agregó que “con la edición de este trabajo queremos colaborar a recuperar una historia que el burocratismo stalinista hizo que fuera dejada de lado. Su importancia no es sólo para reconstruir el pasado sino sobre todo por nuestra lucha presente y futura, que debe incluir la disputa contra los valores y costumbres impuestos por la clase dominante y su cultura”.
Desde una pantalla de video, Wendy Goldman destacó que en todos los momentos revolucionarios de la historia se pone en cuestionamiento el orden de la vida privada, tal como sucedió en la Revolución Rusa de 1917 y también en los años ’70, cuando siendo estudiante comenzó a reflexionar sobre el amor libre, la liberación sexual y la emancipación femenina. Posteriormente, Andrea D’Atri –fundadora de Pan y Rosas y autora del prólogo a esta edición- se refirió a la incorporación de las mujeres al trabajo asalariado, la socialización del trabajo doméstico, la extinción de la familia y el amor libre, los cuatro pilares programáticos en los que se fundaba la emancipación de las mujeres para el bolchevismo. Para finalizar, interpeló a la militancia de la izquierda marxista diciendo que este libro “nos permite asomarnos a esa visión ambiciosa, creativa, rupturista, de vanguardia, de los líderes bolcheviques de hace un siglo atrás. Y pensar, un siglo después, si los revolucionarios de hoy somos capaces de crear un ámbito de reflexión y construcción de relaciones más libres, comprometidas y diversas que cuestionen la naturalización que hace la sociedad burguesa de la opresión de las mujeres, la discriminación de las personas que no se ajustan a la heterosexualidad normativa, la marginación de quienes construyen otras formas de relaciones interpersonales que no se amoldan a la pareja convencional.”
Christian Castillo, director del Instituto del Pensamiento Socialista (IPS) y dirigente del PTS planteó que “al recrear el libro las medidas tomadas por los bolcheviques en los primeros años de la revolución y las ideas que defendían, y si las comparamos con los valores hoy prevalecientes, podríamos decir que el mundo atrasa cien años. No sólo en lo que hace al cuestionamiento de la opresión de la mujer en el seno de la familia burguesa sino en la forma de tratar a los niños, con métodos pedagógicos revolucionarios, completamente de avanzada”. Y luego agregó que “con la edición de este trabajo queremos colaborar a recuperar una historia que el burocratismo stalinista hizo que fuera dejada de lado. Su importancia no es sólo para reconstruir el pasado sino sobre todo por nuestra lucha presente y futura, que debe incluir la disputa contra los valores y costumbres impuestos por la clase dominante y su cultura”.
Desde una pantalla de video, Wendy Goldman destacó que en todos los momentos revolucionarios de la historia se pone en cuestionamiento el orden de la vida privada, tal como sucedió en la Revolución Rusa de 1917 y también en los años ’70, cuando siendo estudiante comenzó a reflexionar sobre el amor libre, la liberación sexual y la emancipación femenina. Posteriormente, Andrea D’Atri –fundadora de Pan y Rosas y autora del prólogo a esta edición- se refirió a la incorporación de las mujeres al trabajo asalariado, la socialización del trabajo doméstico, la extinción de la familia y el amor libre, los cuatro pilares programáticos en los que se fundaba la emancipación de las mujeres para el bolchevismo. Para finalizar, interpeló a la militancia de la izquierda marxista diciendo que este libro “nos permite asomarnos a esa visión ambiciosa, creativa, rupturista, de vanguardia, de los líderes bolcheviques de hace un siglo atrás. Y pensar, un siglo después, si los revolucionarios de hoy somos capaces de crear un ámbito de reflexión y construcción de relaciones más libres, comprometidas y diversas que cuestionen la naturalización que hace la sociedad burguesa de la opresión de las mujeres, la discriminación de las personas que no se ajustan a la heterosexualidad normativa, la marginación de quienes construyen otras formas de relaciones interpersonales que no se amoldan a la pareja convencional.”
LA MUJER, EL ESTADO Y LA REVOLUCIÓN Y OTROS TÍTULOS DE EDICIONES IPS SE ENCUENTRAN EN STAND 424 - BIBLIODIVERSIDAD PABELLÓN AZUL, CALLE 7
37º FERIA DEL LIBRO
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11/4/11
1/4/11
Las luchas de las mujeres: del genocidio al femicidio
El pasado 30 de marzo, estuvimos con las compañeras feministas de Las Azucenas, compartiendo un panel organizado por la Comisión de Género y DDHH del Colegio de Trabajadores Sociales de La Plata. Agradecemos la invitación a debatir, en el mes en que se conmemora el Día Internacional de la Mujer y también el aniversario del golpe de Estado en Argentina, en la mesa que las organizadoras titularon: Las luchas de las mujeres: del genocidio al femicidio. A continuación, transcribo mi ponencia en dicho panel.La política ideológica hacia la mujer de la dictadura militar se centraba en la exacerbación de los roles estereotipados de género existentes en la sociedad capitalista patriarcal: se exaltaron sus funciones reproductivas y domésticas, como madres y esposas, relegando a las mujeres al espacio privado, pero otorgándoles supremacía en tanto garantes de la unidad familiar, como “célula básica de la sociedad”. La dictadura exacerbó el modelo dicotómico de género: virgen santa o prostituta, resignificado en la oposición del modelo mariano representado en la Virgen de Luján y otras contra el modelo de la mujer subversiva que transgredía la supuesta esencia femenina y el verdadero rol social de la mujer como madre vigilante y esposa obediente y abnegada, garante de la integridad familiar y convertida en agente promotora de los valores nacionalistas y patriarcales impuestos por el Estado.
Pero ya anteriormente, durante el gobierno de María Estela Martínez de Perón se había limitado el derecho a la anticoncepción. Mientras en los países centrales se conquista el derecho al aborto como consecuencia de las movilizaciones y reclamos del movimiento de mujeres, el Ministro de Salud y Acción Social argentino, José López Rega, promulga, en 1974, el Decreto Nº 659 que dispone controlar, mediante el expendio obligatorio de receta médica, la comercialización de anticonceptivos. Además, se impidió la prestación de servicios de planificación familiar en los hospitales públicos, con la consecuencia de que sólo los sectores de la población con acceso a la medicina privada contaron con atención especializada en materia de anticoncepción, mientras las clases trabajadoras y los sectores populares quedaron prácticamente desprotegidos.
La dictadura continuó con esta prédica: en 1977, la junta militar promulga el Decreto Nº 3.938 “Objetivos y Políticas Nacionales de Población”, en el que se señala que “el bajo crecimiento demográfico y la distorsionada distribución geográfica de la población constituyen obstáculos para la realización plena de la Nación, para alcanzar el objetivo de ‘Argentina-Potencia’ para salvaguardar la Seguridad Nacional.” También se propone otorgar incentivos para la protección de la familia y eliminar las actividades que promuevan el control de la natalidad. Recién en 1987 se deroga el decreto de López Rega.
Sin embargo, tuvieron que pasar 8 años más para que la Cámara de Diputados tratara la ley de salud reproductiva que incluía la provisión de servicios gratuitos en los hospitales público y que bajo la presión de la Iglesia se aprobó con modificaciones y con el nombre de Ley de Procreación Responsable. Sin embargo, cuando pasó a la Cámara de Senadores, se dejó vencer el plazo para su tratamiento y quedó sin efecto su sanción, volviendo a foja cero. Mientras tanto, el Vaticano renovaba su cruzada contra el derecho al aborto, imponiendo el Día del Niño por Nacer, que se instituyó en Argentina bajo el gobierno de Menem y que hoy, bajo la presidencia de Cristina Kirchner sigue vigente y fue conmemorado, como cada año, el 25 de marzo, es decir, al día siguiente del aniversario del golpe de Estado.
Volviendo al modelo impuesto por la dictadura, tenemos que decir que, frente a él, las mujeres militantes –es decir, que tenían una actividad en el ámbito público, pero además con la intención de subvertir el orden social- serán consideradas como elementos transgresores altamente peligrosos, no sólo por su propia actividad militante contra el orden establecido, sino en tanto encarnaban una ruptura con los roles de género tradicionales. Esto es lo que explica por qué, el terrorismo de Estado incluyó objetivos y métodos que podríamos describir como de “disciplinamiento de género”, dando lugar a una violencia política con características específicas contra las mujeres, que incluyó la violencia sexual como uno de sus aspectos más brutales y significativos.
Cuando comenzaron las denuncias del terrorismo de Estado, la violencia sexual quedó invisibilizada en el conjunto de los métodos de tortura y vejaciones sufridas por hombres y mujeres. La abogada Myriam Bregman del Centro de Profesionales por los Derechos Humanos que, con el Colectivo Justicia YA! fue querellante en el juicio contra el represor Miguel Etchecolatz, aquí en La Plata, señala que la violencia sexual implementada como parte del terrorismo de Estado, debería integrarse en la figura de genocidio. Es decir, como un elemento fundamental de un plan sistemático de exterminio, llevado a cabo por las Fuerzas Armadas y de Seguridad, con el auspicio y la colaboración del empresariado y la Iglesia, que se propuso aniquilar a la clase trabajadora y los sectores populares que constituían un obstáculo para su propósito de reestructuración económica, social, política, gremial y cultural del país.
Podemos decir, entonces, que las violaciones de mujeres prisioneras y detenidas-desaparecidas en los centros clandestinos fue una forma específica y generalizada de tortura que se constituyó en una política institucional de género de la dictadura, que acompañaba –como disciplinador- el discurso dominante que reforzaba los roles tradicionales de género propagandizados por el Estado, el sistema educativo, la Iglesia y los medios. Mientras la violación de los varones operaba como destituyente de la masculinidad del “enemigo”, transformándolo en subordinado, la violación de las mujeres simboliza la ocupación del territorio, la soberanía de los dominantes.
Este disciplinamiento que intenta “encausar” a las mujeres en los roles socialmente establecidos es el mismo que opera detrás de todas las formas de violencia de género: “Estamos viviendo un alto grado de terror. Además de fobias, padecemos tensión y angustia. La verdad es que estamos durmiendo con el enemigo: es lo peor que nos podía pasar.” Eso decía una mujer de Cipolletti después del segundo triple crimen cometido contra mujeres, en menos de cinco años, en aquella localidad. ¿Por qué una mujer que no tenía relación alguna con las mujeres víctimas del triple crimen se expresaba de esta manera? Porque en los casos de violencia contra las mujeres, las huellas de la agresión son una advertencia a las otras mujeres.
Disciplinar, silenciar, controlar es el mensaje dirigido a las otras mujeres que observan estos crímenes aterrorizadas. Mujeres que “deben aprender” la lección que el criminal deja estampada en el cuerpo de la víctima, como las mujeres campesinas de la Edad Media, que eran sometidas a presenciar la quema de brujas (esas otras mujeres que sabían curar, ayudaban en los partos y en la prevención de embarazos a los pobres, algo que la Iglesia y las clases dominantes no estaban dispuestos a permitir). Demostrar -por la fuerza brutal, el ensañamiento, la furia y el crimen- que las mujeres deben mantenerse recluidas en su hogar, protegidas por otros varones, sometidas a una vida opresiva para no sufrir el castigo que han pagado con sus vidas las que se atrevieron a desafiar el orden socialmente establecido para los sexos.
A diferencia de otros casos de violencia interpersonal, la violencia contra las mujeres es una violencia estructural porque parte de esas normas socio-culturales. Mientras otros casos de violencia tienen su origen en la marginalidad (drogas, robos, delincuencia) y actúan desestabilizando y atacando el orden establecido, la violencia estructural hacia las mujeres actúa, por el contrario, como un elemento que contribuye a mantener un determinado orden, en el que las mujeres permanecen oprimidas. Por eso nos negamos a denominarla “violencia doméstica”, ya que ese nombre invisibiliza que no se trata de una violencia “individual”, específica del ámbito privado, sino que es estructural para una sociedad que reproduce y legitima institucional y culturalmente la subordinación y opresión de las mujeres.
¿Y qué más que parecido, hoy, a un funesto femicidio perpetrado por el Estado y alentado por la Iglesia, que la muerte de más de 300 mujeres jóvenes y pobres, cada año, en Argentina, por las consecuencias del aborto clandestino? Un derecho democrático elemental, como es el de la interrupción voluntaria del embarazo, prohibido para las mujeres argentinas desde antes y durante la dictadura militar, pero que continúa vedado hasta nuestros días.
“Hemos decidido seguir apostando a la vida”... ¿Creen acaso que son las palabras del obispo Aguer o del cardenal Bergoglio? No, son las palabras con las que Cristina Kirchner presentó la extensión de la asignación universal por hijo a las mujeres embarazadas. El mismo lenguaje que la Iglesia: apostar a la vida y considerar que un embarazo es ya un hijo, dos cuestiones largamente discutidas y deconstruidas por el movimiento de mujeres y el feminismo. Pero Argentina, tiene el índice más alto de abortos del continente, que incluso aumentó a pesar del programa de salud reproductiva que brindaría acceso gratuito a la anticoncepción. Medio millón de abortos anuales, practicados en clandestinidad que llevan a la muerte, como ya dijimos, a más de 300 mujeres cada año... estimativamente, más de 2400 mujeres muertas innecesariamente bajo estos 8 años de gobierno kirchnerista, por la negativa a despenalizar y legalizar el aborto de quienes hablan en nombre de las “compañeras de género” y contaron, durante muchos años, con mayoría automática parlamentaria. Por eso, exigimos la inmediata aprobación del proyecto de ley presentado por la Campaña Nacional por el Derecho al Aborto e insistimos en que el movimiento de mujeres y todas las organizaciones feministas, sociales y políticas que apoyamos este justo reclamo debemos movilizarnos hasta conseguir que la ley se apruebe sin dilaciones. A riesgo de ser estigmatizadas bajo la ridícula imputación seis-siete-ochesca de “hacerle el juego a la derecha”, no renunciamos a la exigencia de que no haya más muertas por abortos clandestinos. No renunciamos a nuestro derecho a decidir.
Tanto la lucha contra la violencia hacia las mujeres, como la lucha por el derecho al aborto, consideramos que encierran esta perspectiva que va más allá del justo reclamo por el derecho a una vida libre de violencia y por el derecho democrático elemental a decidir sobre la propia vida y el propio cuerpo. Porque incluyen un cuestionamiento a la asimetría de género establecida milenariamente por el sistema patriarcal, reapropiada, legitimada, justificada y reproducida hasta nuestros días por todos los modos de producción basados en la explotación de clase, donde las mujeres y lo femenino, están subordinadas a los hombres y lo masculino. La violencia actúa como un mecanismo coercitivo que, junto con otros mecanismos de consenso, naturaliza la norma social e invisibiliza la construcción histórica de la asignación de funciones propias e inmanentes de los géneros. Roles que son resultado, efecto, de esta naturalización de las relaciones de opresión y al mismo tiempo, un dispositivo para su perpetuación.
La dictadura militar no hizo más que exacerbar hasta límites inauditos esta ideología y política de género, con sus correspondientes mecanismos de control y coerción, transformados en violencia sexual sistemática contra las mujeres que transgredieran las normas establecidas. Pero esas normas que señalan, indican, establecen –y castigan con feroz violencia a quienes las desobedecen- qué es ser una mujer, siguen operando a través de la violencia sistémica contra las mujeres, donde incluimos también la prohibición impuesta por el Estado (con el aval de la Iglesia y sectores derechistas) de la interrupción voluntaria del embarazo.
Por eso, reducir la lucha de las mujeres por sus derechos a una búsqueda de equidad o igualdad legal, es lo verdaderamente utópico, en tanto sigan existiendo las relaciones sociales de producción basadas en la explotación y las relaciones sociales de reproducción basadas en la opresión de las mujeres. Lo realista, para quien decida luchar por la emancipación total y definitiva de todas las formas de opresión, es acabar con el modo de producción capitalista que, como dijera la revolucionaria Rosa Luxemburgo, es un un sistema de discriminación en la explotación y a lo que podría añadirse, de explotación sistemática de toda forma de discriminación. Esa es nuestra perspectiva. La de quienes no pedimos, sino que exigimos, no sólo nuestro derecho al pan, sino también a las rosas.
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