17/6/02

Hogueras del Siglo XXI

“Estamos viviendo un alto grado de terror. Además de fobias, padecemos tensión y angustia. La verdad es que estamos durmiendo con el enemigo: es lo peor que nos podía pasar.”[1] Con estas palabras, una mujer de Cipolletti describía la situación por la que atravesaban los habitantes de esa localidad después del segundo triple crimen cometido contra mujeres, en menos de cinco años.
Más allá de las hipótesis policiales sobre un supuesto psicópata o un asesino serial o un asesino múltiple, lo cierto es que hay algo que se repite indiscutiblemente: todas las víctimas son mujeres. Mientras las estadísticas señalan que el 90% de los asesinos seriales son varones.
En países como México, por ejemplo, aún hoy siguen reclamando por los 268 asesinatos de mujeres de Ciudad Juárez, en la frontera con los EE.UU., la mayoría sin esclarecer. En ese caso, las mujeres asesinadas eran trabajadoras de las maquilas, jóvenes y migrantes. Casi todas fueron halladas con signos de abusos, torturas, violación y mutilación.
Violencia conyugal, violaciones, mutilaciones genitales, tráfico sexual, crímenes de honor conforman una larga lista de los crímenes que se cometen diariamente en el mundo contra las mujeres.
Entre un 20% y un 50% de las mujeres del mundo sufre en diversa medida la violencia familiar y una de cada diez mujeres es objeto de una violación a lo largo de su vida.
Se calcula que entre 9 y 40 millones de niñas y mujeres se encuentran atrapadas en el negocio del tráfico sexual que reditúa, cada año, más de 52.000 millones de dólares a sus explotadores que las venden a futuros esposos, proxenetas o comerciantes de esclavas.
La violencia contra las mujeres es un hecho que las feministas han puesto en evidencia ya hace mucho tiempo. Si antes no se visibilizaba es porque la violencia de género está basada en una construcción cultural que condena a las mujeres y justifica la violencia de los varones de diversas maneras. Para el especialista Miguel Acosta, la causa fundamental de la agresión a la mujer debe buscarse en “las normas, valores, principios y creencias de nuestra sociedad, en ese contexto socio-cultural androcéntrico que sitúa a la mujer en una posición de inferioridad con respecto al hombre y otorga papeles diferentes a uno y a otra, entre ellos el del control de la mujer al hombre y del sometimiento a él de la mujer, todo lo cual determina, facilita y permite la adopción de determinados mecanismos de control que pueden llegar, y llegan, hasta la violencia.”[2]
A diferencia de otros casos de violencia interpersonal, la violencia contra las mujeres es una violencia estructural porque parte de esas normas socio-culturales que determinan el orden establecido. Mientras otros casos de violencia tienen su origen en la marginalidad (drogas, robos, delincuencia) y actúan desestabilizando y atacando el orden establecido, la violencia estructural hacia las mujeres actúa como un elemento que contribuye a mantener un determinado orden, en el que las mujeres permanecen oprimidas.
En los casos de violencia contra las mujeres, las huellas de la agresión son una advertencia a las otras mujeres no agredidas. ¿Qué dicen esos mensajes transmitidos en heridas punzantes, magullones, golpes, cicatrices? Disciplinar, silenciar, controlar parecieran ser los mensajes dirigidos a las otras mujeres que observan estos crímenes aterrorizadas. Mujeres que “deben aprender” la lección que el criminal deja estampada en el cuerpo de la víctima, como las mujeres campesinas de la Edad Media, sometidas a presenciar la quema de brujas (esas otras mujeres que sabían curar, ayudaban en los partos y en la prevención de embarazos a los pobres, algo que la Iglesia y las clases dominantes no estaban dispuestos a permitir). Demostrar -por la fuerza brutal, el ensañamiento, la furia y el crimen- que las mujeres deben mantenerse recluidas en su hogar, protegidas por otros varones, sometidas a una vida opresiva para no sufrir el castigo que han pagado con sus vidas las que se atrevieron a desafiar el orden socialmente establecido para los sexos.

[1] Diario Río Negro; 25/05/02
[2] Miguel Acosta: “La violencia hacia las mujeres: un problema social”, s/r