5/3/04

Reforma o Revolución

Ponencia presentada en el Foro Debate Homenaje a Rosa Luxemburgo en el aniversario de su nacimiento y a 85 años de su asesinato realizado en el Centro Cultural Rosa Luxemburgo, Bs. As., con la participación de Néstor Kohan


En enero se cumplieron 85 años del vil asesinato de la revolucionaria Rosa Luxemburgo. Hoy, 5 de marzo es el aniversario de su nacimiento y en pocos días se conmemora el Día Internacional de la Mujer, una fecha instituida por Clara Zetkin, su amiga y compañera política en el enfrentamiento común a la traición de la dirección socialdemócrata frente a la Iº guerra mundial.

Fechas que, en este homenaje que queremos hacerle, se cruzan definiendo una identidad particular: Rosa Luxemburgo, una pequeña gigante; nacida polaca pero internacionalista por convicción; una de las más grandes dirigentes mujeres –sino la más grande- del proletariado revolucionario que se negó, pícaramente, a dedicarse a las tareas de organizar la sección femenina del partido y sin embargo, participó en los Congresos Internacionales de Mujeres Socialistas intentando convencer a las mujeres socialdemócratas de su punto de vista sobre la guerra mundial y sus críticas al rumbo que tomaba la dirección del partido frente a estos acontecimientos.

Defendiendo la memoria de Rosa Luxemburgo de las falsificaciones del stalinismo, Trotsky, señaló que Rosa era una bandera de la revolución proletaria.

Y no podía ser de otra manera: toda su vida y su trágica muerte fueron signados por los avatares de la revolución proletaria en Europa.

Nació el 5 de marzo de 1871, dos semanas antes que el proletariado de Paris tomara el cielo por asalto y proclamara la Comuna, y murió asesinada por las manos contrarrevolucionarias de la socialdemocracia que ponía su esfuerzo en impedir, bloquear, destruir y eliminar la revolución en Alemania, poco más de un año después de la Revolución Rusa, en enero de 1919.

Por eso, en relación a Rosa Luxemburgo, la pregunta ¿Reforma o revolución? es una pregunta retórica. Una pregunta para la que su vida misma es respuesta y demuestra cabalmente cuál fue su opción inexorable.

Rosa está del lado de la revolución y éste será el espíritu central de todos sus escritos teóricos, sus artículos, sus discursos y su práctica militante.

Porque la revolución animaba su pensamiento y su acción es que, aún con diferencias, aún habiendo recibido críticas de su parte y tener críticas a algunos de sus planteamientos, Lenin dijo que se trataba de un águila.

En ocasión en que un enemigo político de la IIIº Internacional fundada por Lenin quiso usar algunos artículos de Rosa Luxemburgo en su contra, Lenin respondió: “en ocasiones, las águilas vuelan más bajo que las gallinas, pero éstas jamás podrán elevarse a la altura de las águilas. (...) A pesar de todas sus equivocaciones, Rosa Luxemburgo fue y seguirá siendo un águila; y no sólo su memoria será siempre valiosa para todos los comunistas, sino que su biografía y la edición de sus obras completas serán también lecciones utilísimas en la educación de muchas generaciones de comunistas del mundo entero.”

Jamás hubo, a pesar de las discrepancias políticas, insultos de Lenin o Trotsky hacia una de sus críticas más incisivas. No por sostener puntos de vista diferentes, repudiaron a Rosa Luxemburgo, ya que siempre la consideraron profunda y honestamente revolucionaria.

Como señala Trotsky en su artículo “Fuera las manos de Rosa Luxemburgo”, en relación a las discrepancias entre Luxemburgo y Lenin “los desacuerdos, pese a su extrema aspereza ocasional y a su importancia, se basaban sobre la política proletaria revolucionaria común a ambos.”

Hubo quienes, sin embargo, se refirieron a Rosa con palabras como éstas: “La perra rabiosa aún causará mucho daño, tanto más teniendo en cuenta que es lista como un mono” (Carta de Adler a Bebel, 1910)

O como éstas: “Con todos los chorros de veneno de esa condenada mujer, yo no quisiera que no estuviese en el partido” (Carta de Bebel a Adler, 1910)

Incluso debido a su fogosidad en las encendidas polémicas que entablaba con los jefes de la socialdemocracia y sus críticas agudas y punzantes, hubo quien llegó a concluir: “Hay algo raro en las mujeres. Si sus parcialidades o pasiones o vanidades entran en escena y no se les da consideración o, ya no digamos, son desdeñadas, entonces hasta la más inteligente de ellas se sale del rebaño y se vuelve hostil hasta el punto del absurdo. Amor y odio están uno al lado del otro y no hay una razón reguladora”. (Carta de Bebel a Kautsky, 1910)

Ninguno de esos epítetos surgió de la boca o de la pluma de los “bolcheviques” cuestionados por Rosa Luxemburgo, sino de los propios jefes de la socialdemocracia alemana a la que Rosa pertenecía.

La perra rabiosa más lista que un mono llevó adelante la lucha teórica y política más audaz e incisiva contra el revisionismo que infectaba y corroía las entrañas de la socialdemocracia alemana: aquellas ideas pregonadas por Bernstein de que era posible llegar al socialismo por la vía de introducir reformas en el capitalismo. Sus lecciones aún vitales se encuentran en las páginas del célebre folleto “¿Reforma o Revolución?”.

La perra rabiosa discutió furiosamente contra el exacerbado valor que la socialdemocracia alemana le daba a la participación en las elecciones y la obtención de bancas parlamentarias.

La perra rabiosa criticó duramente la entrada del socialista Millerand en el gobierno burgués en Francia, anunciando que inevitablemente traicionaría los principios de la clase obrera.

La perra rabiosa, en las discusiones sobre la revolución rusa, aunque mostró su desacuerdo con Lenin fundamentalmente en lo que se refiere a la organización del partido, estuvo en un todo de acuerdo con los bolcheviques contra los mencheviques, que proponían compromisos políticos y alianzas del proletariado con los partidos capitalistas liberales o, como diríamos ahora, “progresistas”.

La perra rabiosa, no subestimó el peligro del imperialismo ni tampoco se rindió ante él. En la hora crucial de la Iº Guerra Mundial se negó rotundamente a apoyar los planes belicistas del gobierno imperialista alemán, que fueron aprobados por la mayoría de los diputados de la socialdemocracia llevando a la clase obrera al trágico destino de morir y ser matados por sus hermanos de clase en defensa de los intereses de sus propios explotadores.

Sin embargo, es cierto que a Rosa Luxemburgo no le preocupaban las cuestiones organizativas. Subestimaba el hecho de que en la lucha política no sólo la teoría y el programa son decisivos sino también la organización que lo encarna y lo lleva adelante.

Rosa puso el acento en el papel de las propias masas en acción, sosteniendo que éstas en su ímpetu revolucionario serían capaces de barrer a sus dirigentes traidores y construir, en la misma lucha, un partido que esté a la altura de las circunstancias históricas.

No era, como muchos quisieron mostrarla, una persona que creyera que era posible hacer una revolución sin partido o que el partido de la clase obrera no tenía ningún papel en la revolución, ni era una persona que levantara posiciones cercanas al anarquismo.

Pero sí le otorgó a la movilización de las masas revolucionarias un rol más grande en el proceso revolucionario del que era posible.

La historia ha demostrado trágicamente que en las crisis revolucionarias abiertas, las masas no pueden construir, de un día para el otro, la organización de una dirección proletaria conciente para la toma de poder.

La decisión implacable y la unidad de la clase dominante exigen que la clase obrera cree un partido centralizado, cimentado en un sólido acuerdo político en torno a las tareas a realizar. Pero ese partido no surge espontáneamente en la lucha misma. Es un arma que debe ser preparada antes de la lucha.

Su asesinato, junto al asesinato de cientos de obreros combativos y decenas de revolucionarios concientes, en medio del avance de las fuerzas contrarrevolucionarias, son una muestra de esto.

Para Rosa, la revolución lo es todo y lo demás son minucias, como solía decir. Los errores y desviaciones de la dirección política de la clase obrera pueden ser corregidos, según Rosa, por la acción misma de las masas en su movilización revolucionaria.

Rosa fue la primera en advertir las crecientes tendencias al revisionismo de la socialdemocracia alemana. Incluso antes que Lenin, Rosa fustigó al ala derecha que se alejaba de los principios y fundamentos del marxismo y también al sector del “centro” que se doblegaba cada vez más frente al ala derecha.

Sin embargo, llegado el momento de la trágica traición de la socialdemocracia frente a la guerra imperialista de 1914, Rosa no sólo se vio indignada, sino también sorprendida y esta sorpresa la llevó a abogar, en un momento, por la necesidad de la reconstrucción de la IIº Internacional.

Lenin, sin embargo, quien más tardíamente comprendió la lucha de Rosa Luxemburgo contra el ala “centro” de la socialdemocracia, en relación a la posición tomada por los socialdemócratas frente a la Iº Guerra Mundial fue mucho más audaz en proponer la fundación de una IIIº Internacional con quienes, manteniéndose en los principios del internacionalismo proletario, se negaron a seguir sus órdenes.

Finalmente, confluyeron en la misma dirección.

Es que para Rosa Luxemburgo, tal como señalaba en una carta a un camarada holandés “El peor partido de la clase obrera es mejor que ninguno”, dejando entonces que la lucha contra los oportunistas dentro de la clase obrera quedara en un plano de discusión teórica y política, pero sin transformarse en nuevas concepciones organizativas.

Finalmente, sin embargo, fue una de las fundadoras de la Liga Spartaco que jugó un rol dirigente en la revolución alemana y, liberada de su última prisión por las mismas acciones revolucionarias de las masas, los dos meses y medio que tuvo de libertad antes de ser asesinada, los dedicó a las acciones revolucionarias y a la fundación del Partido Comunista Alemán y la redacción de su programa.

Nadie sabe qué conclusiones habría sacado el genial pensamiento del águila después de las batallas en las que el proletariado alemán y sus dirigentes perecieron trágicamente bajo las balas de los otrora oportunistas.

Sin embargo, como dijera el revolucionario italiano Antonio Gramsci “es más fácil formar un ejército que formar capitanes. Tanto es así que un ejército ya existente sería destruido si le llegasen a faltar los capitanes mientras que la existencia de un grupo de capitanes, acordes entre sí, con fines comunes, no tarda en formar un ejército aún donde no existe.”

En Lenin, la constitución de este grupo de capitanes acordes entre sí es centro de su pensamiento y de su práctica revolucionaria.

Para Lenin, el partido debía ser una organización de revolucionarios profesionales con profundas raíces y vínculos con la clase obrera, organización que debía plantear la perspectiva de ganar la dirección de las masas en un período de auge revolucionario, es decir, la idea del partido como organización de combate, un partido profundamente arraigado en las masas que obra concientemente para movilizar la combatividad de las mismas y ayudar a dar a las luchas un sentido anticapitalista, capaz de abrir el camino hacia la victoria Un partido que se prepara durante años para las luchas de los momentos decisivos, que comprende la necesidad de una dirección y una organización concientes

Como quedó trágicamente expuesto en la historia de la socialdemocracia, ese partido no puede constituirse por el crecimiento evolutivo y gradual, por el “engorde” de la ”familia socialista” a la vera del régimen capitalista, que permiten la participación en las elecciones, la venta de la prensa partidaria y la participación en las luchas sindicales.

Para construir ese partido es inevitable el enfrentamiento y la lucha política denodada contra las corrientes oportunistas al interior del movimiento obrero que, indefectiblemente, en los momentos de auge revolucionario se opondrán por el vértice a la tendencia de las masas movilizadas, proclamando la necesidad de la alianza con sectores burgueses democráticos, limitando la crítica a todo lo existente que llevan las masas adelante en su misma acción revolucionaria e integrándose a los gobiernos progresistas. Los oportunistas son los que le pintan la cara color esperanza a los que mañana no dudarán en descargar la represión contra las mismas masas que hoy depositan ilusiones en su incendiaria verborragia si es necesario para la preservación del orden instituido, la preservación de la propiedad privada, la clase dominante, su Estado y sus leyes.

Para terminar quisiera hacer mías las palabras de Trotsky cuando defiende a Luxemburgo de las acusaciones stalinistas.

“Sí, Stalin tiene motivos suficientes para odiar a Rosa Luxemburgo. Más imperiosa entonces es nuestra obligación de rescatar su memoria de las calumnias de Stalin, que han sido acogidas por los funcionarios a sueldo de ambos hemisferios, y transmitirles a las jóvenes generaciones proletarias, en toda su grandeza y fuerza inspiradora, esta imagen realmente hermosa, heroica y trágica.”