4/7/14

¿Adiós a la revolución sexual?

Argentina es uno de los dieciséis países del mundo –el primero en América Latina– que aprobó el matrimonio entre personas del mismo sexo, aunque la ley sufrió varios traspiés antes de ser votada en el Senado, en julio de 2010, por una exigua diferencia y tras muchas horas de debate.

La crisis abierta en diciembre de 2001 –con la emergencia de los movimientos de desocupados, las asambleas vecinales y las fábricas tomadas por los trabajadores– había puesto también las demandas del movimiento de mujeres y del movimiento LGTB sobre el tapete. La legalización de las parejas del mismo sexo fue una de esas banderas y, en 2002, la Ciudad de Buenos Aires establecía el régimen de unión civil en su jurisdicción. Luego, numerosas organizaciones, nucleadas en la Federación Argentina de Lesbianas, Gays, Bisexuales y Trans, privilegiaron estrategias jurídicas y parlamentarias, limitando la creciente movilización de la comunidad LGTB a la presión por la ley de matrimonio igualitario.
Así, lo que podría haber sido un gran punto de partida para fortalecer la lucha LGTB, pronto se convirtió en un techo. Pero, a pesar de sus límites, el debate de la ley no solo transformó beneficiosamente la vida de un sector de la comunidad de gays y lesbianas, permitió su visibilidad y una creciente aceptación social de la condición homosexual, sino que, además, impulsó un “espíritu igualitarista” en amplios sectores de masas. Los meses que duró el tratamiento de la ley en el Congreso, la clase trabajadora y la juventud debatieron en fábricas, facultades y oficinas, enfrentando viejos prejuicios y mostrando que el 70 % de aprobación que tenía el proyecto no era un invento de las encuestadoras. Dos años después se sancionó la Ley de Identidad de Género, fundamental para avanzar en la equidad de las personas transexuales. Sin embargo, muy pronto se evidenció que la igualdad ante la ley no es aún la igualdad ante la vida y que, tanto en el ámbito laboral como en el de la salud, aún subsiste la discriminación.
Estas experiencias –que merecerían su propio análisis y no es el propósito de este artículo– concentraron, en corto tiempo, las lecciones de cuatro décadas del movimiento de liberación sexual: demandas, alineamientos estratégicos y una deriva en la cooptación que nos proponemos examinar críticamente. SEGUIR LEYENDO AQUÍ