7/11/11

El mundo del trabajo contemporáneo y la desigualdad de género

Intervención en la conferencia "El mundo del trabajo contemporáneo y la desigualdad de género", en el Congreso de Trabajo Social de la Universidad Nacional del Centro (Tandil)

Cuando la Dra. Andrea Oliva me invitó a este Congreso me pidió que participara, esencialmente, en calidad de militante, que hablara de las luchas de las mujeres trabajadoras. Y luego, tuve la grata sorpresa de enterarme que compartiría la mesa con Claudia Mazzei, con quien hemos compartido otras charlas en San Pablo sobre las mujeres trabajadoras, sus luchas, el marxismo y el feminismo…

Lo primero que pensé es que, inevitablemente, cuando hablamos del entrecruzamiento de las categorías de género y clase para referirnos a las mujeres trabajadoras, estamos hablando necesariamente de precarización laboral, de doble o triple jornada de trabajo, de mayores tasas de desempleo, de la constatación de menores salarios por el mismo trabajo, de mayor exposición al acoso sexual…De esto saben mucho más y mejor las compañeras que están aquí en esta mesa.

Sin embargo, esta vez quiero tomar la cuestión de género y de clase, pero para referirme a las mujeres trabajadoras desde otro ángulo: desde su capacidad de lucha y transformación y su potencialidad como sujetos revolucionarios.

Todo lo dicho anteriormente, necesariamente conlleva a las mujeres de las clases explotadas a ser uno de los sectores socialmente más conservadores en los tiempos rutinarios de la vida cotidiana. La socialización temprana en la obediencia y la sumisión, recae con todo el peso de las instituciones patriarcales de la familia, la Iglesia, incluyendo la violencia, el abuso, el maltrato, sobre las mujeres.

Sin embargo, cuando en esos tiempos de calma irrumpe la lucha de clases en sus múltiples formas –desde la huelga económica hasta la insurrección-, las mujeres que ayer defendían el statu quo, se convierten en aguerridos destacamentos de vanguardia. En todos aquellos momentos en que se rompe la continuidad, lo que Lidia Menapace llamó “las formas no programables de la historia”, las mujeres reaccionan con una presencia que deja de lado los compromisos domésticos.

A diferencia de lo que sucede con los hombres, una acción colectiva, cualquiera sea su envergadura, significa para las mujeres una alteración no sólo de los ritmos cotidianos de la producción, sino una alteración de sus ritmos mucho más rutinarios de la reproducción. El trabajador que participa de una huelga puede experimentar el enfrentamiento de clase, reconocer que el Ministerio de Trabajo no es parte de un Estado neutral, asistir a la existencia de fuerzas represivas del Estado cuya función es la conservación y defensa del derecho de la propiedad privada… Pero las mujeres enfrentarán, además, la experiencia de ver trastocados todos sus hábitos domésticos, su vida programable y se encontrará enfrentada a aquello que, cotidianamente, permanece invisible de su opresión de género.

Esas mismas cadenas invisibles que mantienen a la mujer esclavizada en el trabajo reproductivo es también lo que las impulsa a la lucha, resquebrajando las cadenas: las mujeres obreras generalmente irrumpen en la historia impulsadas por la necesidad de defender y resguardar a sus hijos del hambre, de la falta de techo, de la miseria. Y esto no deja de ser paradójico porque, en parte, es el ejercicio histórico del rol estereotipado que ordena que sólo se es una verdadera mujer si se es madre, el que engendra la posibilidad de esta irrupción de mujeres enérgicamente opositoras a las condiciones de existencia que impone el sistema capitalista. Es en esas circunstancias que la influencia de la Iglesia, los estereotipos inculcados de la sumisión y la obediencia y la ideología más reaccionaria sobre la naturaleza de las relaciones familiares pueden ser barridos al calor de una lucha, mucho más pronto que lo que podría hacerlo la más paciente de las explicaciones contra el patriarcado en tiempos de cotidianeidad.

Quisiera traerles aquí algunas anécdotas deshilvanadas de nuestra experiencia militante con compañeras obreras de una de las multinacionales alimenticias más grande del mundo: Kraft-Terrabusi.

Cuando el mundo se aterrorizaba por la gripe A, las obreras de base de la fábrica exigieron condiciones de higiene acordes a la epidemia. La empresa no respondió. Las obreras exigieron, además, días de asueto en el pico de la epidemia, los días más fríos del invierno, ya que no querían llevar a sus hijos a la guardería y el jardín de infantes que funciona dentro de la planta, teniendo en cuenta que la empresa no acataba las normas de seguridad que ya se estaban implementando en todas las escuelas. La empresa no respondió y las obreras se organizaron, encabezando una masiva huelga contra la patronal y desobedeciendo al sindicato. A la huelga le siguieron, en pocas semanas, los despidos masivos. Pero a los despidos, le siguió otra lucha que incluyó la toma de la fábrica, las declaraciones contra los trabajadores de la CGT, el gobierno provincial y nacional, la embajada norteamericana y un extenso apoyo social, con centenares de estudiantes que en la capital le “hacían el aguante” mientras las obreras y obreros se manifestaban en la zona norte del conurbano. Esto terminó con una brutal represión policial con caballos, gases y balas de goma, pero también con la reincorporación de los delegados y el fortalecimiento de las y los activistas que, pocos meses después se organizaron y ganaron la comisión interna de la fábrica.

En esa comisión interna participan compañeras de Pan y Rosas que, lo primero que hicieron al ganar la comisión interna, fue organizar a sus compañeras de fábrica para participar del Encuentro Nacional de Mujeres. Pusieron en pie una comisión de mujeres, para la que no era condición ser afiliada al sindicato ni ser de la comisión interna para participar. Ni siquiera era condición ser obrera de la fábrica: la comisión se abrió a la participación de las madres, esposas, hijas y novias de sus compañeros de trabajo. Se empezaba a dar el primer paso en la unidad de las filas obreras.

Una paradoja: porque muchas organizaciones de izquierda populista o stalinista han sembrado la idea de que la lucha de las mujeres por sus derechos, su organización rompería la unidad necesaria de las filas obreras para enfrentar al enemigo de clase. Sin embargo, siempre nos hemos guiado por la idea que podemos sintetizar, parafraseando a Marx, en que no puede liberarse quien oprime a otros. Porque no hay posibilidad de que la clase avance hacia posiciones revolucionarias sin considerar también que existe la opresión en sus filas; que millones de mujeres trabajadoras y del pueblo pobre sufren la humillación, el sometimiento y el desprecio de la mano de los miembros masculinos de su clase.

Desde nuestra perspectiva, consideramos que cada vez que una mujer es abusada, golpeada, humillada, considerada un objeto, discriminada, sometida… la clase dominante se ha perpetuado un poco más en el poder. Y la clase obrera, en cambio, se ha debilitado. Porque esa mujer perderá la confianza en sí misma y por lo tanto en sus propias fuerzas. Atemorizada, creerá que la realidad no puede cambiarse y que es mejor someterse a la opresión que enfrentarla y poner en riesgo su vida. Y la clase obrera se debilita, también, porque ese hombre que golpeó a su compañera, que la humilló, que la consideró su propiedad, está más lejos que antes de transformarse en un obrero conciente de sus cadenas, está un poco más lejos de reconocer que, en la lucha por romper sus cadenas, debe proponerse liberar a toda la humanidad de las cadenas y contar a todos los oprimidos como sus aliados.

Si la unidad de las filas obreras es necesaria, entonces es imperioso erradicar los prejuicios contra los inmigrantes, las barreras que se alzan entre efectivos y contratados, combatir contra la ideología que impone la represión del adulto sobre el joven y, en este mismo sentido, luchar denodadamente contra la opresión de las mujeres. Ellas deberán dejar de ser “las proletarias del proletario”, como decía Flora Tristán en el siglo XIX.

Pero la organización y la lucha de las obreras de Kraft tuvo nuevos jalones.Además de empezar a conmemorar dentro de la fábrica el 8 de marzo y de impulsar un petitorio en todas las fábricas alimenticias de la zona para que se declare feriado en las alimenticias el Día de la Mujer, ya que la mayoría de las obreras son mujeres, la comisión de mujeres de Kraft sacó un boletín en el que abrieron diversos debates, entre ellos contra la violencia hacia las mujeres y por el derecho al aborto.

Hace pocos meses, a raíz de que los supervisores fueron sancionados por la empresa por haberselos encontrado mirando pornografía en horario de trabajo, las trabajadoras de Kraft escribieron un artículo que titularon “Mujer bonita es la que lucha”, denunciando los estereotipos, la visión de las mujeres como objeto sexual, la violencia de la trata y la prostitución y llamando a las mujeres a convertirse en luchadoras contra estos modelos que se nos imponen socialmente.

Evidentemente, esa paciente propaganda entre sus compañeros y compañeras no fue en vano. Apenas hace unas semanas, los obreros varones encabezaron la paralización de tareas y llamaron a la huelga cuando una obrera denunció haber sido acosada sexualmente por uno de los supervisores y la empresa la suspendió a ella por la denuncia, sin sancionar al acosador. Se sellaba una unidad obrera que no tenía precedentes: la solidaridad de los trabajadores y las trabajadoras no surgía del reclamo salarial o de enfrentar alguna medida patronal de las habituales. En otra fábrica de la industria gráfica, a corta distancia de Kraft, un caso similar se resolvía con la indemnización de la trabajadora acosada. En Kraft, en cambio, los obreros rompieron sus lazos de género con los supervisores para demostrar que la unidad de las filas obreras incluye también la comprensión de que no puede liberarse quien oprime a otros y que ellos no estaban dispuestos a ser parecidos, ser cómplices o neutrales frente a esta situtación.

Las compañeras de la comisión interna de Kraft estuvieron el martes en las puertas del Congreso de la Nación reclamando el derecho al aborto y hace pocas horas recibí un correo electrónico de una de ellas preguntando por qué los compañeros y compañeras del movimiento obrero no estaban ya preparándose para participar de la marcha del orgullo LGTB que se hará este sábado en Buenos Aires. Escribe: “no es sencillo ser gay, lesbiana o bisexual y poder decirlo y vivirlo abiertamente (y excluyo en este punto a los trans, travestis, porque no conozco a ninguno en una fábrica y eso también expresa la desigualdad que hay);en el movimiento obrero es como que está todo bien siempre y cuando no le des un beso a tu novio o novia adelante mío y si bien hay un espíritu mas democrático después del matrimonio igualitario, la homofobia no se termina con esa ley y menos en los lugares donde estamos. Por ejemplo, a una cuadra de Kraft hay travestis que ofrecen servicios sexuales y hay quienes las contratan, laburantes de Kraft, eso se naturaliza: la travesti tiene que prostituirse para subsistir; nadie cuestiona el hecho de por qué no puede vivir de otra forma, trabajar por ejemplo, en la fábrica, como nosotros.” Después culmina diciendo: “es la marcha del orgullo y nosotros militamos creo yo orgullosamente por una sociedad distinta en donde cada uno pueda vivir y realizarse libremente, y por ello estamos por el fin del capitalismo que nos oprime y explota. Y como revolucionarios levantamos las banderas de todos los que luchan por liberarse de esas cadenas.”

Quiero citar aquí a nuestra amiga Claudia Mazzei Nogueira que dice con el lenguaje de la teoría marxista lo mismo que nuestra compañera obrera de Kraft señala con su agudeza política. Dice Claudia: “para el buen funcionamiento del sistema capitalista, la premisa de una verdadera igualdad es absolutamente inaceptable, una división sexual del trabajo menos desigual tiende a permanecer no integrable en la lógica dominante y resistente para quien lucha por ella.” Para después agregar: “es imprescindible que, en la lucha por una división sexual del trabajo sin desigualdad, esté presente, más allá del combate a la opresión masculina sobre las mujeres, el objetivo de superar la relación capital/trabajo.”

Las mujeres de la agrupación Pan y Rosas, luchamos por una sociedad donde no haya mujeres obligadas a la doble jornada de trabajo, impuesta por la división social del trabajo al servicio de las ganancias capitalistas. Luchamos por una sociedad en la que, abolida la esclavitud asalariada, la humanidad y eso incluye a las mujeres, ¡fundamentalmente a las mujeres! oprimidas por este sistema- tenga la libertad de soñar todos sus sueños y la posibilidad de concretarlos.

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