18/7/02

Yo aborto, tú abortas... todas callamos

El debate sobre el derecho al aborto siempre despierta opiniones encontradas. Por motivos éticos, religiosos y políticos se enfrentan defensores y detractores de esta viejísima práctica a la que las mujeres han recurrido, históricamente, para decidir la interrupción de sus embarazos.
Lo cierto es que, más allá de estas discrepancias, las mujeres siguen recurriendo al aborto y, en nuestro país -donde es ilegal-, muchas son las que mueren por las complicaciones que se derivan de las prácticas ejercidas en clandestinidad.

Anticonceptivos para decidir y aborto legal para no morir

En Argentina, lejos estamos de las legislaciones más modernas sobre temas de derechos sexuales y reproductivos.
Mientras, recientemente, el Parlamento Europeo aprobó una resolución que pide legalizar el aborto en toda la Unión Europea e incluye la recomendación de que la píldora del día después se venda sin receta y a precios accesibles, en nuestro país no existe una legislación nacional sobre la salud sexual y reproductiva, excepto un proyecto de ley aprobado por la Cámara del Diputados que aún no fue tratado por el Senado de la Nación.
Con ásperos debates y manifestaciones contrarias de la Iglesia, se pudieron aprobar algunas leyes de salud reproductiva en nueve provincias, pero aún en esos casos existe un alto grado de ineficacia en la implementación de estas normas, por falta de voluntad y de presupuesto.
Los anticonceptivos tienen un alto costo que jamás se considera a la hora de evaluar la canasta familiar. Pero, no son sólo razones económicas las que impiden el acceso de las mujeres de sectores populares a los métodos anticonceptivos. Muchas veces, una arraigada ideología machista -propiciada por la Iglesia, los medios de comunicación y la tradición familiar- es portadora de la idea de que la mujer es una propiedad del varón y esto se expresa, entre otros, en el terreno de los afectos, la sexualidad y la reproducción.
Todas estas dificultades para el acceso a los métodos anticonceptivos -falta de educación sexual, relaciones opresoras, problemas económicos- son algunas de las razones que conducen a la práctica del aborto en condiciones de clandestinidad, que en Argentina alcanza la cifra de 500.000 al año. Esta es una de las principales causas de mortalidad materna, llegando al 39% de los casos.
La Organización Mundial de la Salud (OMS) calcula que de los 50 millones de abortos que se efectúan anualmente en el mundo, alrededor de 20 millones se producen en condiciones inseguras. Lo que conlleva no sólo a la muerte, sino también a las hospitalizaciones por infecciones, hemorragias, esterilidad, enfermedad pélvica inflamatoria (EPI), perforación uterina y otras consecuencias derivadas de las prácticas clandestinas.
Según una especialista en salud: "Los abortos incompletos son el diagnóstico más común cuando las mujeres son admitidas en los hospitales públicos, con fuertes hemorragias e infecciones post aborto, causadas por la retención de restos de placenta o por alguna lesión producida en el cuerpo uterino."
Los testimonios siempre son similares: "Fui a lo de una señora que me dijo que era enfermera, me la recomendó la señora de mi primo, me puso una sonda, pero al sacármela seguía con hemorragia y no se desprendía... yo no soy amante de ir al médico, para interrumpirlo tenía que hacerme un raspaje con un médico, pero me salía mucho. Al hospital no se me ocurrió ir porque ahí no lo hacen. Pero como seguía con las hemorragias fui al (hospital) Posadas, ahí estuve internada una semana, me hicieron un raspaje y me dijeron que no me hiciera más lo que me había hecho. Yo le dije al médico que me había caído, pero creo que se dieron cuenta igual."
Cada minuto, 40 mujeres en el mundo tienen un aborto en condiciones de riesgos que serían evitables si se legalizara esta práctica y se accediera al aborto libre y gratuito en condiciones de salubridad e higiene, en los hospitales públicos, como sucede en casi todos los países del primer mundo.

Asunto de mujeres, asunto de clase

Suena paradójico, pero lo cierto es que los que más opinan -y en contra- del aborto son varones. Mientras nosotras somos las que quedamos embarazadas, las que debemos hacernos cargo de la crianza de los hijos y también las víctimas del abuso y las violaciones, la decisión de interrumpir el embarazo nunca es atributo exclusivo de las principales interesadas.
Así lo demuestra este testimonio: "Fui a lo de la partera que me dijo mi cuñada y me colocó una sonda y volví a mi casa a descansar hasta que saliera, pero como no salía me impacienté y me fui muy rápido de vuelta, y me puso sobre un tacho con agua hirviendo, con vapor, ahí me senté. Y se ve que como me apuré me hizo mal, sufrí mucho dolor, y mi marido después no quiso saber nada de hacerme otra vez, fue terrible esa vez... no pensé en un médico porque me iba a retar, se iba a enojar conmigo, porque como yo no quería tenerlo... ellos no son para esas cosas, creen que siempre está bien tener, total..."
Ellos se oponen, empezando por el Papa y los curas, hasta los jueces de nuestra Suprema Corte de (In)justicia, pasando por los políticos y algunos médicos.
Las mujeres estamos condenadas a morir, condenadas a penas de prisión y condenadas moralmente por la sociedad cuando recurrimos a los abortos clandestinos, mientras callamos este tema por temor, por la vergüenza que nos enseñaron que debíamos tener.
Pero estas instituciones contrarias al aborto, mientras tanto, sostienen una doble moral que se podría resumir en "haz lo que yo digo, pero no lo que yo hago".
El Papa, en febrero, pidió el reconocimiento jurídico del embrión humano "sobre todo en su derecho fundamental a la vida". Pero, mientras tanto, llueven las denuncias contra sacerdotes que abusan de niños y adolescentes, de monjas violadas y obligadas a abortar para guardar la imagen de la sacrosanta Iglesia, entre tantas otras barbaridades que los hombres del Señor guardan secretamente en el confesionario.
La hipocresía no sólo es privativa de la Iglesia. Recientemente, Duhalde le envió una carta al Papa en la que, además de pedirle que rece por los argentinos (aunque debe estar seguro de que de ésta no lo salva ni Dios, en caso de que existiese), agrega: "...desde el comienzo de mi mandato presidencial, he procurado hacer valer los principios más sagrados que se derivan de esa dignidad, en especial la protección de la vida desde el momento de la concepción..." De lo que parece que se olvidó rápidamente el 26 de junio, cuando su gobierno asesinó a dos jóvenes piqueteros.
Lo mismo sucede con los jueces, que cargan sobre sus espaldas el repudio del pueblo por sus lazos con la corrupción y otros delitos y que, sin embargo, se dan el lujo de prohibir una pastilla que la OMS recomienda para los casos de anticoncepción de emergencia.
Las monjas, las esposas y las hijas de los jueces y políticos acceden a abortos en condiciones de asepsia y seguridad. También pueden hacerlo otras mujeres, incluso muchas de clase media que conocen los lugares donde se pueden practicar un aborto por cifras que van de los $ 400 a los $ 2000, con médicos, anestesistas y monitoreo cardíaco que reducen a cero los riesgos de cualquier intervención quirúrgica menor.
Entonces ¿quiénes son las mujeres que mueren? Son mujeres desocupadas, empleadas domésticas, obreras y empleadas con bajos salarios, las que trabajan en venta ambulante, las de los barrios pobres, las que se encuentran en situación de prostitución... La lista es larga, pero esas mujeres son las mujeres que menos importan a los poderosos: las de la clase obrera y los sectores populares.

Por eso desde el PTS luchamos por:

· Asesoramiento, educación e información sexual y sobre métodos anticonceptivos en escuelas, establecimientos y hospitales sin discriminación de edad, sexo, género, orientación sexual, estado civil, etnia, clase, etc
· Que los hospitales públicos y los centros de salud garanticen gratuitamente cualquier método anticonceptivo a toda persona ante su sola y libre decisión, después de haber recibido asesoramiento adecuado sobre su eficacia y sus contraindicaciones.
· Derecho de toda mujer, si así lo deseare, a interrumpir su embarazo mediante el aborto seguro, libre y gratuito, realizado en hospitales públicos, garantizando la salud psicofísica y la dignidad de la solicitante.


Gran parte de la información fue obtenida de RIMA, www.rimaweb.com.ar
Ramos, Silvina: Aborto, en Ciencia Hoy, Ene 1989
Id.
Ibíd.
La Nación, 04/02/02. El Papa abogó por el derecho del embrión.
La Nación, 20/05/02. El presidente pidió la bendición del Papa.
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Lo que no dicen los curas

La jerarquía católica asegura que la Iglesia siempre defendió la vida desde la concepción. Pero no es verdad: sólo desde 1869, la Iglesia se opone al aborto estrictamente.
En sus 2000 años de historia, ha habido numerosos debates para definir en qué momento un embrión en desarrollo se convierte en un ser humano. San Agustín, por ejemplo, planteaba que el aborto temprano no era un homicidio. La mayoría de los teólogos opinaban que el aborto no es homicidio en el principio del embarazo porque entendían que el feto se transforma en humano en algún momento posterior a la concepción. Sólo una minoría sostenía lo opuesto.
Pero en 1864 el teólogo Jean Gury introduce la idea de que matar a un ser humano en potencia es como matar a un ser humano real, lo que sentó las bases para que, en 1869, el Papa Pío IX afirmara que cualquier aborto es homicidio. Recién en 1917 esta idea de que existe vida humana inmediatamente después de la concepción recibió el apoyo del nuevo Código de Ley Canónica. Llamativamente, esta disposición se establece al mismo tiempo que la Revolución Rusa otorgaba el derecho al aborto libre y gratuito a todas las mujeres de la ex - Unión Soviética, por primera vez en el mundo.
Sin embargo, lo que es más llamativo es que la misma Iglesia que considera la vida desde la concepción, casi nunca bautiza ni ofrece misas de difuntos para los niños que nacen muertos al término de un embarazo.

La información corresponde al libro La historia de las ideas sobre el aborto en la Iglesia Católica, lo que no fue contado, de Jane Hurst y publicado en 1992 por Católicas por el Derecho a Decidir.



Publicado en La Verdad Obrera Nº 105