13/5/04

Doble jornada, dobles cadenas

La crisis económica se descarga sobre las mujeres

En una situación como la que vivimos con altos índices de desocupación, suena paradójico que muchas personas sufran las consecuencias de la sobreocupación. Sin embargo, entre los varones ocupados, más del 50% está sobreocupado. Para quienes se encuentran en esta situación, el ingreso salarial (por hora) es muy inferior al del ocupado pleno. Entre las mujeres trabajadoras, la cifra de sobreocupación no es tan alta: alcanza al 28% de la población femenina ocupada. Pero estas cifras, ocultan las horas destinadas a los quehaceres domésticos, que constituyen una doble jornada laboral y a veces, triple.
Las políticas de ajuste económico, dieron lugar a una verdadera reestructuración de la vida cotidiana que tuvo que "ajustarse" para hacer frente a la crisis. Mientras millones de personas se quedaban sin empleo, las mujeres se incorporaban al mercado de trabajo como mano de obra barata, poco calificada y "dócil". Pero con la reducción del ingreso familiar no sólo las mujeres debieron salir a trabajar e incluso asumir solas, en muchas ocasiones, el sostenimiento del hogar; sino que también se ha intensificado el trabajo en el hogar, realizado principalmente por mujeres y niñas.
La mayoría de estas actividades ni siquiera son consideradas como trabajo; sin embargo, no por invisible son inexistentes: las mujeres destinan más tiempo a actividades no remuneradas que los varones y tienen jornadas de trabajo más largas que van en detrimento de sus niveles de salud, nutrición, participación política y recreación.
Cuando los integrantes de una familia regresan al hogar después de sus labores, todos disminuyen su ritmo de actividad, excepto las mujeres, que deben realizar un trabajo que se extiende al día y la noche, toda la semana sin descanso y que requiere realizar muchas tareas al mismo tiempo.

¿De qué se quejan las mujeres?

Muchas veces hemos oído preguntar: "¿de qué se quejan las mujeres?" Si todos supieran que las jornadas laborales de las mujeres, teniendo en cuenta las actividades productivas y los quehaceres domésticos, superan las 60 horas semanales, la respuesta estaría a la vista. La cantidad de horas, el tipo de trabajo y la falta de gratificación y reconocimiento del mismo generan síntomas tales como irritabilidad, agresividad y alteraciones del sueño. También son comunes las enfermedades psicosomáticas asociadas a condiciones laborales tales como ruido, supervisión estricta, rotación de turnos, etc.
Según diversos estudios, si la mujer trabajadora está casada y tiene más de dos hijos, es más vulnerable a los trastornos como el estrés, la fatiga, la monotonía, el hastío psíquico. En algunos casos, si las mujeres pudieron estudiar o consiguieron un trabajo acorde a sus expectativas, el mismo actúa como un factor protector frente a los factores tensionantes de la rutina diaria. Pero esto sólo se da en muy pocos casos, generalmente entre mujeres profesionales y sectores medios.
Para la gran mayoría de las mujeres trabajadoras, en cambio, su actividad laboral es causa de depresión, ansiedad, fatiga crónica y angustia. Incluso algunas presentan sentimientos de culpa, por "no poder cumplir bien" con su papel de madres y amas de casa, lo que genera la aparición de efectos psicológicos negativos.
Pero, en la mayoría de los casos estos síntomas no son considerados como tales. Los médicos, los patrones e incluso los mismos familiares adjudican al mal carácter, al período menstrual o a una supuesta "queja femenina", los cambios de humor de las mujeres impidiendo, de ese modo, que el diagnóstico resulte eficaz y las enfermedades se traten a tiempo.
Lo que en un varón sería diagnosticado como un trastorno producido por su trabajo, en las mujeres se torna invisible. Por un lado, porque su trabajo doméstico también es invisible –y por lo tanto, si no existe en el registro de los demás, tampoco existen sus consecuencias en la salud de las mujeres- y, por otro lado, porque su trabajo productivo es considerado como una tarea "complementaria" para afrontar los gastos familiares, pero no como un trabajo "en serio", capaz de producir trastornos o malestar.

Publicado en La Verdad Obrera Nº 139