11/5/05

¿Por qué yo? ¿Por qué clase y género?

Conferencia dictada en la Cátedra Libre de SIDA, Ciclo 2005, Universidad Nacional de La Plata

La primera pregunta que me surgió cuando recibí la invitación de la Cátedra fue “¿por qué yo?” No soy médica, pensé. No tengo formación especializada en la temática del SIDA. Pensé “¿por qué yo?”. Y después recapacité sobre mi lapsus : “¿Por qué yo?” es la pregunta que muchas personas se hacen cuando reciben el resultado positivo de su test de HIV.

Y entonces me dí cuenta que había un por qué yo. Porque lucho por los derechos de las mujeres, y porque, además, soy marxista. Es decir que en mi trabajo periodístico o teórico, en mi militancia cotidiana tengo una perspectiva de clase y género. Y entonces la pregunta “¿por qué yo?” la cambié por la pregunta “¿por qué clase y género tratándose de un virus?”

En primer lugar porque el impacto del SIDA varía enormemente según estas y otras variables, ya que ese impacto depende del acceso que se tenga a la información, a la atención médica, a los tratamientos preventivos, a la capacidad de autocuidado, etc.

Todos estos factores hacen que las posibilidades de infección sean muy diferentes para un empresario norteamericano que para una mujer campesina latina o africana. Y aún siendo portadores, esta experiencia será muy diferente en cada caso.

En un mundo basado en la explotación de una clase por otra y en la opresión de millones de personas a causa de su género, su grupo étnico o su opción sexual, el SIDA sólo empeora y subraya esta desigualdad.

No se trata de un proceso ideológico, a nivel de la cultura. La división en clases sociales cristaliza en un conjunto de instituciones que permiten que, por ejemplo, desde 1960 hasta nuestros días, las riquezas mundiales se hayan multiplicado por ocho. Y que, sin embargo, actualmente uno de cada dos seres humanos viva con menos de dos dólares por día. Uno cada tres no tenga acceso a la electricidad, uno de cada cuatro viva con menos de un dólar por día, uno de cada cinco no tenga acceso al agua potable, uno de cada seis sea analfabeto y un adulto cada siete sufra de malnutrición.

Quienes trabajan en la problemática del HIV lo saben perfectamente: las grandes compañías farmacéuticas mantienen relaciones con distintos estamentos gubernamentales, regulan los programas de investigación, los programas asistenciales y provocan “guerras de patentes” por su sed de ganancias, que demoran los tratamientos masivos.

Según una denuncia realizada por Kim Christensen en su artículo “¿Cómo vive una mujer?”, “En 1986, el investigador Michael Mc Grat, de la Universidad de California descubrió una sustancia que luego recibió el nombre de Componente Q, la que lograba abatir al HIV en determinadas células, en pruebas de laboratorio. Sin embargo, antes de anunciar tal descubrimiento, esperó dos años, para que su laboratorio farmacéutico Genelabs, consiguiera la patente del producto y así vender el derecho de licencia mundialmente.”

El intervalo entre un diagnóstico de SIDA y el fallecimiento de la persona diagnosticada, debido a una o más enfermedades relacionadas con la infección, también varía enormemente según de qué grupo estemos hablando.

El período de supervivencia es más corto en países africanos y del Caribe que en los EE.UU.; pero en todo el mundo, el período para las mujeres es más corto que para los varones y esta brecha es mucho más acentuada si se trata de una mujer negra y pobre.

Según datos de UNICEF, que no puede alardear de ser una institución marxista leninista, cada año, 16 millones de niños mueren por hambre y enfermedades curables en los países del llamado “Tercer Mundo”: es un número que, repetido durante cinco años iguala al número de todos los muertos de la Segunda Guerra Mundial. Quiere decir que cada cinco años, se produjo una guerra mundial contra los niños de los países pobres. La mayoría de esos niños son niñas. Este es el resultado del funcionamiento de la economía capitalista y el patriarcado.

Porque el patriarcado, así como la división en clases, tampoco es una cuestión del orden simbólico, exclusivamente. Fíjense que las mujeres somos el 50% de la población mundial, sin embargo, cuando hablamos de pobreza, cuando hablamos de los 1300 millones de pobres, entonces el 70% son mujeres. Hay muchas más mujeres y niñas pobres que varones pobres.

Que en nuestro país no exista el derecho al aborto para ninguna mujer es una muestra de la opresión. Que algunas mujeres, sin embargo, podamos operarnos sin riesgo pagando 1000 pesos o más y otras se mueran en el intento, es una muestra de que no todas las mujeres somos iguales entre nosotras mismas.

Como una muestra cruel de cómo la explotación y la opresión inciden en relación al SIDA, tenemos que el 95% de los infectados con el virus de inmunodeficiencia adquirida vive en países “en vías de desarrollo”. De ese total de infectados, las mujeres son el 57%, pero ese es sólo un promedio, porque en Africa el porcentaje de mujeres sobre el total de infectados alcanza el 70%. Las mujeres corremos entre dos y cuatro veces más riesgos de contagio que los varones.

Y no es sólo ésa la incidencia que tiene la opresión patriarcal en relación al SIDA. La calidad de vida de las mujeres empeora día a día con la pandemia, por que cientos de mujeres abandonan sus trabajos para atender a los enfermos de su familia, sobre todo en países pobres, donde los hospitales públicos están al borde del colapso. Las mujeres han tenido que emplearse en labores informales que puedan conjugarse con sus labores domésticas y su nuevo trabajo no remunerado de enfermera. El Africa subsahariana y la India son ejemplos de ello, donde la tasa de crecimiento económico se ha reducido por lo menos en un 4% a causa del síndrome de inmuno deficiencia adquirida.

La feminista argentina Patricia Pérez, en una entrevista, señaló además que es lamentable que a las mujeres infectadas sólo se las trata cuando están embarazadas.

Y todo esto, ¿por qué? ¿Qué quieren decir los expertos cuando se refieren a las mujeres como un grupo más vulnerable que otros?

América Latina y el Caribe registran los índices más altos de violencia contra las mujeres: el homicidio representa en nuestro continente la quinta causa de muerte, el 70% de las mujeres padece violencia doméstica y el 30% reportó que su primera relación sexual fue forzada.

Se calcula que el 80% de las agresiones permanecen en el silencio ya que no son denunciadas por temor o por la certeza de que la denuncia no será tomada en cuenta.

Una de cada tres mujeres, en el mundo, recibe malos tratos. Cada ocho segundos una mujer es víctima de violencia física. En Argentina, se calcula que se producen entre 5.000 y 8.000 violaciones por año. Según las especialistas en violencia, en todo el mundo, uno de cada cinco días de ausencia femenina en el ámbito laboral es consecuencia de una violación o de la violencia doméstica.

De los 960 millones de analfabetos que hay en el mundo, el 70% son mujeres. El valor y volumen del trabajo doméstico no remunerado equivale entre el 35 y 55% del producto bruto interno de los países. La producción doméstica representa hasta un 60% del consumo privado. Y este trabajo no remunerado recae casi absolutamente en las mujeres y las niñas.

Por otra parte, las mujeres que trabajan lo hacen en situación cada vez más precarizada: no sólo cobran un salario entre 30 y 40% menor al de los varones por el mismo trabajo, sino que en su mayoría, no tienen obra social ni derechos jubilatorios.

En todo el mundo, 500.000 mujeres mueren cada año por complicaciones en el embarazo y el parto y 500 mujeres mueren cada día por abortos clandestinos. Sólo por hablar del continente latinoamericano, tenemos que el aborto clandestino sigue siendo la primera causa de muerte materna; son 6.000 las mujeres que mueren anualmente por complicaciones relacionadas con abortos inseguros.

Pero fíjense otro dato interesante, si una está dispuesta a penetrar en las frías cifras de las estadísticas. Todo indica que la curva de nuevas infecciones descendió constantemente hasta el año 2001 y, desde entonces, no ha hecho más que subir. ¿Por qué?

Entre otras cosas, bajó el uso de preservativos entre los más jóvenes. Los especialistas dicen que la nueva generación no vivió el shock de los 80 y que existe entre los jóvenes algo así como “un desprecio por la vida, tanto propia como ajena”. Casi parece la descripción de los jóvenes que actualmente están incendiando Francia. Jóvenes que sienten desprecio por la vida, tanto propia como ajena. Claro que, la estadística y sus analistas, no dicen que esta segunda generación post-aparición del SIDA es la generación de los 90... cuando en los países del tercer mundo se privatizaron los servicios públicos, se produjeron los más altos índices de desocupación y marginalidad, cuando en los países centrales se intentó avanzar y se avanzó en el recorte del Estado de Bienestar...

Es la generación para la que “prevenir” es invadir y bombardear a un pueblo, sin ninguna prueba que incrimine a su gobierno en la tenencia de armas de destrucción masiva, con una coalición de ejércitos poderosos que tiene legalidad para masacrar a miles de civiles “por las dudas”.

Actualmente una de cada cinco personas sobre el planeta tiene entre 10 y 19 años: estamos asistiendo a la mayor cantidad de adolescentes en la historia de la humanidad. La mitad de ellos es pobre y uno de cada cuatro vive en extrema pobreza, es decir, con menos de un dólar por día. El 50% de las nuevas infecciones se transmiten a adolescentes. La Organización Mundial de la Salud dice que se trata de 7000 jóvenes por día, los que se infectan a causa de las violaciones, del uso no aséptico de drogas intravenosas y del abuso y el tráfico sexual de menores.

Hace un año, el experto Jean Louis Lamboray presentó su renuncia a las autoridades de ONUSIDA debido al "fracaso" de las políticas para frenar la propagación de la enfermedad. En su renuncia señaló que la propagación del SIDA "se decide en las habitaciones de las personas y no en los despachos de los expertos".

Sin embargo, tampoco es del todo cierto. Parece más bien la visión de un liberal que realmente cree aquello de que las personas son dueñas de sus propios actos. Porque lo que hacen las personas en sus habitaciones ¿quién lo decide?

Además de la opresión de la mitad de la humanidad, hay otros grupos que sufren opresión a causa de su orientación sexual. A eso nos referimos por heterosexismo o norma heterosexual obligatoria, que forma parte de nuestras instituciones sociales, económicas y políticas más importantes.

Las imágenes y las ideas heterosexistas emitidas por los medios masivos de comunicación, las instituciones religiosas y educativas -entre otras-, perpetúan la noción de la heterosexualidad como la única sexualidad “normal”. Hay quienes llegan a sostener que el SIDA, incluso, es un castigo de Dios por una actividad sexual anormal.

Lesbianas, gays, travestis, transexuales, transgéneros son víctimas de diversas formas institucionales e individuales de discriminación sólo por vivir su sexualidad de manera diferente a la sexualidad normativizada por la familia, la Iglesia, la educación e incluso el psicoanálisis.

Muchas veces nos desmoralizamos pensando en todo lo que sería necesario invertir para acabar con esta situación infernal. Cuánto dinero es necesario para evitar la pobreza que, a su vez, es la mejor correa de transmisión para la propagación de las enfermedades.

Sin embargo, no es tanto dinero. Si durante diez años, se gastaran anualmente 80.000 millones de dólares, estaría garantizado no sólo que todo ser humano tenga acceso a la educación básica, sino también a una alimentación adecuada, agua potable, infraestructura sanitaria y, además, que todas las mujeres del planeta tengan acceso a cuidados ginecológicos y obstétricos.

Piensen que esto se evitaría con una inversión de 80.000 millones de dólares anuales durante diez años y yo sé que para nosotros parece una cifra exorbitante. Sin embargo, es cuatro veces menos que lo que todos los países semicoloniales desembolsan por su deuda externa cada año.

80.000 millones de dólares es un cuarto del presupuesto militar de EE.UU. y nada más que un 9% de los gastos militares mundiales.

Y lo que es peor aún: 80.000 millones de dólares es la mitad de la fortuna de las cuatro personas más ricas del planeta.

Esta es la irracionalidad del sistema capitalista. El sistema que perpetúa para su beneficio el patriarcado, el heterosexismo, el racismo y los fundamentalismos.

Este sistema que perpetúa la opresión, reviste a la explotación de nuevas formas, introduciendo a la producción a millones de mujeres, niños, sometiendo tierras y parajes inhóspitos al mercado mundial.

Además, necesita de las guerras para perpetuarse, transforma relaciones sociales, provoca cataclismos climáticos, crea nuevas enfermedades como el SIDA, hunde países enteros, crea alimentos transgénicos y condena al hambre a millones de seres humanos, llega a la Luna pero provoca inundaciones, sequías, terremotos y huracanas en la Tierra...

Este sistema se sostiene en la explotación de la fuerza de trabajo de millones de varones y mujeres de la clase obrera que fabrican los alimentos, los vestidos, construyen las casas, los puentes, los aviones, abastecen de luz, gas, agua a las ciudades, hacen funcionar los teléfonos, los bancos, las escuelas, los aeropuertos... también fabrican las máquinas, e incluso fabrican las máquinas y herramientas que sirven para fabricar otras máquinas...

Hombres y mujeres que fabrican los medicamentos, las jeringas, las camas de los hospitales, cosen las sábanas e hilan los vendajes, esterilizan los instrumentos quirúrgicos, fabrican esos instrumentos, envasan las pastillas, imprimen las prescripciones...

Fíjense qué paradoja. Este sistema puede funcionar sosteniéndose, exclusivamente, en los brazos de millones de explotados y explotadas que lo hacen funcionar cada día. ¿Cómo puede ser?

Puede ser porque la minoría de parásitos está organizada: además de las fábricas y las empresas tienen los medios de comunicación, los partidos políticos patronales, la burocracia sindical y, por las dudas que todo esto no funcione, tienen la policía y el ejército para enfrentar a los explotados. Eso que decía Lamboray, no es tan así... más bien tenía razón Marx con aquello de que la ideología dominante en una época es la ideología de la clase dominante.

Mujeres y varones explotados del mundo no tenemos esa organización que tiene la clase dominante. E incluso el capitalismo saca ventaja de las religiones, las diversas culturas, el racismo y el patriarcado para dividirnos y desorganizarnos.

Por eso, luchar concientemente por una revolución que transforme de raíz este sistema es la única solución no utópica que encuentro para construir una sociedad sin explotación ni opresión.

Porque lo que es verdaderamente utópico es pensar que esto puede reformarse, negociando más o menos con el FMI, consiguiendo uno que otro crédito del Banco Mundial, quitándole un poquito de sus regalías a las grandes empresas multinacionales, haciendo que el protocolo de Kyoto, la Convención de los Derechos de las Mujeres, las normas de la ONU y el pacto de Ginebra se cumplan un poco y de vez en cuando...

Es imposible aspirar a una verdadera igualdad de derechos para las mujeres en un mundo que se sostiene basado precisamente en las inequidades

¿De qué sirve el derecho de las mujeres a manejar aviones bombarderos en Irak? Mujeres y varones trabajadores, de los sectores populares, de los países oprimidos son víctimas de las bombas de George Bush, pero también de Condoleezza Rice.

¿Cuál es la verdadera igualdad que existe en los parlamentos para que haya una cantidad de mujeres diputadas lo más equitativa posible a los varones diputados si los que pueden hacer política son los partidos patronales, los que defienden los intereses de los explotadores, los que votan apresuradamente las leyes que necesitan los empresarios y que exige el FMI pero se abstienen o se borran cuando hay que exigir un juicio político a un gobierno responsable de la muerte de casi 200 jóvenes?

Como decía al comienzo, no soy médica ni experta en la problemática del SIDA. Cuando me invitaron, empecé preguntándome “¿por qué yo?”, tal como lo hubiera hecho en caso de recibir un resultado positivo de un test de HIV. Me voy contenta si he podido transmitirles inquietudes, desazones, esperanzas.

Para terminar, quisiera hacerles un chiste de género... sobre todo para molestar a la Iglesia Católica, que en estos días estuvo tan escandalizada por el proyecto de ley de educación sexual.

Es un comentario de Yannik Durand, citado en un artículo sobre Mujer y Sida.

Los fundamentalistas católicos dicen que el SIDA entre los homosexuales se debe a que Dios los castigó. Considerando que las mujeres lesbianas son la comunidad que registra los más bajos índices de infección ¿cómo deberíamos entenderlo? ¿Somos las elegidas del Señor?