26/2/02

Mujer contra mujer

El lunes 18, cerca de sesenta personas cortaron calles en Salta, reclamando planes Trabajar y alimentos. Se trataba, en su mayoría, de mujeres que permanecieron con sus hijos no más de una hora antes de que el juez ordenara el desalojo, que fue llevado a cabo por la guardia de infantería mediante una feroz represión.
Las cámaras de televisión mostraron con desparpajo a las mujeres arrastradas de los cabellos, empujadas dentro de los carros celulares, sujetadas por el cuello, golpeadas violentamente. Las mismas imágenes que se repiten año tras año, gobierno tras gobierno, cuando los desocupados luchan por sus derechos.
Quizás la imagen más conmovedora, esta vez, fue la de una niña de no más de tres años, llorando frente a la lente, con su nariz sangrando por los golpes recibidos y la mirada aterrorizada buscando a su madre perdida entre señoras que gritaban y resistían la represión.
Y quizás la imagen más novedosa, esta vez, fue que quienes ejecutaban las órdenes represivas eran otras mujeres.
Evidentemente, no hubo aquí ninguna solidaridad de género, dirán algunos ¡Ni podría haberla, decimos nosotras!
Porque la sociedad está dividida entre los explotadores y los trabajadores -muchos de los cuales, como quienes participaban del reclamo, ni siquiera gozan del “derecho a ser explotados”.
Y en esta sociedad donde algunos pocos son dueños de todo y la gran mayoría no es dueña más que de su fuerza de trabajo, la policía –ya sea con rimmel o con bigotes- siempre es una institución de perros entrenados para defender la propiedad privada de los capitalistas y apalear al pueblo.