18/6/09

Paraísos ajenos

Entrevista con Dora Franco, de La Boca (Ciudad de Buenos Aires), realizada en noviembre de 2006


Parte 1

Parte 2

“Caminito” es el paseo por excelencia.[1] Y aunque ahora los pintores vendan sus cuadros en euros y dólares, los restaurantes cobren cifras exorbitantes por un plato de pasta y los ómnibus de turistas hagan intransitables las calles, La Boca siempre ha sido un barrio humilde, de trabajadores inmigrantes.

En la época del Buenos Aires colonial, esta zona del sur estaba habitada por los esclavos negros traídos por los españoles. Más tarde, se afincaron los saladeros y las curtiembres que preparaban la carne y los cueros que se exportaban al mundo. Recién hacia 1870 empezaron a llegar los inmigrantes italianos que le dieron ese aire pintoresco que todavía conserva, convirtiéndola en uno de los barrios más populosos de la ciudad. Fue por ellos que a los fanáticos del club de fútbol local los llaman, aún hoy, “los xeneizes”, que quiere decir “genoveses”, en el dialecto de esa región italiana. Cuando los barcos anclaban en el puerto de La Boca, se arreglaban mástiles, se renovaba la pintura descascarada. Así fue como el barrio fue adquiriendo esa fachada multicolor en sus casas precarias, armadas con chapas y maderas sobrantes de los buques. Trabajadores socialistas y anarquistas le dieron su impronta política a principios del siglo XX.

Hoy son otros inmigrantes los que habitan los desvencijados conventillos y casas de inquilinato. Vienen de los países fronterizos, mayoritariamente de Bolivia, Paraguay y Perú. Sufren el desempleo, la precarización laboral o la superexplotación, además de la xenofobia y el racismo. Dora es una de ellos. Paraguaya, con sesenta años cumplidos, empleada doméstica, vive en un inquilinato que más se parece a una vieja mansión corroída por el tiempo y la humedad, en cuyos pasillos corren y juegan los niños vecinos, sin que se pueda hacer nada para evitar el bullicio. Hace calor y las puertas de las habitaciones en las que se reparten varias familias, están abiertas de par en par.

Dora nos ofrece un mate para empezar la charla, contándonos que nació en la ciudad de Caacupé que, en guaraní, significa “yerba detrás del monte”. Cuando relata su infancia, lo primero que viene a su memoria es el recuerdo de su padre que trabajó como hachero y empleado de distintas empresas madereras en Paraguay y Argentina. “Él aprendió en La Forestal, trabajó también en Formosa y Resistencia. Él y mi tío venían a trabajar por temporada a la Argentina. Venían en barco.”

La Forestal es el nombre de una empresa de origen británico que ha destruido los recursos naturales del norte argentino, con la superexplotación de los trabajadores de la zona y la complicidad del poder político. Mientras contaba con sus propios ferrocarriles y puertos para la exportación de madera y tanino, La Forestal pagaba a sus trabajadores con vales que debían canjear en los almacenes que eran propiedad de la misma empresa. Para enfrentar la lucha de los obreros, la empresa contaba además con una fuerza de represión propia, armada por el gobierno. Pero con la participación de socialistas y anarquistas, en 1919 empezaron las grandes huelgas contra la empresa explotadora, que terminaron en 1922 con una salvaje represión ordenada por el gobierno de Hipólito Yrigoyen, que dejó un saldo de centenares de muertos y una veintena de dirigentes huelguistas presos. La empresa se fue del país recién en 1966, dejando diezmados los extensos bosques de quebracho de la región.

Dora recuerda que su padre hablaba mucho de la explotación del hombre por los patrones “que ni conocían lo que tenían. Pero estaban los ‘capanga’, que le dicen, los capataces, que una vez que uno entra a esas empresas ya no puede salir, los matan porque toda la vida tienen que deber.”

Su padre enfermó de asma y ya no pudo volver a trabajar. Su madre era modista y entonces, ella y su hermana mayor fueron a trabajar a la casa de una señora italiana, como empleadas domésticas. “Cuando yo tenía trece años más o menos, ya fui a trabajar en una casa porque ya no teníamos ni para comer, mi papá enfermo y qué se yo... hasta hambre se puede decir que teníamos, porque la mandioca la sembrábamos nosotros y a la mandioca hay que dejarle su tiempo que engrose y la sacábamos toda sin tiempo, verde, digamos...”

Antes de eso había hecho la primaria completa y hasta había empezado a cursar el primer año del secundario. Cuenta que las monjas querían llevarla como pupila “y eso es a las tres de la mañana para levantarte y ordeñar las vacas que tienen y limpiar.” También recuerda que, en esa época, tenía que concurrir a catequesis. “Tenías que ir en fila a confesarte no sé de qué y yo ¡me desmayaba de hambre! Me desmayaba en la misa con el olor de las otras viejas que se perfumaban para ir y nosotras del hambre nos caíamos ahí, todas como moscas, los domingos.”

Cuando le pregunto qué soñaba ser de grande, me responde “yo nada. Trabajar y ayudar a la gente que está mal. Pero no pensaba en eso de que era explotada por el patrón. Al contrario, era una de las que decía ‘ay, si encuentro un buen patrón, qué bien que la vamos a pasar’. Ahora que estoy recontra desinflada me doy cuenta y quiero decirle a las demás... pero sigue lo mismo.”

Su primer trabajo fue, también, una forma de independizarse de la tutela de sus padres. “En ese momento, no me parecía ningún trabajo. Era salirse de la casa, estar ahí parece un paraíso... pero ajeno.” Y esa es quizás la mejor definición que puede hacerse de una vida que transcurrió, más tarde, en palacios de condes italianos y mansiones de millonarios empresarios argentinos. “Le llamaban criada. Pero yo creo que debe ser como esclava, pero no nos dimos cuenta... no sé... me gustaba trabajar, ganar la plata, qué se yo.”

Después recuerda que también estudió para ser auxiliar de enfermería en el centro de salud de Caacupé. Pero le quisieron dar una beca para continuar sus estudios en la capital del país, Asunción, y sus padres no permitieron que se trasladara. Fue así como siguió siendo empleada doméstica, ama de llaves, dama de compañía, cocinera... y con poco más de veinte años entró a trabajar en la casa del dueño de una gran empresa textil en la que trabajaban más de dos mil operarios. Allí conoció el acoso sexual. “A una la agarran de tonta”, dice. Pero pudo escapar a tiempo. No fue la única vez en que tuvo que enfrentar a patrones que creen que el derecho de propiedad se extiende también sobre el cuerpo de las empleadas.

En ese lugar conoció al que fue su marido por casi veinticinco años, un obrero de mantenimiento, especialista en mecánica automotor, alcohólico y violento. “A los tres meses de haberme casado ya me estaba pegando, a las patadas.” Y esa relación que fue y vino, por temporadas, en Paraguay y Argentina, terminó por la intervención de su único hijo que un día le aclaró: “¿Quién te dijo a vos que hasta que la muerte los separe? ¡Eso lo habrá escrito algún macho al que le convenía no separarse!”, cuenta que le dijo. Pero esta aclaración no bastó para convencerla de que su vida no podía continuar así, atada a un matrimonio imposible con un hombre que llegaba borracho, sólo para humillarla. Todo terminó cuando un día, según nos cuenta, a él se le cayó una petaca y ella se rió. Entonces él la tomó del cabello y la arrastró, luego le apretó el cuello contra la pared. El hijo increpó al padre: “Yo te puedo hacer eso también, eh. ¡Qué vivo que sos!” Pero después de enfrentarlo a él, le habló a ella: “Le volvés a perdonar ahora y ya no tenés hijo. Esta es la última vez. De vos depende. Esta vez va en serio.”, nos cuenta Dora que dijo su hijo adolescente. Ella dice que sintió un poco de compasión por su marido, pero que también se dio cuenta que “el amor al prójimo, tanto le enseñan a uno, que es para cagarle.” Y lo echó, para siempre, de su vida.

Dice que su hijo “con cariño, con verdades, me abrió la mente. ¡Sesenta años! y tengo que escuchar a un chico de quince que ya luchaba.” Entonces relata orgullosa cómo su hijo adolescente organizaba a los estudiantes de su escuela para reclamar que arreglen los vidrios de las ventanas, que mejoren las condiciones de estudio, para movilizarse contra las leyes de educación que el gobierno imponía por mandato del Banco Mundial. “Yo no sabía cómo luchar y de pronto descubrí que él sí sabía.”

Dora, acostumbrada a vivir en paraísos ajenos, ya no cree en ninguno ni sueña uno propio. Ahora le preocupa que las empleadas domésticas, la mayoría inmigrantes, encuentren la forma de organizarse para pelear por sus derechos. No es para menos: en Argentina, el 94% de las empleadas domésticas trabaja “en negro”, es decir, que no tiene beneficios de salud, jubilación, vacaciones, indemnizaciones por despido, protección por maternidad, asignaciones familiares o cobertura por accidentes de trabajo. Más de un tercio son jefas de hogar y el 46% son pobres. A eso hay que agregarle las situaciones de acoso moral y sexual, el abuso y la superexplotación. Algunas trabajadoras viven en situaciones de verdadera esclavitud, abandonadas a la discriminación y el desamparo.

A Dora le preocupa esta problemática, por eso pone tanto interés en las luchas de la clase trabajadora. La moviliza, también, la lucha de las mujeres por su emancipación. Y lee todo lo que cae en sus manos, como hacía su padre, porque dice que le interesan mucho, además, las noticias internacionales. Explotada allá y aquí, porque la explotación no tiene fronteras.

Pero la lucha tampoco... Y como dice esa vieja canción de La Internacional, para los que viven de su trabajo, la tierra será su propio paraíso, el “y vy maraé y”[2] de Dora, que siempre le fue ajeno.

[1] Así se denomina una calle peatonal del barrio de La Boca, en Buenos Aires, que figura en los circuitos turísticos.
[2] “Paraíso” en guaraní.